Por Carlos ARENAS POSADAS

Han pasado los cien días de la gestión de los nuevos ayuntamientos surgidos de las elecciones locales del pasado mes de mayo. Es el plazo de rigor que se debe dar a todo gestor democrático, especialmente si es la alternativa a los anteriores.

Los resultados de dichas elecciones, como se sabe, trajeron una mayor pluralidad y diversidad a la corporación. Repitieron escaños PP con 12 concejales, PSOE, con 11, Izquierda Unida, con 2, y entraron por primera vez las formaciones emergentes Ciudadanos con 3 y Participa Sevilla, con 3. Un acuerdo de investidura entre PSOE, Participa Sevilla y IU —que no fue un acuerdo de gobierno— dio la alcaldía a Juan Espadas (PSOE). De esta forma este partido tiene la responsabilidad de gobierno aunque para ello se verá obligado a pactar los asuntos decisivos con alguna de las otras fuerzas que le darían la mayoría.

Nos ha parecido importante publicar EN CAMPO ABIERTO el siguiente documento, elaborado por nuestro colaborador Carlos Arenas Posadas, tendente a ofrecer una perspectiva de trabajo sobre la necesidades y propuestas necesarias para la ciudad de Sevilla. Sin embargo, pensamos que los ejes sobre los que se asienta la reflexión podrían ser aplicables a algunos otros municipios andaluces. Al fin y al cabo, Cádiz, Málaga, Granada, Córdoba o cualquier otro municipio no son muy diferentes de Sevilla, aunque algunos se empeñen en resaltar identidades localistas que nada ayudan a crear una sociedad solidaria, integrada y “global” en Andalucía.

Las experiencias de Barcelona, Madrid —por citar las más populosas y decisivas de España— nos muestran, aparte de las opiniones que cada uno tenga sobre la gestión de sus respectivas alcaldesas, que el “poder municipal” es un eje sobre el que articular una respuesta a la crisis. Las ciudades forman parte de cualquier programa de cambio para el país. En esas redes ciudadanas, en esas economías locales, en esos enclaves de creatividad que son las ciudades se han gestado muchas de las iniciativas que en estos momentos constituyen una alternativa al gobierno de la derecha. Por eso creemos que una reflexión sobre las políticas y las actuaciones de los gobiernos municipales nos pueden ayudar a ahormar programas más genéricos y globales de transformación. Con esa idea se ha redactado este documento.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me imagino, porque no he tenido curiosidad alguna de ver o leer las noticias del día después, que en el 11 de septiembre varios millones de catalanes se pasearon por la avenida Meridiana de Barcelona para empujar el proceso hacia la independencia.  Resulta muy interesante que, por muchas advertencias que se hacen sobre las repercusiones negativas que, sobre su economía y sobre la paz social, sobrevendrían en una Cataluña independiente, el orgullo, el amor propio y otras expresiones nacidas antes del corazón que de la cabeza persistan como elemento central de tales movilizaciones y expectativas.

Diferentes impulsos han ocasionando tales estados de ánimo; la decadencia del modelo productivo catalán ligado a la industria frente al capitalismo financiero madrileñizado que controla los resortes de poder en el  país, es uno de ellos; la percepción de los costes que tal desequilibrio de fuerzas tiene una parte de la sociedad catalana muy atenta a los balances de caja –“España nos roba”-, es otro;  el hartazgo, compartido con otra mucha gente del resto de España,  de Rajoy y su troupe absoluta convertidos en portavoces de lo más rancio y cutre de una idea de España que creíamos felizmente enterrada, es uno más.

Por Carlos ARENAS POSADAS

El pasado viernes el suplemento literario de El País ha incluido un monográfico sobre nacionalismo e independentismo en Cataluña. Por ser más afín a mi formación, me interesó especialmente el suelto del historiador Santos Juliá sobre la diversidad de catalanismos existentes en el pasado, en el que resaltaba el contraste entre un catalanismo anterior respetuoso con la estructura territorial del Estado  y un catalanismo actual, antes minoritario pero ahora dominante, abiertamente independentista.

En esa trayectoria de un catalanismo a otro subraya el autor citado la importancia que ha tenido la relación de la economía catalana con el mercado. Es cierto; cualquier aficionado a la historia nota que fue decisiva en tal evolución la estrecha dependencia de aquella economía con respecto al mercado interior español hasta 1986 –y de ahí su respeto a la forma de Estado y su contribución a la gobernanza del país- y, posteriormente, con el cambio trascendental que supuso la entrada en el Mercado Común y la ulterior globalización que, por un lado, ensancharon las posibilidades de actuación pero, por otro, arrebataron las muletas proteccionistas y el favor del Estado que tanto habían servido al desarrollo absoluto y relativo de Cataluña. Puede explicarse por este motivo que algunos observadores contemplen el actual victimismo de los portavoces del independentismo –especialmente en relación a la balanza fiscal- como una actitud mezquina y farisea que por rasgarse las vestiduras en el momento presente, olvidan el ropaje de españolidad con el que se vistieron sus abuelos, por ejemplo, durante la guerra de Cuba, los aranceles proteccionistas de 1907 y 1923, la guerra sucia contra el sindicalismo a comienzos de los años veinte, la entrada de las tropas de Franco en 1939 o el desarrollismo selectivo del país en los sesenta.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Se han constituido los ayuntamientos de toda España en los que nuevos y reelegidos alcaldes afrontarán más presencialmente que otros gobernantes las nefastas secuelas dejadas por la crisis económica y las peores aún que dejará el modelo de “recuperación” que se nos viene anunciando, porque la devaluación social y laboral que padecemos, como pronto desde 2008, amenaza con quedarse definitivamente.

A pesar de que sean los ayuntamientos las instituciones más cercanas a la triste realidad presente, tienen en la opinión pública y en sus competencias una consideración menor a las demás instancias de poder que constituyen el Estado.

El Estado como institución fue progresivamente monopolizando a lo largo de los siglos competencias anteriormente repartidas entre clanes familiares e iglesias. Su ratificación como fuente única de poder se produce a finales del siglo XIX, como consecuencia de la crisis del modelo capitalista liberal. Controlar el Estado devino esencial tanto para las corporaciones  militares o burguesas que se formaban por entonces como para el movimiento obrero de inspiración marxista.  En esa pugna, cada Estado fue reflejando el resultado del conflicto de intereses mediante la regulación de la vida económica, las relaciones sociales y la ordenación política. El ejemplo más acabado de Estado interventor fue el que propició en las décadas centrales del siglo XX la mayor etapa de crecimiento económico y de bienestar conocido hasta entonces.

Por Carlos ARENAS POSADAS

El viejo reloj de la política andaluza lleva casi dos meses parado. Crece la presión mediática (o mejor decir la publicidad encubierta) y emocional para que se ponga cuanto antes fin a esta situación de interinidad provocada (repiten a coro) por los “tacticismos” de quienes se oponen a la investidura. La candidata a la presidencia de la Junta quiere gobernar a toda costa (debe ser demasiado duro admitir que con ella se puede acabar un “fructífero” modelo de gobernanza de más de 35 años) sin importar cómo ni para qué; lo mismo vale un roto (y se recuerda a Rajoy aquello del apoyo a la lista más votada) que un descosido (intentando atraerse al mismo tiempo a fuerzas tan dispares como Ciudadanos y Podemos).

A pesar de tanta alarma por el desgobierno, la vida sigue igual. Nada de lo que era firme se ha derrumbado. No obstante, quienes reclamamos un tiempo de reflexión en este momento de la historia andaluza constatamos que, efectivamente, la presidenta está rebajando la dosis diaria de egolatría, pero que no se está aprovechando el desconcierto provocado por el evidente fracaso de su decisión de adelantar las elecciones. Dicho de otra manera, algo viejo se muere pero nada nuevo está naciendo. Es más, se corre el riesgo de que, como tanto se publicita, lo nuevo se identifique con “tacticismo”. Un mensaje que cala bien en el subconsciente popular machacado secularmente por la idea de que el “régimen” representa la centralidad y procura el bien común frente a las ambiciones personales de los “políticos”.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Ni en el peor de los escenarios, me parece, pensó nunca la presidenta de la Junta de Andalucía que su decisión de abortar la anterior legislatura iba a desembocar en el callejón sin salida en el que parece haberse metido con la negativa de los partidos de la nueva cámara salida del 22 de marzo no ya a compartir un proyecto  sino tan siquiera a abstenerse para  facilitar su futuro gobierno.

Para convencer a los partidos que les son necesarios para la investidura,  la presidenta en funciones  ha recurrido a reclamarles precisamente aquello de lo que no puede presumir: lealtad institucional, confianza, abandono de tacticismos, altura de miras, etc.  El argumento supremo con el que intenta convencerles ha sido el de que el reloj de Andalucía no puede pararse.

Por Carlos ARENAS POSADAS

 Viniendo el viernes  pasado de Barcelona, me desayuno en el avión con la noticia de que, en plena calle, delante del ayuntamiento, los portavoces de Ganemos Sevilla comunican que esta plataforma que nació con voluntad unitaria se retira de la carrera electoral para las municipales, de donde se deduce que, a la izquierda del PSOE, la oferta quede una vez más fragmentada entre grupos y grupúsculos fiera y ridículamente enfrentados entre sí.

Como tantas otras veces, viniendo de Barcelona, la comparación con Sevilla es obligada. Si Ganemos ha tratado de importar el modelo Guanyem, ¿por qué en Barcelona sí y en Sevilla no?

Repasando motivos, y hasta donde alcanzo, se me ocurren de toda índole; algunos metodológicos, otros culturales y otros estructurales, aunque todos ellos broten de una misma raíz .

Carlos ARENAS POSADAS

 Javier Aristu nos ha ofrecido casi en tiempo real una primera impresión política de los resultados de las elecciones andaluzas del 22 de marzo. Sustancialmente de acuerdo con su descripción, mi intención aquí es visitar otros terrenos no tratados por él para añadir otras perspectivas que sirvan para ir completando el cuadro.

La abstención.

El 36% de los votantes andaluces no ha votado –9 puntos más que en las elecciones autonómicas de 2008- y casi el 3% por ciento lo ha hecho en blanco o nulo; quiere decir que el partido de los que “pasan” de votar o no encuentran una opción partidaria que les satisfaga sería el gran triunfador de la noche electoral. Ya sabemos que  muchos no han acudido a las urnas por impedimentos físicos –habría que ver qué porcentaje de jóvenes emigrantes se ha molestado en mandar la papeleta por correo-, pero no estaría de más averiguar también qué grupos de edad, qué sectores sociales y qué barrios o núcleos de población son las que menos confían en el parlamento como solución a sus problemas. Los datos deberían hacer reflexionar especialmente a Podemos, cuyo objetivo era  conectar con la “gente” sin voz dentro del sistema.