Por Manuel CALVO SALAZAR

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Resulta triste comprobar como gran parte de los males que nos aquejan tienen su origen en un comportamiento individual y colectivo sinceramente estúpido.

En una ocasión leí un ensayo muy interesante sobre el triunfo de la sociedad de consumo en el siglo XX, que defendía una tesis que, vista a toro pasado, resulta premonitoria. La idea conductora de ese texto venía a decir lo siguiente: la aceptación generalizada de la sociedad de consumo estriba en que esta resulta francamente irresistible, una vez que se desarrolla en toda su plenitud. Y lo increíblemente cierto es que esta idea es acertada bien sea porque se está disfrutando esa sociedad de consumo o bien porque se tienen expectativas de disfrutarla.

Visto así, es posible concluir que, al fin y al cabo, las burbujas económicas, una vez que entran en expansión imparable son irresistibles para gran parte de la población. ¿Quién podía resistirse, al fin y al cabo, a pedir un dinero prestado para comprar un inmueble en plano, y revenderlo en meses con una plusvalía sustancial?. “Había que ser estúpido para no entrar en este juego”, dijo Stiglitz, en tono irónico, en una de sus conferencias a las que tuve el placer de asistir. Este modo de actuar era pura y simplemente irresistible.