Por Javier ARISTU

Cataluña y Andalucía son dos realidades sociológicas y políticas de primer orden en estos momentos. Lo han sido desde hace bastante tiempo, desde que casi podemos atisbar un mercado nacional, un flujo de personas, corrientes comerciales y culturales que se mueven cómodamente por la península. La relación entre estas dos construcciones socio-culturales ha dado sentido e impulso al conjunto del estado en algunos momentos de nuestra historia. Durante la Transición, esta relación, generalmente cordial y a veces conflictiva, fue básica para construir el nuevo Estado de las Autonomías. Previamente, los centenares de miles de emigrantes andaluces que se asentaron en las comarcas catalanas dieron sentido —y no solo pinceladas— a la Cataluña contemporánea, la de la industrialización moderna. Y a la inversa, es difícil entender las realidades de la Autonomía andaluza sin fijarnos en el proceso catalán, en la formación de sus dos Estatutos. Como ya he dicho alguna vez, Cataluña y Andalucía forman como dos espejos que se miran permanentemente. Una, porque ve cómo las tierras de Sur, la mayor población del territorio español, juega desde 1979 un papel de contrapeso y balance a los tirones catalanes. La otra, la andaluza, porque siempre ha envidiado esa avanzada modernidad de Cataluña.

Por Javier ARISTU

La actual situación interna del PSOE es un termómetro o radar de lo que está pasando en el conjunto de la socialdemocracia y en el ámbito de la política, lo que, en definitiva, no es sino la manifestación de una profunda, compleja y dilatada crisis de las relaciones sociales en nuestra época. Vayamos por partes.

La lucha por el poder dentro del PSOE y que mañana domingo tendrá una visualización evidente con la confirmación de Susana Díaz como candidata a dirigir el partido ha adquirido un tono de agresividad, competencia y confrontación como nunca lo hubo en los anteriores duelos entre Zapatero/Bono y Rubalcaba/Chacón. Dejemos aparte la larguísima y sinuosa disputa entre González y Guerra que dio forma y sentido a ese partido durante los años 80 y 90. Y obviemos a Patxi López porque no se sabe bien qué papel juega en este escenario guerrero. Lo que hoy se dirime entre Pedro Sánchez y Susana Díaz es algo parecido a las guerras púnicas: duelo de civilizaciones a muerte, hasta el exterminio del adversario. Otros prefieren recurrir a la imagen del duelo del Oeste, dos pistoleros en una calle polvorienta, jugándose la vida a tiros. Prefiero la clásica de las batallas púnicas entre romanos y cartagineses porque en el actual enfrentamiento protagonizado por Sánchez y Díaz se han cristalizado todas las tensiones y contradicciones que han venido inundando lenta pero progresivamente a ese cuerpo político y electoral que es el Partido socialista.

Por Javier ARISTU

El fin de semana pasado nos ha traído algunas novedades informativas que seguramente dejarán sentir su relevancia en el futuro. Especialmente me refiero a la noticia de que Ignacio Fernández Toxo renuncia a presentarse a un tercer mandato al frente de Comisiones Obreras. Es importante en cuanto Comisiones es el primer sindicato y representa una fuerza social de primer orden en este país. Al mismo tiempo su máximo órgano entre congresos ha avalado de forma casi unánime la candidatura sucesoria de Unai Sordo, el hasta ahora máximo dirigente en Euskadi. Este relevo viene acompañado también del de Francisco Carbonero en Andalucía por la joven dirigente Nuria López. Unai Sordo (1972) y Nuria López (1978) son dirigentes nacidos justamente en los años finales del franquismo o en plena transición política a la democracia; representan, por tanto, una generación diferente a la de Toxo, ésta nacida en los años cincuenta del pasado siglo y rondando ya las edades de jubilación. Podemos decir que Comisiones Obreras ha afrontado de forma decidida y sin retrocesos la fase de renovación generacional en sus máximos órganos directivos. Hay que compartir esta determinación pero, al mismo tiempo, tenemos que observar que lo que está haciendo el sindicato es seguir ni más ni menos la norma o práctica de estos últimos años en otras instituciones de la sociedad española, la política sin ir más lejos.

Por Javier TERRIENTE

La excepcionalidad como norma

Las razones por las que un grupo humano renuncia a una parte de su libertad, voluntaria y democráticamente, en favor de la autoridad y la autonomía de un líder, son difíciles de entender. Sólo la sensación de peligro inminente ante una amenaza real para la seguridad procedente del exterior, o el riesgo inmediato de una gravísima eclosión interna, pueden explicar situaciones semejantes.

Por Javier TERRIENTE

Superar los límites de la izquierda tradicional

Por encima de los procesos electorales, la cuestión de fondo es que las nuevas dinámicas económicas, políticas y sociales han puesto sobre la mesa la necesidad de un nuevo instrumento que trascienda los límites de la izquierda tradicional y establezca un diálogo estable y duradero con las grandes mayorías sociales. El compromiso decidido por una nueva hegemonía de los “sin poder”, permitiría, además de agrupar y convocar a colectivos diversos, dar pasos en la recuperación de la credibilidad de la política como un instrumento de representación y mediación social.

Por Javier TERRIENTE

Avanzar en democracia,  recuperar derechos

Ninguna profesión, clase, categoría social, sexo, edad, nacionalidad o adscripción política ha quedado indemne de los recortes ni al margen de los  protestas. Guste o no, Podemos ha sabido reflejar, en mayor o menor medida, el sentir general de las asambleas del 15 M, las Mareas, la dramática precarización de las condiciones de vida y de trabajo, las reivindicaciones de los Afectados por las Hipotecas, del movimiento ecologista, feminista, de los inmigrantes, de los mayores, de las aspiraciones y sentimientos nacionales… dando por sentado que los derechos, todos, son igualmente importantes y representan un todo indivisible, desprovisto de cualquier orden jerárquico. Probablemente, este haya sido, hasta ahora, uno de sus mayores aciertos.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Yo, que fui tribuno de la plebe (versión sindicalista) en los setenta, conocía ya al patricio Trump cuando, en los ochenta,  era un icono de los jóvenes americanos.Donald era entonces un abanderado de la desregulación y yo, como sindicalista de una empresa nacional, Iberia, expuesta a los rigores de la globalización, defendía que los estados debían regular  el transporte aéreo.Durante décadas los sindicatos nos opusimos a la política de desregulación que propugnaban los neoliberales. Ganaron ellos.