Por Javier ARISTU

Ya está planteado y convocado el día D para la Declaración Unilateral de Independencia: lunes 9 de octubre a las 10 de la mañana. Tiempos cortos decisivos. Entre hoy y el lunes se pueden facilitar o desactivar procesos irreparables y que ocasionarían costos y sufrimientos en la gente común. El diálogo, la negociación, el reconocimiento del otro puede suponer el inicio de una nueva etapa que comience a dar salida a la presión acumulada; el rechazo y el enroque en las propias posiciones daría pie a un ciclo de tensiones y acciones que generarían, repito, sufrimiento y dolor a todos, españoles y catalanes.

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

La lectora, de Fragonard
La lectora, de Fragonard

Toda la polémica suscitada hace un mes a propósito de la intervención de Pablo Iglesias en la Universidad Complutense de Madrid, en la que la emprendió contra un periodista del diario El Mundo, giró en torno a la libertad de prensa y las intenciones del mencionado líder político en relación a este asunto. Al margen de las malas formas y el tono altanero de Iglesias, resultan interesantes sus reflexiones en relación a la libertad de prensa que, como establece la Constitución con la que algunos quieren acabar, debe ejercerse de manera veraz. En este sentido, cabe recordar aquella entrevista del año 2012, en la que el presidente ecuatoriano Rafael Correa ilustraba a una conocida periodista española acerca de las diferencias entre libertad de expresión y libertad de imprenta, esta última mucho más restringida que la primera a la hora de ponerla en práctica, pues depende del capital del que se disponga.

Por Javier FLORES FERNÁNDEZ-VIAGAS

            Sustituir la fábrica por la universidad. Es lo que ha hecho la izquierda europea en el último medio siglo; sustituyendo a la clase obrera por la clase media, el parlamento por la plaza, el consenso por la ruptura, la ética por la estética, el pensamiento por la acción.

            El consenso de postguerra en torno al bienestar logró que los conflictos políticos y sociales se resolvieran en el parlamento y las mesas de negociación. Sin embargo, una parte de la intelectualidad europea añoraba la escenificación del conflicto, la ruptura. Esta pasión por la ruptura, por la estética revolucionaria, por el cambio como fin en sí mismo, se propagó entre los universitarios franceses que en el mes de mayo de 1968 protagonizaron aquella revuelta contra el sistema democrático y del bienestar, poniendo el país patas arriba. Frente al determinismo de un sistema pensado para garantizar el bienestar social, los estudiantes parisinos abrazaron la espontaneidad individual en busca de nuevas experiencias, tal y como proclamaban los panfletos situacionistas.

            Los partidos y sindicatos, partícipes del sistema, no eran aceptados en el seno de aquel nuevo movimiento dirigido por la clase media universitaria.  Aquella nueva izquierda abominaba de los parlamentarios y los dirigentes obreros, demasiado alejados de lo que ocurría en la calle, motivo por el que se rechazaba toda estructura que pretendiese organizar las reivindicaciones y movilizaciones. Estas se desarrollaban de manera independiente  en cada asamblea de facultad, en cada barrio, sin un aparato que pudiera transformar las reivindicaciones en un programa, canalizarlas hacia la conquista de nuevos derechos y mantenerlas en el tiempo.

Foto Flickr: Cosmopolita
Foto Flickr: Cosmopolita

Por Ignacio MURO

Publicamos esta reflexión del autor que, aunque ya de hace unos meses, creemos que mantiene su actualidad.

No solo Hollande o Rubalcaba, no solo la socialdemocracia, también las izquierdas en su conjunto deben revisar la levedad orgánica de sus proyectos. Los errores en el diagnóstico del actual capitalismo regresivo se retroalimentan con déficits organizativos y de ideas que trascienden al modo de elegir los candidatos, a veces el único test admitido de modernidad.

Se sobrevaloran los problemas de comunicación. La levedad del pensamiento se confunde con la ausencia de discurso, cuando el discurso es solo la forma en que se estructura y presenta lo que uno piensa. Las redes sociales son observadas como meros canales de información olvidando que pueden aportar una nueva dimensión orgánica a los movimientos políticos. No solo en Egipto. Cuando Chris Hughes, cofundador de Facebook, se ofrece para colaborar con Obama, éste le hace una petición que resalta el aspecto práctico de las redes: formar cuadros y grupos de apoyo para enriquecer las políticas sectoriales, financiar la campaña y ganar las elecciones. Las ganó y las ha vuelto a ganar aunque su experiencia del primer mandato demuestra que, sin estructuras partidarias estables, sin una izquierda social bien tramada, es difícil articular la defensa del reformismo progresista, más aún, cuando se confronta con una derecha compacta y agresiva a la que hay que disputar, como reclamaba Gramsci, “la hegemonía, los consensos, el sentido común” en economía, religión, justicia, educación o medios de comunicación.

Por Lorenzo CABRERA SÁNCHEZ

Aparecía escrito en una pancarta o en uno de esos carteles de fabricación casera que portan en solitario los indignados en sus manifestaciones: “Mientras la prima sube, nuestros derechos bajan”. Me temo que esa va a ser la tónica a partir de ahora y que ni siquiera tendremos que esperar a que la prima de riesgo suba para comprobar que hemos entrado en una fase de demolición de derechos democráticos fundamentales. Como el de manifestación, entre otros.

 El actual Secretario de Estado de Seguridad, Ignacio Ulloa, declaró con motivo de la reunión en Barcelona del Banco Central Europeo, para justificar, supongo, un despliegue policial de 8.000 efectivos (entre agentes de refuerzo y mossos d’Esquadra) que “sólo con seguridad vamos a conseguir salir adelante de esta situación crítica”. Una lectura atenta de sus palabras nos produce, independientemente del contexto en que se emitieran, un algo de perturbación, la verdad. Antes, el mismo representante policial había comentado que no podíamos permitirnos que “por la broma de la piedra o del cóctel molotov suba la prima de riesgo”. Para la derecha producen más desasosiego las escenas que reproduce la televisión en las que se ve a los griegos manifestándose con ira que las causas que les hayan impelido a ello. Transmiten una imagen tan incómoda a los ojos del poder y provocan, al parecer, tal alteración en la confianza hacia ese país de los llamados mercados, que muchos pueden inclinarse a pensar que hace bien nuestro Gobierno en “cerrar filas bajo el imperio de la ley y el orden”. Todo sea por impedir que la prima de riesgo –y con ella los intereses de nuestra deuda- siga subiendo.

Por Lorenzo CABRERA

Ahora que ya está formado el nuevo gobierno en Andalucía y consumado, por tanto, el acuerdo PSOE e IU, de nada vale volver a la interpretación sobre los resultados de las elecciones autonómicas y al supuesto mandato que el electorado andaluz dictó en las urnas. Quienes nos han repetido hasta el hartazgo que el PP ha sido la fuerza política más votada en estas elecciones decían una verdad incontestable, pero era también de numérica claridad que ni tenían la mayoría absoluta para gobernar ni han conseguido apoyo parlamentario alguno para conseguirla. Por contra, a quienes afirmaban contar con mayoría de izquierda necesaria para formar gobierno, podrá objetárseles que hacían una interpretación sesgada del voto y, por tanto, un análisis forzado de los resultados electorales, pero es evidente que, sin entrar ahora en la valoración siempre compleja de qué entendemos por izquierda en nuestro país y si lo son todos los que así se proclaman, una cosa es indudable: la mayor parte de los que ejercieron su derecho al voto prefirieron que el PP no se constituyera en el partido gobernante. Y lo que es más importante aún, las dos fuerzas políticas que recogieron esa mayoría han optado por establecer un pacto  y gobernar conjuntamente. Se trata, pues, de un pacto legalmente válido. Y lícito, si como ambas aseguran,  los puntos recogidos por escrito en un llamado Acuerdo para Andalucía no invalidan ni incumplen los respectivos programas con los que concurrieron por separado a las elecciones. No piensan así, claro está, aquellos de entre la minoría de IU que ha perdido el referéndum y denuncian lo acordado como una dejación programática.