Por Guy BURGEL

Foto: saigneurdeguerre. Flickr

Después de tres cuartos de siglo de divergencia en el caso de Rusia, y de casi cinco décadas en la Europa central, este y oeste del continente se vuelven a unir en un destino político y social común. Paradójicamente, al mismo tiempo se puede plantear la cuestión de la supervivencia de la identidad social de la ciudad europea. La respuesta no es fácil ni unívoca. Durante mucho tiempo, en Europa occidental la unidad global del poblamiento urbano, la existencia histórica de un Estado providencia fuerte y omnipresente, el mantenimiento de un crecimiento elevado han proporcionado constantemente una cohesión interna que trascendía a las divisiones de clases y de espacios, e incluso los aportes necesarios de trabajadores extranjeros: una sociedad diversa, pero fundamentalmente unida por unos objetivos idénticos, de democracia, felicidad y bienestar. Por otra parte, son estos mismos ideales, su inaccesibilidad en la Europa comunista, y la esperanza de realizarlos, los que hicieron cambiar la situación en el este. Las ilusiones de la reunificación ideológica duraron poco en las ciudades europeas: fluctuaciones de la economía, incremento de las desigualdades, ascenso de la violencia y de la inseguridad acompañan con un mismo movimiento las transformaciones de las formas de vida, el progreso del consumo material y cultural y las inno­vaciones y creatividades de sociedades. En el momento en que todas las referencias y los valores parecen socavados, la Europa política se amplía y, tras una etapa de cierre, las perspectivas demográficas del continente y las presiones exteriores pueden dejar entrever legítimamente nuevos flujos migratorios hacia las grandes zonas urbanizadas. Aquí y allá vienen prece­didos por la masa de los clandestinos, que son perseguidos, tolerados y fi­nalmente buscados. Ante todas estas incertidumbres, independientemente de las diferencias históricas en la concepción de la nación, entre Francia y Alemania, por ejemplo, subsiste una pregunta: ¿sabrá la ciudad europea continuar siendo un integrador de poblaciones y culturas?

[…]

Hacia la europeización de las respuestas 

Por Juan MORENO y Emilio GABAGLIO

 

Foto Flickr. Autor: saigneurdeguerre

A la larga crisis en la eurozona (con tres países “rescatados” y varios más en serio riesgo) se la suele responsabilizar con razón  de graves daños económicos y sociales, y en primer lugar el aumento del desempleo (en marzo pasado 24,5 millones de parados, un 10,2% de la población activa). Siendo esto cierto también lo es que en años anteriores a la crisis había síntomas de que los gobiernos europeos habían abandonado algunos de los grandes objetivos que se había trazado la Unión Europea.

La Estrategia de Lisboa (2000-2010) para reformar la economía europea y estabilizar su crecimiento mejorando el empleo y la cohesión social, había fracasado mucho antes de que venciera el plazo de 2010. Los ataques al modelo social europeo por parte de gobiernos neoliberales (y en algunos casos por gobiernos que no se reclamaban de esa ideología) se venían recrudeciendo desde fechas aún más tempranas en casi todos los países. El fracaso de la Estrategia de Lisboa debilitaba las posibilidades de la UE para  competir en un mundo globalizado y para proponer un modelo de crecimiento y desarrollo que pudiera servir de referencia en otras regiones del mundo.

Por Zygmunt BAUMAN

Zygmunt Bauman. Foto UOC_Universitat

Si el debate sobre el modelo de una sociedad justa ha perdido mucho de su fervor y de su impulso, se debe principalmente a la falta de un sujeto creíble capaz de actuar con la voluntad y la capacidad necesarias para llevar a cabo ese proyecto. Todo viene del divorcio cada vez más evidente entre el poder -el poder para llevar a la práctica un proyecto- y la política -la capacidad de decidir qué hacer o no hacer. Como resultado de la globalización, estas dos facultades, unidas durante varios siglos en el Estado-nación, tienen hoy día dos ubicaciones diferentes: para utilizar los términos de Manuel Castells, el “espacio de flujos” y el espacio de “lugares”. El poder ha transmigrado en gran medida del Estado-nación a un espacio transnacional global.

En cambio, la política es aún hoy local, relegada a los confines  de la soberanía territorial de los Estados. Nos encontramos frente a dos tipos de poder: por un lado, el primero, libre y fluctuante, fuera de cualquier orientación o supervisión política, y por otro, el de los organismos políticos, limitados y ligados al territorio, mortificados además por un déficit permanente de poder. Los primeros, los “grandes poderes” tienen, como sospechamos, sus buenas razones para no estar interesados ni dispuestos a reformar el statu quo. Mientras que los segundos serían incapaces de emprender y menos aún de llevar a buen término una reforma por más deseada que esta fuese.

Carta abierta de Maria Negreponti-Delivani a la señora Christine Lagarde, secretaria general del FMI (en relación con su afirmación de que “los griegos no pagan impuestos”) 

Simon Dawson/Bloomberg

A pesar de sus grandes aires extremadamente ofensivos contra Grecia y los griegos, tan duramente puestos a prueba y a quienes usted reprocha no “pagar sus impuestos”, lo que explica su antipatía hacia ellos, al declararse más conmovida por “los niños de Nigeria” que por los niños griegos, quiero creer, señora Lagarde, que está usted mal informada. Y quiero creerlo, porque desde hace tiempo mantengo estrechas relaciones con Francia, sus universidades y mis numerosos colegas economistas; porque siento una profunda estima y una verdadera admiración por el pueblo francés, por su historia y su cultura.

Por todas estas razones, necesito encontrar una explicación a lo que le ha hecho olvidar, si tenemos en cuenta su posición, que usted se dirige a un miembro de pleno derecho de la Unión Europea y de la zona euro. Me permito también agregar que el apoyo moral dado día tras día a Grecia por parte de intelectuales franceses, escritores, estudiantes, analistas y numerosos medios de comunicación, así como las severas críticas a sus declaraciones por parte del Gobierno francés, constituyen para nosotros un atisbo de esperanza y una ayuda preciosa frente al genocidio económico y social que sufrimos en estos últimos dos años y medio.

Bajo el título “Refundar Europa“, sindicalistas de la DGB y otras organizaciones de Alemania, así como filósofos -entre ellos Jurgen Habermas- investigadores y sociólogos de ese país lanzaron el pasado mes de marzo un manifiesto para cambiar la dirección del proceso actualmente en curso en Europa. Lo publicamos en el blog por su  interés y como muestra de que en Alemania  presionan también corrientes y opinión pública contra  la línea oficial expresada por la canciller Merkel.

¡Hay que detener esta marcha hacia la ruina! ¡Superar la crisis con solidaridad y democracia!

Asi no se puede, no se debe continuar. El proyecto europeo se está tambaleando. Europa se encuentra en una crisis existencial. Ya antes del brote de la crisis, la orientación acordada era la equivocada: con a una construcción del Euro fijada unilateralmente sobre la estabilidad monetaria, en base a criterios de endeudamiento y déficit equivocados, con una coordinación errónea de la política económica y el abandono imperdonable de la union social. La crisis se agudizó con la política neoliberal de desregulación y la avidez despiadada de una élite financiera, que especula contra países en crisis y quiere forzar una política que sea conforme a los mercados financieros. Con su modelo neoliberal de subordinación a los mercados (financieros) la Unión Europea no sólo no resolverá la crisis, sino que la agravará.

En vez de mencionar los errores de la política y el afán de lucro como causas de la crisis,  se interpreta el déficit de los estados  como una crisis de endeudamiento del Estado (social), para legitimar una política desastrosa. El gasto público, incluidos los salarios y las prestaciones sociales, son recortados radicalmente siguiendo el dictado europeo. El coste del rescate de los bancos se carga sobre trabajadores, desempleados y jubilados. Sobre todo,  la dirección económica (“Economic Governance”) y el pacto fiscal exigido por el Gobierno Alemán  siguen una agenda que amenaza con deteriorar irreparablemente la democracia política y social de los estados miembros.

Por Beate KLARSFELD

Beate KLARSFELDLas responsabilidades históricas en Europa pueden todavía jugar un papel positivo para corregir la marcha de la historia.

Es el caso que hemos promovido desde hace tiempo a fin de que el continente africano sea indemnizado por ciertos estados europeos por su actuación durante el periodo colonial.

Es evidente que algunos estados (Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda, Bélgica, España, Portugal) deben una reparación global, que podría expresarse a través de una financiación sensiblemente superior de la lucha contra el hambre, por el agua y por la instrucción en África.

Por Serge GUÉRIN y Christophe GUILLUY

[Tras las recientes elecciones presidenciales francesas y en la perspectiva de las próximas legislativas, los autores reflexionan sobre las modificaciones sociológicas y geográficas de las clases populares en Francia. Una nueva configuración de capas sociales obliga a la izquierda a resituar sus análisis y sus programas. Aunque la configuración social de España y su distribución espacial puede ser diferente, bastantes de las conclusiones que estos autores aplican a la acción social y política son válidas para nuestro país]

Los resultados de las elecciones presidenciales han resaltado una gran fractura geográfica y social entre la “Francia de las metrópolis” y la Francia periférica, la de los espacios periurbanos, rurales, zonas de medianas y pequeñas ciudades.

Esta Francia, situada fuera de las grandes metrópolis globalizadas es la Francia de la precariedad social. A pesar de que  la pobreza se ha incrustado ahí, se caracteriza en primer lugar por una forma de “mala salud social” donde la interinidad y sobre todo la ausencia de perspectiva son frecuentemente su norma. El éxito de François Hollande, elegido en gran parte gracias al antisarkozysmo de las capas populares, puede llevar rápidamente a las elites políticas de la izquierda y del ecologismo a olvidar la lección: las capas populares en proceso de precarización están aumentando de forma continua y se sienten despreciadas social y culturalmente.

Por Javier VELASCO

En un  artículo anterior dije que el origen de la crisis no es la maldad de los financieros, yo diría que la maldad congénita de los financieros se acrecienta con la crisis, pero no es el origen. También dije que los trabajadores, entre los que nos encontramos, hemos vivido una época espléndida, en la que los electrodomésticos, las vacaciones, el coche y el consumo en general han jugado el papel motor de la economía. Pues bien, la maldad de los finacieros, y de los ricos, se va a disparar a partir de 1973 y, por el contrario, la felicidad de los trabajadores se va a truncar. Y ambas cosas se relacionan.

Por Juan JORGANES “Akropolis, Adieu!”, titula en portada el semanario alemán Der Spiegel. La publicación explica las razones por […]

Por Juan MORENO

El riesgo de fracaso del proceso de integración europeo, es en estos días bien real y, según algunos observadores, inminente. Algunas esperanzas en el plano político comienzan sin embargo a aparecer, que de consolidarse podrían frenar la debacle del sueño europeo que iniciado en la posguerra mundial, avanzó gradualmente hasta dotarse de un mercado y una moneda común.

De los peligros del déficit democrático y social de la Comunidad Europea desde su fundación, se avisaron desde muchos ángulos, como el sindical o el de pensadores inequívocamente europeístas como Maurice Duverger. La implantación de la unión monetaria  sin que en paralelo se estableciera un gobierno económico de la UE, es decir sin ningún tipo de de coordinación de políticas económicas y sociales, fue considerado en su día como la única forma de avanzar sin provocar  la salida de la Gran Bretaña, gobernada por Thatcher. Pero pasados los años, no variaron las cosas con Blair, y avanzó el euroescepticismo conservador, motivo y, sobre todo, excusa para no avanzar en la unión política. El leve refuerzo que hubiera significado la frustrada Constitución, quedó aún más aguado en el Tratado de Lisboa.