Por José GARCÍA GARCÍA

Cercano a los tres años de explosión de la crisis en Grecia, cuyas consecuencias se arrastran desde entonces, no viene mal recordar lo que ya muchos alertábamos sobre el suceso y la necesidad de tomarnos en serio aquella situación. Apuntábamos que con escepticismo podríamos mirar hacia otro lado, mientras los especuladores que convertían al mundo en un autentico casino, que no tenían ni tienen el más mínimo escrúpulo en apostar contra la solvencia o credibilidad de un país sin importarles que ello deje a millones de trabajadores sin su puesto de trabajo y que millones de familias pierdan sus hogares o que muchos ciudadanos y ciudadanas queden en el umbral de la pobreza, es decir, los tahúres de la miseria surgían poderosos y ganaban cifras millonarias.

Mientras tanto aquí  los partidos mayoritarios con “responsabilidad” de gobierno enfrascados (léase a cuento de corruptelas, insultos, descalificaciones o comentarios) en un rifirrafe de enojos forzados y sonrisas complacientes, se limitaban a repetir que “no somos Grecia” mostrando uno, Rodríguez Zapatero, su inutilidad como gobernante, y otro, Rajoy, su banal e irresponsable política de oposición, basada en hacer causa al gobierno socialista de cuantos males nos llegaban.

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Por Carlos ARENAS

Foto: Berkman, Union Sq., 4/11/14 — I.W.W. Library of Congress.

Desde una perspectiva histórica, lo que se ha vivido en Europa en los últimos treinta años ha sido la victoria definitiva del sistema capitalista en su forma neo liberal sobre otros modelos socio-económicos y  políticos en los que la actividad de crear y distribuir la riqueza estaba regulada por los gobiernos. Primero, desde finales de los ochenta, cayeron las “democracias populares” del este de Europa derrotadas en la guerra fría y víctimas de sus propias nomenclaturas. Más tarde, desde finales del XX y primeros años del XXI, se ha asistido a un deterioro paulatino de los fundamentos del modelo keynesiano del capitalismo, del estado del bienestar, gestionado principalmente desde el poder por los partidos socialdemócratas.


Las principales razones que explican ese deterioro, que se ha hecho mucho más profundo tras la crisis actual, habría que encontrarlas en el proceso de la mundialización del sistema capitalista, en la globalización que “aconseja” practicar estrategias de disminución de costes  y recortes de las prestaciones sociales para hacer competitivas las economías nacionales y garantizar en todo caso los beneficios del capital. Asumiendo la lógica de “los mercados” y de los recortes, los socialdemócratas europeos, especialmente los de los países del sur, se han pegado un tiro no en el pie sino en el cielo de la boca.

Releyendo a Carlos Lerena

Por Pedro E. GARCÍA BALLESTEROS

Qué duda cabe que el desmantelamiento del mínimo Estado de Bienestar que disfrutábamos (¿?) afecta a las condiciones laborales del profesorado, el funcionamiento de los centros y, por supuesto, al acceso a la educación de la ciudadanía en general. Sin embargo, no deberíamos confundir los árboles con el bosque, incluso aunque los primeros estén intentando ser podados o cortados apresuradamente.

 El panorama-bosque de la educación actual en España se caracteriza por rasgos fuertes que vienen de lejos, que aparecieron en la escena internacional en los años 80 y que en España se introdujeron y fortalecieron con claridad, con las singularidades propias de nuestra historia escolar, casi de forma paralela . Los recortes y la crisis no han hecho mas que colocar un espejo (de los horrores en algún caso) que nos devuelve los trazos reales y fuertes, en blanco y negro, pero éstos NO SON CONSECUENCIA de crisis y recorte alguno. La crisis no hace más que hacer visibles los barrotes y hacernos consciente de los parámetros que en los últimos 25 años han conformado y ahormado el panorama educativo.

 La mejor forma de demostrar lo anterior, para no hablar a toro pasado, quizás sea acudiendo a un autor clásico, o que debería serlo, y convenientemente poco citado y casi olvidado en estos momentos. Se trata de Carlos Lerena al que usaremos como él quería usar a los clásicos: para entender el presente y actuar sobre él. Como buen conocedor del marxismo, en sus fuentes originales, conocer la historia para dirigirla.

Por Javier ARISTU

  1. Europa. ¿Una cumbre europea más o asistimos a un cambio en el poder de esas cumbres? El viernes 29 de junio se anuncia que ha habido acuerdos en la cumbre europea tras “el bloqueo o veto” de Italia y España al plan de crecimiento propuesto inicialmente por Francia. Parte de la prensa habla de derrota de Merkel y de sus tesis. Otras lecturas [ver Il Manifesto] nos dicen lo contrario con las propias palabras de la canciller alemana: “Hemos realizado algo importante pero permanecemos fieles a nuestra filosofía: ninguna prestación sin contrapartida. Seguimos en el anterior esquema: prestación, contrapartida, condicionalidad y control”.  Mario Draghi, presidente del BCE se muestra “muy satisfecho” del acuerdo. Algunos hablan del “adiós a Merkozy”. Otros comentan que el anunciado Pacto por el crecimiento es en realidad una ilusión: Una gota en el océano, una intervención cercana al 1% del PIB europeo que no cambiará la situación mientras la recesión amenaza a toda la eurozona. Mientras, en los últimos meses la banca ha recibido unos 450.000 millones de euros, cifra cercana al 34% del PIB europeo. La banca sigue siendo el monotema de las cumbres y de los Ecofin mientras el principal problema social de Europa es su desempleo creciente y constante. Y nada cambia respecto de Grecia: continúan los brutales planes de empobrecimiento de ese país. En conclusión: algo se han modificado las correlaciones de fuerza europeas pero siguen firmes los vectores profundos de la intervención europea ante la crisis, esto es, más dinero para ayudar a que la banca no se hunda en su mar de deudas –dinero que tendrá que ser controlado estrictamente por el BCE y por Alemania-  pero poca acción ante el paro de millones de europeos.

Por Guy BURGEL

Foto: saigneurdeguerre. Flickr

Después de tres cuartos de siglo de divergencia en el caso de Rusia, y de casi cinco décadas en la Europa central, este y oeste del continente se vuelven a unir en un destino político y social común. Paradójicamente, al mismo tiempo se puede plantear la cuestión de la supervivencia de la identidad social de la ciudad europea. La respuesta no es fácil ni unívoca. Durante mucho tiempo, en Europa occidental la unidad global del poblamiento urbano, la existencia histórica de un Estado providencia fuerte y omnipresente, el mantenimiento de un crecimiento elevado han proporcionado constantemente una cohesión interna que trascendía a las divisiones de clases y de espacios, e incluso los aportes necesarios de trabajadores extranjeros: una sociedad diversa, pero fundamentalmente unida por unos objetivos idénticos, de democracia, felicidad y bienestar. Por otra parte, son estos mismos ideales, su inaccesibilidad en la Europa comunista, y la esperanza de realizarlos, los que hicieron cambiar la situación en el este. Las ilusiones de la reunificación ideológica duraron poco en las ciudades europeas: fluctuaciones de la economía, incremento de las desigualdades, ascenso de la violencia y de la inseguridad acompañan con un mismo movimiento las transformaciones de las formas de vida, el progreso del consumo material y cultural y las inno­vaciones y creatividades de sociedades. En el momento en que todas las referencias y los valores parecen socavados, la Europa política se amplía y, tras una etapa de cierre, las perspectivas demográficas del continente y las presiones exteriores pueden dejar entrever legítimamente nuevos flujos migratorios hacia las grandes zonas urbanizadas. Aquí y allá vienen prece­didos por la masa de los clandestinos, que son perseguidos, tolerados y fi­nalmente buscados. Ante todas estas incertidumbres, independientemente de las diferencias históricas en la concepción de la nación, entre Francia y Alemania, por ejemplo, subsiste una pregunta: ¿sabrá la ciudad europea continuar siendo un integrador de poblaciones y culturas?

[…]

Por Gabriel CENTENO SANTOS

Desde que Zapatero comenzara aquel día 11 de mayo de2010 aanunciar al pueblo español los recortes del gasto centrado en los salarios de los empleados públicos, en las pensiones y en la reducción del Estado del Bienestar, presionado por Obama; Merkel y la troika (La Comisión, el BCE y el FMI), y con una prima de riesgo inferior a los 100 puntos, no hemos dejado de presenciar la adopción de medidas tendentes a reducir los salarios y el bienestar de los trabajadores y, al mismo tiempo, aumentar la capacidad de acumulación de riqueza por parte de los ricos, haciendo crecer la economía incontrolada y especulativa de casino en la que estamos cada día más inmersos.

Sin embargo, desde entonces la prima de riesgo no ha dejado de crecer, llegando en estos días a los 590, los ingresos del Estado de disminuir, y por si fuera poco, el ínclito Sr. Rajoy, al frente del nuevo Gobierno del PP acometió por Real Decreto-Ley, so pretexto de atacar el enorme paro existente en el país, la conocida Contrarreforma laboral; reforma que acaba con la negociación colectiva y que entrega a los trabajadores a manos del empresariado, desposeyéndolo de la inmensa mayoría de sus derechos. Todo ello, acompañado de un Programa de Reformas en el período 2012-2015, remitido a la Comisión Europea, a Bruselas, para hacer más competitiva nuestra economía, y en el que los salarios seguirán bajando junto a las inversiones públicas -más mercado-, la economía especulativa y el poder de los bancos crecerá, y los servicios sociales se verán mermados, llevando al desempleo y a la exclusión a cientos de miles de familias. Pero ¿Para qué están sirviendo todas estas reformas? ¿Disminuyen el paro, estabilizan y hacen crecer la economía, generan confianza en los mercados financieros…? Nada de nada. Hoy, más que nunca, apreciamos cómo la deuda española crece exponencialmente, nuestros problemas aumentan y estamos, virtualmente y en la práctica, en RESCATE; INTERVENIDOS POR EUROPA, con la supervisión de Alemania, La Comisión y el FMI.

Por Javier ARISTU

Foto::netzkobold en Flickr

El economista se ha convertido en el nuevo sacerdote de la actual etapa de desarrollo de nuestra civilización. Sólo hay que mirar las tribunas de los principales medios: titulados en centros de investigación económica, doctorados en “business”, profesores consultores en institutos de “Social and Economic Research”. Conocemos que nuestros nuevos gurús trabajan en Harvard, en Stanford, en London, en tantos lugares hoy asociados al nuevo saber. ¿Dónde estaban hace 5 años? ¿Qué teoría de la crisis impartían a sus alumnos de todo el mundo –porque son profesores que lo recorren impartiendo lecciones en sesiones directas o con su Ipad en los aeropuertos- hace sólo unos pocos años? Hoy nos entregan sabiduría sobre las causas de la crisis pero…¿por qué no nos la advirtieron en 2005?

No voy a despreciar la economía, ni mucho menos. Nunca he logrado entenderla en su profundo significado pero la respeto muy a fondo porque del buen saber y del bien hacer de esa materia depende en buena medida nuestro bienestar y nuestros deseos. Lo que me niego a darle es el estatuto de saber único y absoluto. Por muchos sabios –que lo son- que disponga en sus inventarios, la economía es una ciencia interpretativa –esto es, con varios y diversos prismas de observación– y una disciplina prospectiva que nos ayuda sobremanera a gobernar. Nada menos pero nada más.

Por Carlos ARENAS

De las falacias que adornan la “ciencia” económica convencional , quizás la más estridente de todas sea aquella que considera que las decisiones tomadas por los agentes económicos, empresarios, inversores, etc., son perfectamente racionales en todo tiempo y lugar. No sólo no es así, sino que, por el contrario, la ceguera parcial o total (de la que se dio cuenta Saramago en su ensayo), la desinformación, la fuerza bruta, la ambición desmedida o el pánico, como tantas otras manifestaciones de la irracionalidad, han presidido la historia de los hechos económicos desde que el capitalismo existe.

Aún más; a partir de los años ochenta, derrotadas las fuerzas que proponían una manera regulada de entender el capitalismo,  se ha otorgado a esa irracionalidad patente de corso, que no es otra cosa que la conocida economía de la oferta, y la sumisión abyecta hacia los  “mercados”.  Desde que el capital financiero tomó el timón del barco capitalista, el casino en el que se ha convertido la economía mundial ha alcanzado tal extremo de imprevisión que, más que arriesgada –como presumía Beck-, la existencia se ha convertido en un manicomio;  un manicomio que sirve para varias cuestiones fundamentales: para que los menos locos de los parqués ganen ingentes sumas a costa de la ruina (y de la ruindad) de la manada de pequeños y medianos capitalistas populares a los que conducen a su antojo; y, sobre todo, para recordar y consolidar la “superioridad” del capital sobre el factor trabajo, condenado en última instancia a pagar por la vía de las reformas laborales, el desempleo, los recortes de los derechos sociales, la involución política, etc.,  los platos rotos de la irracionalidad financiera.

Por Pedro E. GARCÍA BALLESTEROS

Foto: FAPAR

Es evidente la existencia de los mismos planes de ajustes y recortes sea cual sea el signo político del gobierno de turno: aumento de impuestos e inmediatos y grandes recortes de la masa salarial de los funcionarios, los cuales en su mayoría pertenecen a la educación o la sanidad. Pero lo que me gustaría comentar no es tanto esos hechos evidentes y palpables sino los discursos usados para su justificación, la retórica política. Hasta ahora, los hechos se iban identificando cada vez más, eran similares pero al menos los discursos pretendían diferenciarse. Creo que es inquietante que hasta los discursos comiencen a parecerse, a tener paralelismos evidentes. Esperanza Aguirre (o la cólera de Dios del Tea Party hispano) anunciaba sus recortes como solidarios, es decir, los funcionarios madrileños debían aceptar sus recortes de sueldos porque de esta forma se evitaba el despido de miles de interinos. Nuestra Consejera de Economía andaluza, antes y después de no negociar absolutamente nada con los sindicatos, los presentaba como injustos pero también apelaba a la solidaridad para no despedir a trabajadores de la función pública.