Por Javier ARISTU 

Volver a los diecisiete después de vivir un siglo
es como descifrar signos sin ser sabio competente

(canción de Violeta Parra)

“Manuela Carmena sale como la auténtica vencedora en una última encuesta postelectoral del CIS. Obtiene 5,99 sobre 10, la puntuación más alta de un político en España, algo desconocido en los últimos años. Ya en este blog hablamos hace meses del “fenómeno Manuela Carmena”. Aunque solo sea para que algunos se acuerden recordamos lo que decíamos entonces: Para aquellos que conocen el historial de Manuela Carmena (algunos ignorantes todavía pululan por las redes sociales riéndose de la edad de la abogada y jueza) saben que su candidatura es garantía de coherencia, rectitud moral y flexibilidad política, tres virtudes que hoy escasean en la política. (En Campo Abierto, 11 de marzo de 2015). Coherencia, rectitud moral y flexibilidad política: tres valores fundamentales para hacer política en cualquier tiempo. Hoy inexistentes los tres juntos o por separado en muchos ámbitos de nuestras instituciones representativas: véase para ello alguno de esos videos de plenos municipales que circulan por las redes sociales, especialmente los de una capital de esta nuestra Andalucía, que da sonrojo verlos.

Por Manuel ALCARAZ RAMOS

         Casi dos semanas de incertidumbre. Eso define el lapso trascurrido desde la noche de las Elecciones Municipales y Autonómicas. Incertidumbre es enfado, desconfianza, ira a veces, resignación otras. Incertidumbre es novedad. Novedad porque la sociedad valenciana y española habían perdido la afición por la complejidad que supone la ausencia de generalizadas mayorías absolutas, tan relacionadas con el bipartidismo. Que el bipartidismo haya desaparecido el 24 de mayo, o que haya mutado, es asunto en el que ahora no entraré, pero lo que es evidente es que la crisis del modelo conocido es lo que arrastra las actuales sensaciones. Por supuesto la sociedad no puede discriminar –mal que les pese a esa curiosa gente que sabe siempre lo que quiere “el pueblo”- entre los deseos y las dificultades de los medios para alcanzarlos. Es más: podemos afirmar sin grave riesgo de equivocarnos que abundan los dispuestos a querer que se hagan tortillas sin romper huevos. Solo que, como no es posible, la incertidumbre se traslada a los culpables habituales, esto es, a los políticos, esos pésimos cocineros que no saben hacer tortillas con huevos enteros y ahorrando en aceite. Bien está y que todo fuera eso.

         Lo digo porque mi teléfono arde de consejos y consejeros, las radios se encienden solas para transmitir el mensaje de la impaciencia, del que a ver qué pasa que no se ponen de acuerdo, y las tertulias televisivas alcanzan niveles estéticos de tragedia entre los augurios de hundimiento de un mundo no regido por el PP y la bonancible creencia en una naturaleza humana que brillará infinitamente en cuanto las convergencias populares hayan alcanzado sus últimos objetivos. Luego está la mesa de negociación concreta, su arte o su desgaire. Pero de eso hablaré otra semana.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Se han constituido los ayuntamientos de toda España en los que nuevos y reelegidos alcaldes afrontarán más presencialmente que otros gobernantes las nefastas secuelas dejadas por la crisis económica y las peores aún que dejará el modelo de “recuperación” que se nos viene anunciando, porque la devaluación social y laboral que padecemos, como pronto desde 2008, amenaza con quedarse definitivamente.

A pesar de que sean los ayuntamientos las instituciones más cercanas a la triste realidad presente, tienen en la opinión pública y en sus competencias una consideración menor a las demás instancias de poder que constituyen el Estado.

El Estado como institución fue progresivamente monopolizando a lo largo de los siglos competencias anteriormente repartidas entre clanes familiares e iglesias. Su ratificación como fuente única de poder se produce a finales del siglo XIX, como consecuencia de la crisis del modelo capitalista liberal. Controlar el Estado devino esencial tanto para las corporaciones  militares o burguesas que se formaban por entonces como para el movimiento obrero de inspiración marxista.  En esa pugna, cada Estado fue reflejando el resultado del conflicto de intereses mediante la regulación de la vida económica, las relaciones sociales y la ordenación política. El ejemplo más acabado de Estado interventor fue el que propició en las décadas centrales del siglo XX la mayor etapa de crecimiento económico y de bienestar conocido hasta entonces.

Por Javier ARISTU

[releyendo a Amélie Nothomb]

La cercanía de las elecciones generales de noviembre, si no se adelantan a septiembre, y los resultados de las pasadas municipales y autonómicas —a la espera de cómo se resuelvan las investiduras y acuerdos o no para gobiernos de izquierda— ha acelerado la toma de posición de algunos dirigentes de izquierda y ha dinamizado  los procesos en algunos de sus partidos. En IU, Garzón toma un protagonismo decidido en la línea de promover candidaturas unitarias con Podemos; en el partido de Pablo Iglesias se renueva la vieja oposición a éste bajo el llamamiento a un “volver a los orígenes” de esa fuerza [leer manifiesto], donde se expone en 5 puntos un programa que, cuando menos, es sorprendente en lo que se refiere a la política (o inexistencia de la misma) sobre el empleo, por no hablar de otras.

Conste mi sorpresa ante el vaivén de posturas en IU. Un día se dice que Podemos no es de la izquierda guai,  porque expresa una posición oportunista e interclasista, y al siguiente se le está ofreciendo ir juntos en unas elecciones. Garzón afirma una vez que “no hay solución a la crisis si el vaciado ideológico [de Podemos] acaba desembocando en una suerte de socialdemocracia laxa que todavía no asume que ya no tiene cabida en esta Unión Europea” pero a continuación no tiene empacho en decir que “Allí donde han cooperado las gentes de IU, Podemos, Equo, Anova, ICV… y gentes sin afiliación pero con las ideas muy claras, se ha logrado romper la espina dorsal del bipartidismo” [Eldiario.es]. Entre la obsesión con la socialdemocracia y el conjuro de la unidad popular.