Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Nunca la defensa de la democracia durante la transición congregó las multitudes que ahora moviliza la independencia en Cataluña. He visto miradas puras, extasiadas de alegría y esperanza, sintiéndose testigos de la aurora de un nuevo país; masas sonrientes a la luz de las velas cantando Els segadors o La Santa Espina , o marchando ordenadamente, entre un océano de banderas, tras sus autoridades políticas, representando un espectáculo de innegable emotividad: una multitud festiva y aseada que protagoniza una fiesta y no la tragedia que suele ambientar esos actos fundacionales. Un poble en marcha. Un espectáculo más que épico, lírico. Resistencia a lo Gandhi, pero sin desarrapados. Una imagen magnífica de guapa clase media.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

    El súbito hundimiento del país que fuera la envidia de Europa por la conjunción de todas las crisis imaginables ¿puede explicarse como fortuita acumulación de sucesos aleatorios? La coincidencia en tiempo y lugar de Más y  Rajoy ¿es cuestión de mala suerte? La aparición de ese Mozart de los negocios, El Pequeño Nicolás, ¿puede explicarse con la teoría de la evolución de la especie Homo Sapiens? El que de la generación más preparada salgan los dirigentes más necios de la historia de España ¿es un mero suceso estocástico? ¿En serio, podemos seguir manteniendo que la historia no tiene sentido sino que es fruto del azar? Tanta oportunidad en la acumulación de desgracias ¿no puede obedecer al  diseño inteligente de un ser que dirige la creación?

La crisis afecta a nuestras más profundas convicciones.

Creo ahora en la existencia de un dios que creó el universo en una semana – cosa meritoria aunque no entiendo las prisas teniendo toda una eternidad por delante – y, lógicamente cansado, dictó que su obra se rigiera de forma autónoma por las leyes del libre mercado y a él lo dejaran en paz. Al hombre lo creó el último día y eso se nota. En fin, la clásica chapuza.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

 Esta reflexión, irónica, aguda y escéptica, nos la reenvía nuestro colaborador Javier Velasco. Merece la pena perder unos minutos para leerla, aunque estos tiempos no estén para la melancolía. 
Foto: Imagen en acción

Ser de izquierdas significa que no te gusta este mundo y quieres cambiarlo. Pero para cambiarlo tienes que conocerlo. Implica aprender que todo es complejo y que lo obvio suele ser mentira. Y una vez que lo descubres tienes que explicarlo… ¡casi na!

En el mundo de derechas todo es claro y obvio: Lo mío es mío y nadie me puede obligar a ser solidario; somos ricos porque somos listos y trabajadores, mientras los pobres son perdedores natos por vagos; la crisis se produce porque hay un montón de funcionarios que nos chupan la sangre; yo no tengo obligaciones nada más que con mi familia; los moros son sucios, traidores y misóginos, etc... ¡Es todo tan natural! Pensando así te encuentras seguro y risueño. Y cuando la cosa no está tan clara se recurre a la Autoridad (a menudo religiosa) que te resuelve el problema porque es la que sabe y puede. Ser de derechas es gratificante.

Ser de izquierdas implica estar sumido en la cultura de la duda  y la desconfianza respecto a lo establecido (lo natural) como método para cambiarlo. Eso te hace aparecer como aguafiestas, huraño y resentido. Decididamente antipático.