Por Carlos ARENAS

De las falacias que adornan la “ciencia” económica convencional , quizás la más estridente de todas sea aquella que considera que las decisiones tomadas por los agentes económicos, empresarios, inversores, etc., son perfectamente racionales en todo tiempo y lugar. No sólo no es así, sino que, por el contrario, la ceguera parcial o total (de la que se dio cuenta Saramago en su ensayo), la desinformación, la fuerza bruta, la ambición desmedida o el pánico, como tantas otras manifestaciones de la irracionalidad, han presidido la historia de los hechos económicos desde que el capitalismo existe.

Aún más; a partir de los años ochenta, derrotadas las fuerzas que proponían una manera regulada de entender el capitalismo,  se ha otorgado a esa irracionalidad patente de corso, que no es otra cosa que la conocida economía de la oferta, y la sumisión abyecta hacia los  “mercados”.  Desde que el capital financiero tomó el timón del barco capitalista, el casino en el que se ha convertido la economía mundial ha alcanzado tal extremo de imprevisión que, más que arriesgada –como presumía Beck-, la existencia se ha convertido en un manicomio;  un manicomio que sirve para varias cuestiones fundamentales: para que los menos locos de los parqués ganen ingentes sumas a costa de la ruina (y de la ruindad) de la manada de pequeños y medianos capitalistas populares a los que conducen a su antojo; y, sobre todo, para recordar y consolidar la “superioridad” del capital sobre el factor trabajo, condenado en última instancia a pagar por la vía de las reformas laborales, el desempleo, los recortes de los derechos sociales, la involución política, etc.,  los platos rotos de la irracionalidad financiera.

Por Carlos ARENAS POSADAS


¿Qué tienen los suecos, los fineses, los holandeses, los navarros, los riojanos que no tengamos nosotros los andaluces? Tienen mayores niveles de renta, de bienestar, niveles educativos superiores, mayores ratios de inversión per cápita, más lectores de libros y espectadores de teatro,  tasas de paro mucho más bajas, etc. ¿Qué tenemos nosotros que no tengan ellos? Gracia pajolera, más sol, manzanilla, más comparsas, rocíos, semanas santas, bandas de cornetas y tambores a gogó, etc. ¿Qué podemos ofrecerles? Nada; incluso dudo de que les interese lo que a nosotros nos sobra. Si acaso, cuando ponemos nuestro acerbo en el escaparate on-line, vienen por un tiempo corto a verificar lo que se dice de nuestra belleza moruna y de la manera carpetovetónica de hacer las cosas, pagan su óbolo al  tour-operador, y se van.

 ¿Por qué ellos han llegado a ser más ricos mientras  nosotros seguimos dependiendo de la mascarada? Preguntados ciudadanos y ciudadanas de esos que los reporteros buscan en las calles donde se instalan Zara y Mango dirían en un 50 por ciento que la causa es del clima que invita al ocio; un 30 por ciento que la gente es mucho más abierta y simpática; un 15 por ciento haría referencia a las tradiciones. El otro 5 por ciento se repartiría entre los que en la universidad, en concreto en la facultad de ciencias económicas y empresariales, han aprendido aquello de la especialización productiva, la economía extravertida,  la productividad aparente del trabajo, los menores valores añadidos de nuestro tejido productivo,  los elevados costes de transacción de una economía inclinada desde siempre a la especulación y a la búsqueda de rentas, etc. Es decir; la culpa es de la estructura económica. El que conozca  a la tal estructura económica que me la presente para que le pueda cantar las cuarenta.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Hubo una vez un generalísimo de pequeño tamaño y crueldad extrema que, decía, no se metía en política. De joven, su mérito fue aterrorizar rifeños, monte arriba, monte abajo, para defender negocios mineros y justificar la soldada de regulares y legionarios, su ejército privado. De mayor, es una manera de hablar, aterrorizó a los españoles para engordar la soldada de quienes le auparon al poder: terratenientes, banqueros,  eclesiásticos, grandes industriales; es decir, las oligarquías centrales y periféricas del país.

El generalísimo tampoco se metía en economía más allá de cumplir su misión ante Dios y ante la historia de imponer la disciplina cuartelera a quienes, para compensar, se les prometía alcanzar nada más y nada menos que un destino en lo universal. La economía la dejaba en manos de expertos, a la sazón testaferros de los lobbies agrario, industrial, eclesiástico y bancario. Unos pocos cientos de familias y purpurados de este país, por ellos mismos o por personas interpuestas, desde los consejos de administración de bancos y corporaciones, desde la sacristía, le convencieron, no hizo falta mucho, de que la disciplina era compatible con la modernización, y que para modernizar había que abandonar la antigualla autárquica, seguir las tesis de Lewis, Hirschman o Bell, priorizando los objetivos estratégicos en materia económica; es decir, dando prioridad a sus propios objetivos. Desde 1959, un poco de racionalidad ortodoxa aplicada por los Sardá, Fuentes, Velarde y los ministros del Opus, consiguió enhebrar una década de tasas de crecimiento económico sin igual, lo que tampoco resultaba gran mérito viniendo de un país acostumbrado a las cartillas de racionamiento. Eso sí; Franco cambió la guerrera y ocultó la porra debajo del traje gris marengo.

Por Carlos ARENAS

Me precio de ser uno de los mejores conocedores de la historia del movimiento obrero andaluz. Su historia es un rosario de clamorosas derrotas las más de las veces, de estrategias inspiradas en un sentimiento de economía moral que en un análisis racional de la realidad, de represión y de martirio por atreverse a combatir algo peor que el hambre: el desprecio de los dueños del capital.

No ya por la historia, sino por la experiencia vivida durante el franquismo, tengo, y como yo tantos ciudadanos, una consideración altamente positiva de los sindicatos españoles, en concreto, de Comisiones Obreras. Una consideración cimentada en la memoria de aquellos trabajadores que no dudaron jugarse la libertad por sus compañeros presidiendo asambleas de fábricas o encabezando manifestaciones prohibidas. Gracias a ellos, la democracia fue posible.

En los últimos treinta años, sin embargo, la democracia, el país, la economía han ido a derivando poco a poco hacia fórmulas y modelos cada vez más decepcionantes sin que las organizaciones de izquierdas, los sindicatos tampoco, hayan podido cambiar el rumbo marcado por un capital antisistema que no ha dejado de suministrar golpes bajos ya no sólo a la vieja aspiración de alcanzar una solución más allá de la propiedad privada, sino incluso  al sistema de relaciones laborales y de  bienestar que resultó del pacto entre  capitalistas y trabajadores durante la transición democrática.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Why nations fail. Ese es el nombre de un libro reciente de Daron Acemoglu y James Robinson, que trata de explicar las razones por las que países, regiones o territorios, situados muy próximos entre sí, con los mismos condicionantes geográficos y climatológicos, dotados con los mismos o parecidos recursos naturales difieren con el tiempo en el  nivel de desarrollo y bienestar de sus pobladores; por qué países, regiones  o territorios que partían hace siglos de un mismo nivel de riqueza son hoy prósperos unos y pobres otros.

Desde antes incluso que Adam Smith, cómo promover la riqueza de las naciones ha sido una preocupación central entre los economistas de todos los tiempos, una parte de los cuales han llegado a la conclusión de que el subdesarrollo y el progreso humano son el resultado de la acumulación de factores físicos  y humanos empleados, de capital en suma, y de la eficiencia como esos recursos se utilizan, de su productividad. Con parecer obvias estas conclusiones, adolecen de un defecto: confunden las causas del desarrollo con el desarrollo mismo, los síntomas con las causas, las consecuencias con los fundamentos.

Por Carlos ARENAS POSADA

Transferencias de renta: dícese del flujo de rentas o riquezas que se produce entre clases sociales , territorios, corporaciones e individuos corrientes, arrendatarios e inquilinos, vendedores  y clientes, que tiene lugar dentro de un país  de forma habitualmente regulada por leyes, y asumida por convicciones culturales arraigadas en la población.

Centros Concertados: dícese de aquellos centros privados dedicados a la enseñanza, por ley socialista de agosto de 1985 o a la asistencia sanitaria, que ofreciendo  una prestación gratuita, o casi, a los usuarios, reciben del Estado, mediante convenio, un contraprestación económica.

Por Carlos ARENAS POSADAS

D. Diego Valderas ha sido nombrado vicepresidente del gobierno autonómico andaluz y consejero de Administración Local y Relaciones Institucionales. Sus competencias se extenderán además, copio textualmente las informaciones de prensa, a las del voluntariado y participación, consumo, cooperación al desarrollo y memoria histórica.

Me imagino que la elección de esa consejería habrá salido de su propio copete; en cualquier caso le felicito y me felicito; sin estar muy atento a los avatares de la política menuda, tengo un buen concepto suyo; la persona que contribuyó a cambiar como alcalde la fisonomía de Bollullos del Condado, el pueblo siempre a la sombra de los señoritos de La Palma, merece todos mis respetos. También me imagino que sabrá en qué berenjenal se ha metido y lo que esperamos de él: nada más y nada menos que en el berenjenal de empoderar al pueblo andaluz; bueno, quizás sea mejor decir a lo más sano y aprovechable del pueblo andaluz, incluido en él, a los que, por miedo y por desesperación, que hoy son productos que se reparten  gratis, acuden a los cantos de sirena de la derecha andaluza de siempre.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Erase una vez dos visionarios: Marx y Schumpeter. Ambos tenían en común su ascendencia germánica,  el uso de la historia como instrumento de análisis y, sobre todo, su convencimiento de que el capitalismo no tenía futuro, que sucumbiría, y sucumbiría no de inanición sino de éxito. Marx creyó, allá por finales del siglo XIX, ver cumplida su predicción cuando la brillante trayectoria del capitalismo liberal capitaneado por Gran Bretaña entró en la crisis llamada entonces la Gran Depresión que no fue otra cosa que una reducción drástica de la tasa de ganancia.  Schumpeter, cincuenta años más tarde, en vista de lo ocurrido desde la muerte de Marx, aceptó la capacidad de transmutación del capitalismo, de renacer de las cenizas de sus “crisis sistémicas” para reconstruirse bajo fórmulas distintas, aunque el punto final siguiera siendo el mismo: llegaría un momento en que el capitalismo moriría de hartazgo.