Por Javier ARISTU

Este país está cambiando, no sé si a ritmo frenético o de forma pausada pero el cambio es inevitable y pasa delante de nuestros ojos. Quien no lo quiera ver es que está ciego o sordo.

  1. Las sociedades nunca se paran, siempre están en movimiento y en estos tiempos que corren más aún. Las mutaciones y cambios que se están produciendo en el corazón social, en lo que podemos llamar, usando el clásico término impuesto por el barbudo nacido en Tréveris, “modo de producción”, tienen alcance de época, de civilización. Todo un universo de sistemas de producción, de formas de trabajo, de relaciones productivas están transformándose desde hace una veintena de años a ritmo vertiginoso, con consecuencias terribles para la gente y con ruinas sociales incalculables. Pero lamentarse no sirve de nada; lo que vale es analizar el meollo de esos cambios, estudiar la manera de utilizarlos en beneficio de la mayoría y, evidentemente, luchar contra la privatización por unos pocos de esas innovaciones sociales. Como antes hicieron los movimientos sociales industriales que de las actitudes resistenciales pasaron a construir utopías realizables y operativas. Algo de eso se nota cuando en las cúspides de las organizaciones sindicales comienza ya a sonar el clarín de “cambio, adaptación, innovación”. El secretario general de CC.OO. lo ha dicho de forma nítida: “o el sindicato se reinventa o se lo llevará el viento de la historia”. Claro como el agua. Confiemos en que ese mensaje llegue a todos los rincones.