Por Javier ARISTU

A propósito de la demanda política de independencia para Cataluña estamos asistiendo a un auténtico festival de opiniones y representaciones públicas que no están ayudando a esclarecer cuestiones relacionadas con la democracia y la participación de la ciudadanía. El consecuente estado de confusión es extraordinario. Se nos dice que el mayor ejercicio de democracia es el referéndum pero se maltrata y prostituye la institución parlamentaria. Pues bien, ni el referéndum es per se democracia ni tiene que ser la única vía para resolver los problemas políticos de una sociedad. A veces, hasta es dañino para la convivencia de gentes con opiniones distintas: Cataluña es un ejemplo, pero hay más en la historia reciente.

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Por Javier ARISTU

Cuento una anécdota real ocurrida a un familiar que vive y trabaja en Cataluña. Sucedió al día siguiente de la aprobación por el Parlament catalán de la ley de Transitoriedad. Fue este familiar a un gabinete de estética que suele visitar desde hace varios años para cultivarse e higienizar el cuerpo. Le estaba esperando la profesional esteticien con cara muy sonriente. Según le confesó —en catalán, obviamente— mientras comenzaba a preparar los potingues, «estaba radiante, exultante porque por fin vamos a alcanzar la independencia, un sueño que me invade desde que tenía catorce años». La chica debe tener unos 35 años en la actualidad. Mi familiar, discretamente y sin entrar en el terreno de quien la estaba despellejando física y literalmente en ese momento con la cera ardiente, le fue preguntando por diversos aspectos de este procés, un procés que había cruzado su rubicón ese 7 de septiembre de 2017. ¿Y qué va a pasar el 1-O? Respuesta: “Vamos a votar con libertad y después seremos independientes”. ¿Y qué haréis después con España? “¡Ah! Tendremos que negociar, claro; los asuntos tendremos que resolverlos negociando con Espanya”. Hubo por supuesto más preguntas dudosas y más respuestas optimistas pero con lo citado me basta. Estamos en lo que se llama un momento de alta carga emotiva donde la razón y la sensatez han huido del campo de batalla. Solo queda la emoción, el patetismo y la bravura. Mal andamos de esta forma.

Por Carlos ARENAS POSADAS

Me imagino que será difícil para un ciudadano de a pie posicionarse en esta maraña de informaciones, desinformaciones, opiniones interesadas y subvencionadas, cruces de legalidades y legitimidades en torno al problema catalán y la convocatoria del referéndum del 1 de octubre. La confusión aumenta hasta el grado de la paranoia cuando, tanto los partidarios como los contrarios de su celebración usan las palabras “libertad”, “democracia”, como el primero de los argumentos.

Por Javier ARISTU

Conforme pasan los días la sensación de catástrofe es cada vez mayor. El 1 de Octubre en Cataluña puede significar una fecha maldita para el futuro de esta sociedad. No pretendo exagerar pero esas sensaciones son las que tengo cada vez que se acerca esa fecha y leo los mensajes tuiteros y las reacciones de una parte considerable de políticos catalanes y españoles. Políticos que —lo estoy viendo hoy mismo en el Intermedio de Wyoming— se dedican en la calle, delante del Congreso de Diputados, a contestar a la reportera de ese programa cómico-informativo sobre sus vestimentas playeras durante los meses de verano o bien exponen con absoluto desparpajo toda su vida íntima vacacional…que nos interesa un bledo a los españoles. El Hola y el Diez Minutos siguen estando presentes en las preocupaciones de esta nueva clase dirigente que no manda realmente nada pero que se embelesa con un tuit o una entrevista. Y mientras, el mundo a su alrededor está en peligro de hundimiento.

Por Javier ARISTU

Vuelvo a las teclas tras el olvidado ya agosto, mes de enajenaciones y distracciones. Y trato de resituarme y actualizarme. La realidad es dura y me golpea: Cataluña, referéndum, atentados terroristas, videos, silencios y mentiras en el Congreso de Diputados a propósito de Gürtel, declaraciones escandalosas de la ministra Báñez…demasiado plomo para este septiembre cálido. Trataré de insertarme poco a poco y de forma paulatina.

 

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Por fin, al alcanzarse los novecientos casos aislados de corrupción en el PP,  Rajoy ha decidido atajar de raíz el problema recordando lo que nos decía el cura “ya que no podéis ser castos, ser cautos”. Ha caído en la cuenta de que lo malo de la corrupción es su conocimiento, porque  el escándalo debilita la autoridad.

En los medios de comunicación ya aparecen voces que nos avisan de que el excesivo celo de la Guardia Civil va a convertir España en un estado policíaco; se establece la Ley Mordaza; se mueven jueces, fiscales y la frontera entre el poder ejecutivo y judicial; renace el término chisme con nuevo significado… y aparece en un horizonte próximo  otro espantajo que nos hará olvidar la corrupción: el separatismo catalán.

Por Javier ARISTU

Se ha levantado alguna, o mucha, polvareda en relación con el asunto de la concesión de la medalla de oro de la ciudad de Cádiz a la Virgen del Rosario. La polvareda incluye a políticos en activo, periodistas, comentaristas de ocasión y, en resumen, a casi todo el mundo que se asoma por las ventanas de la opinión pública. Se ha convertido en un asunto de primer orden. Yo no sé si en verdad es un asunto social de primer o de cuarto orden pero dado que la polvareda es real y que en ella han participado, a veces con opiniones y juicios incomprensibles e incluso alucinantes, políticos nacionales de primera fila, me atrevo a entrar por alguna rendija del asunto y manifestar mi criterio. Por si sirve de algo. Pero antes de entrar en harina, me gustaría hacer un breve comentario sobre las últimas declaraciones de Pablo Iglesias acerca del pasado histórico de Cádiz. Literalmente contesta así a la pregunta del periodista: «En una ciudad como Cádiz, con esa tradición anarquista y liberal, esa Virgen, tan vinculada a las cofradías de pescadores, no va unida al conservadurismo que nos podría parecer desde fuera». La frase está repleta de esos tópicos y creencias que, sin haber sido contrastados, se van repitiendo una y otra vez hasta constituirse en “verdad indiscutible”. ¿Cádiz de tradición anarquista y liberal? Pues según y cómo se vea. Si repasamos la “reciente tradición” política de la ciudad, esta no representa precisamente los valores anarquistas: desde 1979 hasta 1995 (16 años, cuatro legislaturas) fue gobernada por el PSOE; a partir de 1995, con Teófila Martínez, Cádiz fue regida por la derecha, el PP, hasta 2015 (20 años, 5 legislaturas). Durante 36 años de democracia —un tercio de siglo— la “ciudad anarquista” ha dado su voto a los partidos del sistema bipartidista. Solo recientemente la preside un alcalde que es una combinación de valores antisistema y otros de religiosidad popular.

Por Javier ARISTU

Cataluña y Andalucía son dos realidades sociológicas y políticas de primer orden en estos momentos. Lo han sido desde hace bastante tiempo, desde que casi podemos atisbar un mercado nacional, un flujo de personas, corrientes comerciales y culturales que se mueven cómodamente por la península. La relación entre estas dos construcciones socio-culturales ha dado sentido e impulso al conjunto del estado en algunos momentos de nuestra historia. Durante la Transición, esta relación, generalmente cordial y a veces conflictiva, fue básica para construir el nuevo Estado de las Autonomías. Previamente, los centenares de miles de emigrantes andaluces que se asentaron en las comarcas catalanas dieron sentido —y no solo pinceladas— a la Cataluña contemporánea, la de la industrialización moderna. Y a la inversa, es difícil entender las realidades de la Autonomía andaluza sin fijarnos en el proceso catalán, en la formación de sus dos Estatutos. Como ya he dicho alguna vez, Cataluña y Andalucía forman como dos espejos que se miran permanentemente. Una, porque ve cómo las tierras de Sur, la mayor población del territorio español, juega desde 1979 un papel de contrapeso y balance a los tirones catalanes. La otra, la andaluza, porque siempre ha envidiado esa avanzada modernidad de Cataluña.