Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Sustituir la fábrica por la universidad. Es lo que ha hecho la izquierda europea en el último medio siglo; sustituyendo a la clase obrera por la clase media, el parlamento por la plaza, el consenso por la ruptura, la ética por la estética, el pensamiento por la acción.

            El consenso de postguerra en torno al bienestar logró que los conflictos políticos y sociales se resolvieran en el parlamento y las mesas de negociación. Sin embargo, una parte de la intelectualidad europea añoraba la escenificación del conflicto, la ruptura. Esta pasión por la ruptura, por la estética revolucionaria, por el cambio como fin en sí mismo, se propagó entre los universitarios franceses que en el mes de mayo de 1968 protagonizaron aquella revuelta contra el sistema democrático y del bienestar, poniendo el país patas arriba. Frente al determinismo de un sistema pensado para garantizar el bienestar social, los estudiantes parisinos abrazaron la espontaneidad individual en busca de nuevas experiencias, tal y como proclamaban los panfletos situacionistas.

            Los partidos y sindicatos, partícipes del sistema, no eran aceptados en el seno de aquel nuevo movimiento dirigido por la clase media universitaria.  Aquella nueva izquierda abominaba de los parlamentarios y los dirigentes obreros, demasiado alejados de lo que ocurría en la calle, motivo por el que se rechazaba toda estructura que pretendiese organizar las reivindicaciones y movilizaciones. Estas se desarrollaban de manera independiente  en cada asamblea de facultad, en cada barrio, sin un aparato que pudiera transformar las reivindicaciones en un programa, canalizarlas hacia la conquista de nuevos derechos y mantenerlas en el tiempo.

Por Angelo D’Orsi

Bersani, líder del PD
Bersani, líder del PD

Publicamos un largo artículo de valoración de los resultados de las recientes elecciones italianas. Más allá de la provisionalidad de algunas afirmaciones, hechas a vuelapluma tras las elecciones, bastantes de las afirmaciones y reflexiones que se lanzan tienen todavía valor y, lo que es tan importante, podemos aplicarlas a nuestro país, a España. Aunque pueda haber finalmente un gobierno del PD, con Bersani al frente, el autor nos habla claramente de una “derrota política”, de la que no es ajena el éxito de las candidaturas en torno a Beppe Grillo y los resultados obtenidos por el PDL de Berlusconi.

Además, dice el autor, en el quinto centenario de la publicación de “El Príncipe”, el pensamiento de Maquiavelo nos ayuda a reflexionar sobre las causas de la derrota electoral de la izquierda. Esta sólo podrá recuperarse a través de lo que Gramsci llamaba “un lento trabajo cultural” y  redescubriendo el auténtico sentido de la política como búsqueda y lucha por una sociedad mejor.

¿Y ahora? Me muevo en un escenario que no me agrada, entre la fastidiosa borrachera de los vencedores, las grotescas justificaciones de los perdedores, el silencio embarazoso del que pronosticaba otro resultado, y, personalmente, trato de hacer el luto, como uno más entre aquellos que votaban sabiendo que de cualquier forma iban a ser derrotados, más allá de los resultados concretos obtenidos por las listas que ellos habían apoyado. Derrotado, dado que ninguno de los contendientes expresaba mi pensamiento, y, sobre todo, porque aquel al que me sentía más próximo había elegido procedimientos y métodos típicos de una “vieja política” (no transparente, no democrática, de cúpulas dirigentes, y a pesar de todo vencida en las urnas) en la construcción del proyecto y en la configuración de las candidaturas. Como no ejerzo de político profesional, aunque sí lo estudio,  en vez de quejarme, o de alegrarme, o de justificar, intento razonar sobre las causas de lo que es sin lugar a dudas una derrota quizá histórica de la izquierda, o al menos de lo que hasta ahora hemos llamado “izquierda”. Y la conclusión de esta reflexión es para mí devastadora. Me siento solo, como nunca lo he estado. Y sin embargo, las posibilidades de ver una luz existen, al menos en el plano de la simple lógica. Con un esfuerzo que no es indiferente trato de iluminar esta nebulosa situación postelectoral. Pido ayuda al “Secretario florentino”, al gran Nicolás, recordando que “El Príncipe” —la obra maestra de la teoría política de todos los tiempos— fue escrito por él exactamente hace medio milenio, a partir de la experiencia política directa y basándose en el conocimiento de la historia, las dos fuentes del pensamiento de Maquiavelo, ayuda indispensable todavía para reflexionar sobre el universo político. Y que me perdone Marx por el hábito de las once tesis.

Primera tesis: no se derrota al adversario directo ignorándolo o usando contra él el florete.

 La campaña electoral de Bersani, Vendola e Ingroia ha sido minimalista tanto en la forma como en el fondo. Los tres, y sus aliados, han caído en el error de mostrar la actitud de quien está seguro de los resultados, creyendo que Berlusconi estaba fuera de juego y por eso no atacándolo con energía. La campaña “de buena educación” ya la había llevado a cabo Veltroni[i] en la precedente con los desastrosos resultados que conocemos. No se vence haciendo indirectas, ocurrencias y llenando de metáforas el discurso propio. Te debes presentar como adversario, no como socio ni siquiera como vecino. Especialmente en una batalla en la que el adversario te ataca de forma violenta. Mejor dicho: en una campaña electoral el adversario se convierte en enemigo, y a los enemigos hay que “aniquilarlos”, nos enseña Maquiavelo. La revolución no es un banquete de gala (Mao Ze Dong) pero tampoco lo son unas  elecciones en un momento tan dramático como el actual de la historia de Italia. Ingroia, además, ha cometido el acostumbrado error —un error histórico de la izquierda italiana— de atacar fuertemente y con mayor ímpetu a sus posibles aliados (precisamente aquellos a los que un día sí y otro no invitaba al pacto), que al enemigo número uno, o sea Berlusconi. Bersani ha puesto al mismo nivel al PDL y a M5S. Y ahora, en  el lento proceso de las negociaciones poselectorales parece oscilar todavía entre los dos polos.[ii]

En cualquier caso a todos los candidatos del Centroizquierda les ha faltado la necesaria agresividad, tanto más en una situación catastrófica como la actual. Ninguno de ellos ha sabido ser “león” pero, ¡ay!, tampoco “zorro”: ni energía ni astucia. Lo que  por el  contrario han mostrado Berlusconi y Grillo (Monti era por su parte más bien patético y el Vaticano, la masonería y la Confindustria no han bastado para hacerlo despegar).

Por Pedro CHAVES GIRALDO

Foto: EQUO_

En un reciente artículo de José María Lassalle en El País (Antipolítica y multitud, 1-10-12) actualiza el punto de vista conservador y tradicional de nuestra derecha decimonónica sobre el ejercicio de los derechos democráticos y su relación con el poder. Su querencia por el orden, la legalidad y la reducción de la democracia a lo que ocurre en el Parlamento, recuerdan los principios del canovismo: poder como alternancia de partidos responsables y la democracia misma como una institución previsible y alejada del tumulto y la algarabía. Para los neocons españoles rige esa sentencia de Cánovas del Castillo según la cual: “La política es el arte de aplicar en cada época de la historia aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible”.

Este principio de realismo imperecedero despista respecto a los cambios radicales que han acontecido en nuestras sociedades en los últimos decenios y que exigirían matizar mucho para aceptar la comparación de nuestros tiempos con otros pasados. Que la historia se hiciera sombría, como ahora, en la época del ascenso de los autoritarismos, no es razón suficiente para justificar la comparación. Que se responsabilice a las multitudes, supuestamente hipnotizadas, entonces y ahora, por liderazgos carismáticos o por el dulce sabor de la antipolítica, de la crisis de las democracias parece muy mal orientado y peor documentado. Pero sobre todo, que se ignore la situación de debacle económico y la ofensiva de las clases dirigentes contra la democracia, suena a olvido interesado para justificar un argumentario insostenible.

Los cambios tectónicos que han sacudido nuestro mundo desde hace casi treinta años han modificado de raíz las condiciones en las que se ha desarrollado la política, la economía y la convivencia misma después de la segunda guerra mundial, para los europeos; o en la transición para nuestro país. Estos cambios civilizatorios sumados a los efectos de la crisis económica, están afectando gravemente la realidad cotidiana de millones de personas. Aun suponiendo que hubiera un mínimo principio de justicia en los recortes salvajes del estado del bienestar en Europa o del medio-estar en nuestro país, sería deseable que las clases dominantes tuvieran ese mínimo de empatía que les permitiese comprender la turbación, el dolor y la desesperación de muchos por ver sus vidas fracturadas, sin futuro. Y por asistir, consternados, a un empeoramiento significativo de sus condiciones de vida. Para la inmensa mayoría de nuestra sociedad una parte de esos cambios y de esas políticas son tan incomprensibles como injustas.