Por Carlos ARENAS POSADAS

Foto por Sterneck
Foto por Sterneck

El pasado día 26 de febrero participé en la última de las mesas redondas que los promotores de Encampoabierto organizamos bajo el título general  de “¿Tiene la izquierda respuestas para la crisis?”. En concreto, la última de las mesas recibía el subtítulo de “Alternativas para el gobierno de una crisis”. La presente entrada en el blog tiene por objeto poner por escrito argumentos y propuestas que, en vivo y en directo, quedaron mutilados, subliminales y confusos.

Empecé diciendo que la crisis actual, como las anteriores de  1820-1880-1930-1970, no es la crisis sistémica del capitalismo  —véanse las actuales tasas de crecimiento de los capitalismos en China o en América Latina—, sino algunas de las diversas modalidades de capitalismo que compiten entre sí en mercados globales. La crisis afecta sobre todo a la economía  europea, una economía altamente articulada por el euro, aparentemente regulada por el gobierno comunitario por ser un sumatorio de mercados, sociedades y modelos de capitalismos diferentes entre sí; tan diferentes que no se percibe con la misma intensidad los efectos de la crisis en Londres o en la cuenca del Rhur, sedes del capital financiero e industrial europeo, que en Grecia, Sicilia o Andalucía, sociedades impregnadas todavía de instituciones muy antiguas (el capitalismo nació en el Mediterráneo) que han entorpecido su desarrollo.

Seguí diciendo que, en el pasado, se salió de cada una de las crisis sistémicas, no con la destrucción del capitalismo como esperaba Marx, sino dando paso nuevas estructuras sociales de acumulación, nuevos  capitalismos que emergían con bases institucionales distintas a las del viejo capitalismo perdedor. Hoy, como diría Sarkozy, se está a la espera de la irrupción de un nuevo capitalismo, y este parece ser una sobredosis de capitalismo financiero donde rentistas y especuladores nos mantendrán inmersos en un rosario (más bien una ristra de chorizos) de  incertidumbres y temores, mientras la economía real intensificará la búsqueda de referentes en el capitalismo chino sobre la base de trabajo barato y ausencia de derechos sociales y democráticos.

(A la memoria de José Miguel Domingo, víctima del sistema)

Por Carlos ARENAS POSADAS

Dale duro (al desahucio). El Raval, Barcelona.. Foto: Linera_68

Por jacobina entiendo a toda minoría que se haya erigido o se erija en redentora de los pueblos sin los pueblos, sean déspotas ilustrados,  miembros de la montaña, putchistas decimonónicos, líderes socialdemócratas, leninistas, padres de las patrias y otros niños del Palau, profesionales de la política, y economistas de la corriente económica principal para quienes, ceteris paribus, ya no queda por delante más historia que una repetición sine die de lo que hoy acontece. Una característica común a todos ellos es que aprovechan las ilusiones colectivas que contribuyen a crear para conducirlas en beneficio propio.

Aquí y ahora, los jacobinos de derecha y de izquierdas están de capa caída. Todavía en los años ochenta, la ofensiva neo liberal de la derecha se arropaba en principios que ponían en manos de los empresarios, que ya no al Estado, la  alternativa a los problemas del paro y de la recesión: favoreciendo el enriquecimiento de la minoría de plutócratas y empresarios –se decía-, se favorece la inversión y, por tanto, el empleo; la iniciativa privada es más eficiente que la pública, etc.  Hoy treinta años después, tras comprobar amargamente qué ha sido del empleo y del bienestar bajo su mandato, en plena debacle del sistema que contribuyeron a crear, los neo-liberales han sustituido sus viejos argumentos por otro más rudo y racial: “por la cara”, y todo aquel que se atreva a cuestionar el fraude, sean parados, pensionistas, enfermos, padres de alumnos, desahuciados a los bancos será considerado como “antisistema”, y deberá atenerse a las consecuencias sin que las imágenes salgan por la televisión.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me viene a la memoria aquel chiste del Perich que ponía en solfa un anuncio gubernamental  reclamando prudencia en el bosque para evitar incendios forestales: “Cuando un monte se quema algo suyo se quema”…señor conde”, añadía el inolvidable humorista gráfico catalán.  Me ha venido a la memoria al escuchar las lamentaciones del ministro de exteriores y de la vicepresidenta del gobierno por los perjuicios que la corriente independentista estaba ocasionando en la marca España y, en concreto, en los efectos que el deterioro de la marca estaba ocasionando en los mercados… don Florentino.

La marca España no goza de buena salud; incluso el candidato derechista Romney (que no sabe dónde está España) nos pone como ejemplo de malos usos. No es raro que ser español no esté de moda. No lo está para muchos catalanes, pero tampoco  para muchos extremeños, manchegos, riojanos o andaluces entre los que me encuentro. No lo estamos  a pesar de ser tildados de “españoles” con la misma displicencia con que los bávaros llaman “prusianos” al resto de los alemanes de cualquier otro länder que no sea el suyo, y  ser “prusiano” es sinónimo de terrateniente feudal, militarista y autoritario.  Como los amigos alemanes que tengo, me rebelo contra esa etiqueta injusta y malintencionada que me imponen sin conocerme ni consultarme.  El descontento con la actual marca España no conoce fronteras regionales, y todo él se justifica por unos mismos motivos, no importa de qué parte de la raya en el mapa nos encontremos.

El motivo que ha deteriorado la marca España es, en buena medida, el regreso a los bancos azules de las instituciones, vaya colorcito, de la derecha más rancia del país, de aquellos que pronuncian la palabra España con pe explosiva. ¿Cómo identificarse con Aguirre, Gallardón, Cañete, Báñez, Morenés, Wert y con los pocos cientos de familias que han mangoneado este país desde hace siglos fueran castellanas, andaluzas o catalanas? Es la marca repeinada y con mechas,  con olor a incienso y sacristía, que ofrece la España actual la que está en cuestión.  

En esta entrega de Una conversación sobre Cataluña se incorpora a la misma Carlos Arenas. De esta forma abrimos el prisma, ampliamos el foco y confiamos en que nuestro amigo José Luis López Bulla nos siga ilustrando con su reflexión desde una Cataluña distinta a la del President Mas.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Querido José Luis:

Tercio en este comienzo epistolar que habéis acometido Javier y tú sobre “el asunto catalán”. Creo que vas a entender mi tono de cabreo porque cada vez que oigo “nación” mi sistema nervioso se desestabiliza.

El que esto suscribe se está poniendo mayor  y espera que tras cuarenta años de servicio a la comunidad, no le vengan con cuentos a estropear los últimos años de la vida. ¿Qué es lo que tiene, qué es lo que quiere conservar después de tantos años de trabajo? Un techo, una familia, una pensión, tiempo libre para escribir y seguir aprendiendo,  el placer de tomar unas copas con los amigos. No tiene sensación alguna de haber vivido por encima de sus posibilidades, si acaso no mucho más de lo que le han permitido a cómodos plazos los bancarios al servicio de los banqueros. Estos sí que han vivido por encima de lo que merecen por la basura que han ofrecido, así como la cohorte de grandes y pequeños especuladores, los estúpidos que se creyeron filatélicos, rumasianos, fondopensionistas, capitalistas populares.

¿Quién me viene a joder los últimos años de la vida, Zavalita? El capitalismo  insostenible que necesita joder para reinventarse, hacer daño para reconstruir al alza los márgenes de beneficio, privatizando, reduciendo costes y compromisos democráticamente asumidos con la población.  Los que conocemos algo de la historia de la humanidad sabemos que las distintas reinvenciones del capitalismo han venido acompañadas de momentos dramáticos para quienes no poseen ese bien celestial, áulico, que llamamos capital. Generaciones enteras a lo largo de la historia fueron sacrificadas en las work-houses,  expulsadas de sus tierras, muertas estúpidamente por las patrias en guerras mundiales o coloniales, angustiadas por el desempleo o por  las reformas laborales para que el capital mantuviera o incrementara la tasa de ganancia.

Por Carlos ARENAS POSADAS

El empresariado andaluz ha estado de suerte en los últimos treinta años; lo ha estado porque ha conseguido borrar la mala imagen que se tenía de él allá por los años setenta, en los años de la mal llamada crisis del petróleo, cuando desde la academia y desde los sectores intelectuales más prestigiosos, se le culpaba del atraso andaluz, incluso  de haber traicionado las esperanzas de desarrollo y bienestar de todo un pueblo.

Se creía por entonces que junto a las causas exógenas de la crisis de los setenta (el precio del petróleo), globales (la crisis del modelo de acumulación keynesiano-fordista), o políticas (el régimen de Franco y la preterición de Andalucía por parte del Estado), existían razones endógenas propias de Andalucía derivadas de una deficiente estructura económica, un raquítico sistema financiero y la incapacidad política por encauzar recursos, establecer prioridades y articular el sistema productivo de toda la región. Hoy sabemos que las razones endógenas de la crisis de los setenta no eran causas sino consecuencias de la estrategia diseñada por un  empresariado autóctono, por una clase capitalista, que, a lo largo de muchas décadas –diría que siglos-, había hecho del abuso de poder, de la acumulación privilegiada de capital físico, humano, social y político, de la búsqueda y captación de rentas, de la disposición de una abundante mano de obra barata, las bases de acumulación de su riqueza.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Uno de los conceptos más útiles de la moderna ciencia económica es el de la “dependencia de la trayectoria”;  viene a querer decir, grosso modo, que las sociedades circulan por unos raíles construidos en el remoto pasado y, aunque cada vez más difusos, aún marcan el itinerario que seguirán en el futuro a menos que sean destruidos si se considera que conducen por una vía muerta.

Esas vías eran y son el entramado institucional de leyes, normas, valores, creencias, etc., que marcan las conductas de los pueblos. Son instituciones que han sido creadas por las élites dominantes a lo largo de la historia, que han sido impuestas o consensuadas, cambiadas o levemente modificadas por ellas -“para que todo siga igual” que diría el príncipe Salina-,  en las malas coyunturas o en las crisis sistémicas de su dominación. Los raíles por los que circulamos son, en última instancia, el resultado de la pugna de intereses entre los distintos sectores sociales a lo largo del tiempo.

A propósito de Las sierpesrelato de Carlos Arenas Posadas

Por Javier ARISTU

En enero de 1920 el conocido arquitecto Aníbal González es víctima de un atentado a  las puertas de su propia casa, en la calle Almirante Ulloa, cerca de la Campana, en Sevilla. Sale indemne del mismo. Un periodista del diario El Liberal recoge la noticia y comienza a investigar sobre la misma. Un ayudante llamado Antoñito, enano y de edad indefinida, el habitual recadero de las redacciones de los periódicos de entonces, le acompaña al lugar para averiguar los hechos. Así comienza Las sierpes, el reciente relato de Carlos Arenas Posadas, publicado por la editorial  Atrapasueños con un aclaratorio subtítulo: Memorias de un periodista republicano. Porque de eso se trata, de contar a través de la memoria del narrador hechos ocurridos quince años antes, recurso literario que le permite al autor acometer con objetividad y cierto distanciamiento de historiador los hechos, circunstancias y acontecimientos que jalonan la historia de la ciudad de Sevilla en el bienio 1920-1921, años de primordial importancia para comprender lo que vino después y para poder captar una imagen certera incluso de la Sevilla de hoy. Protagonista y narrador se confunden en una misma perspectiva, la del narrador en primera persona que, como testigo, cuenta los sucesos que pasan por delante del mismo.

¿Cuáles son esos sucesos? El lector los debe examinar por sí mismo pero no soy desleal si resumo los principales que, por otra parte, están en los libros de historia de España. Recordemos que Aníbal González es el arquitecto que da estilo y figura a la Sevilla de la Exposición de 1929, esa Sevilla regionalista que todavía hoy aparece como dominante en la iconografía turística. Tras su atentado se esconden una maraña de huelgas de los trabajadores de la construcción, detenciones masivas y provocaciones policiales contra los mismos, trata de menores para la prostitución donde la buena sociedad sevillana se halla metida, conspiraciones políticas en las que vemos a personajes de nuestra crónica actuar al calor de las presiones sociales por la vivienda, el agua o la tasa de la electricidad recién instalada en los hogares. Anarquistas ingenuos o violentos, sindicalistas protocomunistas, republicanos y masones, arzobispos hipócritas, gobernadores civiles corruptos, aristócratas con apellidos todavía repetidos en las actuales crónicas de sociedad, toreros sin éxito que luego derivarán en carniceros de derrotados rojos, periodistas honrados y periodistas cínicos, capitanes, comandantes y coroneles que luego serán lamentablemente conocidos generales y generalísimos de nuestra desgraciada historia y que deambulan pegando tiros entre las montañas del Rif y marcando figura en los bailes de la sociedad sevillana … en fin, toda una extensa galería de personajes que pobló aquella Sevilla que se modelaba de una cierta manera entre el fin de la primera gran guerra europea y la tragedia de 1936.

Foto montaje: PIX-JOCKEY

Por Carlos ARENAS POSADAS

Empezaremos negando la mayor. A pesar de que las economías se homogeneícen en su funcionamiento, de que las políticas monetarias y fiscales de carácter nacional hayan desaparecido o tiendan a desaparecer en Europa, de que las barreras arancelarias o financieras se hayan esfumado en todo el globo, etc., todavía existen elementos de competitividad, de diferenciación entre países, que explican los niveles de riqueza. Esas diferencias son institucionales, son las formadas por el conjunto de reglas y normas formales e informales, históricamente arraigadas, que son propias a cada nación.

La señora Merkel lo tiene claro, está haciendo a Alemania, supuesta portadora de los valores calvinistas del sacrificio, el ahorro y el trabajo, el país que marque el destino de Europa; en especial de los países del sur, los llamados malévolamente PIGS, donde predominan la fiesta y la siesta. Ese discurso ha calado en el pueblo alemán en el que aún soplan vientos de irredentismo tras dos derrotas militares en sendas guerras mundiales. Todavía tengo presente la conversación con un amigo alemán acerca de la cuantía de la deuda española y de la incoherencia de castigar de esa manera a un país por meros intereses especulativos. Su respuesta fue; los alemanes aún estamos pagando la deuda impuesta tras la primera guerra mundial. Desconozco si es o no es verdad su afirmación; sí es verdad que anida entre muchos alemanes un cierto aire revanchista. Lo que no consiguieron el káiser o Hitler por la vía militar, lo está consiguiendo la Merkel en la batalla de las creencias, de los titulares de los periódicos.

Por Carlos ARENAS

Foto: Berkman, Union Sq., 4/11/14 — I.W.W. Library of Congress.

Desde una perspectiva histórica, lo que se ha vivido en Europa en los últimos treinta años ha sido la victoria definitiva del sistema capitalista en su forma neo liberal sobre otros modelos socio-económicos y  políticos en los que la actividad de crear y distribuir la riqueza estaba regulada por los gobiernos. Primero, desde finales de los ochenta, cayeron las “democracias populares” del este de Europa derrotadas en la guerra fría y víctimas de sus propias nomenclaturas. Más tarde, desde finales del XX y primeros años del XXI, se ha asistido a un deterioro paulatino de los fundamentos del modelo keynesiano del capitalismo, del estado del bienestar, gestionado principalmente desde el poder por los partidos socialdemócratas.


Las principales razones que explican ese deterioro, que se ha hecho mucho más profundo tras la crisis actual, habría que encontrarlas en el proceso de la mundialización del sistema capitalista, en la globalización que “aconseja” practicar estrategias de disminución de costes  y recortes de las prestaciones sociales para hacer competitivas las economías nacionales y garantizar en todo caso los beneficios del capital. Asumiendo la lógica de “los mercados” y de los recortes, los socialdemócratas europeos, especialmente los de los países del sur, se han pegado un tiro no en el pie sino en el cielo de la boca.