Por Javier ARISTU

El fin de semana pasado nos ha traído algunas novedades informativas que seguramente dejarán sentir su relevancia en el futuro. Especialmente me refiero a la noticia de que Ignacio Fernández Toxo renuncia a presentarse a un tercer mandato al frente de Comisiones Obreras. Es importante en cuanto Comisiones es el primer sindicato y representa una fuerza social de primer orden en este país. Al mismo tiempo su máximo órgano entre congresos ha avalado de forma casi unánime la candidatura sucesoria de Unai Sordo, el hasta ahora máximo dirigente en Euskadi. Este relevo viene acompañado también del de Francisco Carbonero en Andalucía por la joven dirigente Nuria López. Unai Sordo (1972) y Nuria López (1978) son dirigentes nacidos justamente en los años finales del franquismo o en plena transición política a la democracia; representan, por tanto, una generación diferente a la de Toxo, ésta nacida en los años cincuenta del pasado siglo y rondando ya las edades de jubilación. Podemos decir que Comisiones Obreras ha afrontado de forma decidida y sin retrocesos la fase de renovación generacional en sus máximos órganos directivos. Hay que compartir esta determinación pero, al mismo tiempo, tenemos que observar que lo que está haciendo el sindicato es seguir ni más ni menos la norma o práctica de estos últimos años en otras instituciones de la sociedad española, la política sin ir más lejos.

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Yo, que fui tribuno de la plebe (versión sindicalista) en los setenta, conocía ya al patricio Trump cuando, en los ochenta,  era un icono de los jóvenes americanos.Donald era entonces un abanderado de la desregulación y yo, como sindicalista de una empresa nacional, Iberia, expuesta a los rigores de la globalización, defendía que los estados debían regular  el transporte aéreo.Durante décadas los sindicatos nos opusimos a la política de desregulación que propugnaban los neoliberales. Ganaron ellos.

Por Javier ARISTU

Ando leyendo el libro que acaba de salir sobre la historia del PCE entre 1956 y 1982 [De la hegemonía a la autodestrucción].  Sus autores, Carme Molinero y Père Ysas son expertos en la época y en ese ámbito de estudio. Hasta ahora he leído las páginas dedicadas a la Transición, ese periodo trascendental de nuestra historia contemporánea que abarca, sintéticamente, desde 1974 a 1977. Es evidente que el periodo se alarga por detrás y por delante pero esos tres años son decisivos a la hora de fijar una imagen determinada de lo que fue aquello.

Por Javier ARISTU

¿Es posible volver a situar la política en el centro de la actividad social?

La pregunta parece contradictoria con lo que realmente parece estar ocurriendo dado que las noticias imperantes hoy en las cabeceras de los medios, en los círculos de las redes sociales y en las conversaciones de la gente es la crítica de la política. Como si esta, la política, estuviera marcando la vida de nuestras sociedades. Y, sin embargo, la política está siendo arrinconada por otros tipos de actividades y dedicaciones. Trataré de explicarme a partir de algunos ejemplos que he venido observando en las últimas semanas.

Por Carlos ARENAS POSADAS

No es casualidad, ahora que las alternativas “de clase” parecen insuficientes como alternativas al sistema capitalista en su versión ultraliberal, ahora que se intuyen alternativas protagonizadas transversalmente por los “agraviados”, precarizados, trabajadores empobrecidos, clases medias decaídas, jóvenes sin futuro y ancianos agobiados por el futuro de sus pensiones, esto es, por  esa masa crítica que antes llamábamos “el pueblo”, que la derecha se lance con el cuchillo entre los dientes a la descalificación del “populismo”.

Por Javier ARISTU

Populismo. Posiblemente comienza a ser el concepto más utilizado en el cosmos del comentario político que inunda las redes. Antes nos batíamos con otros términos que han dado sentido a toda una época: socialismo, capitalismo, imperialismo, nazismo, fascismo, democracia. En torno de estas palabras se ha tejido la historia de los últimos decenios. En estos años comienzan a ser subsumidas bajo la noción globalizadora de populismo. De derecha o de izquierda, ese es el único matiz. Llega el asunto a ser tan simplificador que hasta una de nuestras políticas más representativas como la presidenta andaluza Susana Díaz establece un correlato unívoco entre Trump y Pablo Iglesias: «beben en la misma fuente», ha llegado a decir. Y aquí paz y mañana gloria. La palabra se está convirtiendo en el talismán que, ante la incapacidad analítica o las limitaciones de conocimiento, viene a suplantar la inexistencia de formulaciones que puedan explicar lo que está pasando en gran parte del mundo.

Por Carlos ARENAS POSADAS

En 1980, Ronald Reagan fue elegido presidente de los Estados Unidos de América; su popularidad como político no se debía tanto a su mediocre carrera como actor de películas de serie B, como a su eficaz aparición como anunciante de crecepelos en la televisión. 36 años después, el más devoto de los clientes de Reagan, Donald Trump, ha llegado a la Casa Blanca. Ha usado para ello el mismo poderoso influjo de los medios, esparciendo a la población  el mismo contenido basura que consume cotidianamente en el plasma del saloncito: machismo, xenofobia, discriminación, amenazas, populismo del barato, etc., etc.

Que  toda esa infamia no era más que la carnaza que se le echa a los perros para que laman tu mano, lo demuestra el discurso que acabo de oírle como futuro presidente: la acritud ha dado paso a la bonhomía, la agresividad en el tono al sosiego  y la xenofobia a la unidad de todos los integrantes de la nación americana.  ¡U.S.A! coreaban los presentes en la sala de celebraciones ante la promesa de que la nación americana volverá a pesar en el mundo, de que construirá escuelas y hospitales aunque no se sabe cómo si todos los contribuyentes siguen su ejemplo de evadir impuestos.