Por Javier ARISTU

Hace  menos de un año una parte considerable de fuerzas políticas de la izquierda no socialdemócrata, sin excepción, veían en Tsipras la pócima milagrosa para hacer posible el gran sueño de una izquierda transformadora y capaz de doblar el pulso al capital. Los vuelos a Atenas a codearse con el joven líder izquierdista se multiplicaron con una enorme rapidez. Un partido que hasta entonces era un minúsculo componente de esa “izquierda radical” que fluctúa por nuestro continente se convirtió, de repente, en el talismán de la batalla. Alexis Tsipras, el joven dirigente de esa formación política griega, y el núcleo de dirección de Syriza, habían logrado diferenciarse tanto de la socialdemocracia —mejor llamar al Pasok partido del social liberalismo a la luz de su práctica en los gobiernos que ha gestionado— griega como del comunismo del KKP, posiblemente el partido más ortodoxo, dogmático e intransigente de los que hoy permanecen con ese nombre. Tsiriza era el resultado de un interesante y dinámico proceso que llevó a esa “nueva formación política”, que en puridad ni es socialista ni es comunista, al gobierno de su país, Syriza pretende superar, en cierto modo, el campo de juego y el paradigma de la postguerra, hecho de confrontaciones, de bloques, de culturas políticas de izquierda enfrentadas y hoy, posiblemente, superadas. La radicalidad de Tsiriza era y es pareja a su novedad en el teatro de los partidos de las izquierdas europeas.

Entrevista a Luciano Gallino

Luciano Gallino es un sociólogo italiano de primera línea, especializado en asuntos del trabajo. Hace unos meses publicó en Italia un libro muy comentado, Vite rinviate. Lo scandalo del lavoro precario (Vidas aplazadas. El escándalo del trabajo precario, ed. Laterza, 2014) donde analiza los fenómenos que están modificando la naturaleza del trabajo en nuestras sociedades y cambiando la relación de las personas con el mismo y de estas entre sí. Es un libro de combate en el que denuncia la mistificación que la ideología neoliberal hace de la llamada “flexibilidad laboral” como solución mágica al desempleo. Lo que viene a continuación es el extracto de una entrevista hecha al profesor Gallino en el acto de presentación de su libro en Turín.

Pregunta: Profesor Gallino, ¿por qué Vidas aplazadas?

Luciano GALLINO: Porque quien, por alguna razón, por propia elección o por mala suerte, se encuentra con que tiene que trabajar con una larga serie de contratos de corta duración, está obligado a aplazar continuamente decisiones importantes como comprar una casa, tener un hijo o establecerse en una ciudad en vez de en otra. Cuando uno se acerca a los cuarenta o se pasa de esos años se da cuenta de que, prórroga  tras prórroga, toda la vida ha sido aplazada a un futuro que no se sabe ya qué forma adquirirá.

Por Franco BERARDI BIFO

A finales de los años 70, tras diez años de huelgas salvajes, la dirección de la FIAT reunió a los ingenieros para que introdujesen modificaciones técnicas capaces de reducir el trabajo necesario y despedir así a los extremistas que habían bloqueado las cadenas de montaje. Sea por esto o por lo otro el hecho es que la productividad aumentó cinco veces en el periodo que va desde 1970 al 2000. Dicho de otro modo, en el año 2000 un obrero podía producir lo que precisaba de cinco en 1970. Moraleja de la fábula: las luchas obreras sirven entre otras cosas para que los ingenieros consigan aumentar la productividad y para reducir el trabajo necesario.

¿Os parece bueno o malo? A mí me parece algo buenísimo si los obreros tienen la fuerza (¡y, caray, en aquel tiempo la tenían!) para reducir la jornada laboral con el mismo salario. Y algo pésimo si los sindicatos se oponen a la innovación y defienden los puestos de trabajo sin comprender que la tecnología cambia todo y que ya no hace falta más trabajo.

Aquella vez  los sindicatos creyeron desgraciadamente que la tecnología era un enemigo del que había que defenderse. Ocuparon las fábricas para defender el puesto de trabajo y el resultado, como se preveía, fue que los obreros perdieron todo.

Por Francisco FLORES TRISTÁN

“En el  día de hoy cautivo y desarmado el pueblo griego ha alcanzado la oligarquía europea sus últimos objetivos. La guerra ha terminado”.  Cada vez que pienso en Grecia me viene a la memoria el último parte de guerra  de Franco. La desesperación de los griegos me recuerda a los desgraciados republicanos hacinados en Alicante esperando un barco que nunca llegaría y que acabarían en el campo de concentración  de Albatera (los más afortunados, a otros  les esperaba el paredón). Sé que es un poco exagerado en cuanto a las condiciones reales y materiales pero no hay mucha diferencia respecto a la frustración de las esperanzas fallidas no solo para los griegos sino para muchos europeos, especialmente del sur, que han visto en Grecia el espejo  de sus anhelos.

Hace un par de semanas en esta misma página expresaba mis dudas sobre  la maniobra de Tsipras convocando el referéndum. Tres días después, en la noche del domingo, pensé que me había equivocado y me contagié del entusiasmo de mis hijos, eufóricos por la victoria del oci. Hoy, pasados ya diez días desde el referéndum el panorama no puede ser más desolador. Grecia está hundida, Tsipras derrotado y Schauble, este particular Perry Mason alemán más vengativo que sagaz, totalmente eufórico. Pero por muy hundidos que nos encontremos, porque lo de Grecia nos afecta a todos, hay que analizar lo ocurrido e intentar extraer alguna lección de futuro. Se me ocurren a bote pronto algunas conclusiones:

Por Guillaume DUVAL

«No son concebibles nuevas negociaciones», opinaba Sigmar Gabriel, vicecanciller de Alemania y presidente del SPD, el partido social-demócrata socio de los cristianos demócratas en el gobierno presidido por Angela Merkel, tras la victoria masiva del no en el referéndum griego del pasado 5 de julio. «Ni mil millones más para Grecia», titulaba el martes siguiente el gran diario popular Bild  acompañado de una imagen de Merkel con un casco prusiano donde le pedía que actuara como una «canciller de hierro» frente al gobierno de Tsipras.

El referéndum ha llevado al paroxismo los sentimientos anti-griegos que frecuentemente se venían expresando en la política y en los medios alemanes desde hace largos meses. Las profundamente irracionales reacciones que suscita esta crisis en el otro lado del Rhin son, más allá de la cuestión griega, el síntoma de  la gran dificultad de Alemania para encontrar su lugar en el seno de una Europa cooperativa y solidaria. Una dificultad que podría seguramente ser fatal para el mismo proyecto europeo. Si queremos superarla hay que entender los resortes de la misma. Explicación en tres tiempos.

Por Jesús CRUZ VILLALÓN

Parece que finalmente la recuperación del crecimiento económico está provocando un cierto impacto de crecimiento del empleo, que esperemos sea sostenido y de mayor intensidad. Sin duda se detectan expectativas positivas, que se orientan hacia una nueva etapa, que definitivamente cierra el ciclo negativo.

Ahora la pregunta que hay que hacerse es cuál es el panorama para el inmediato futuro, tras un periodo tan dilatado y profundo de destrucción de empleo. El interrogante es qué impacto cualitativo ha tenido todo este duro proceso de reajuste y, en particular, cuál es el escenario previsible de evolución del empleo. La cuestión planteada de forma resumida es si todo el proceso sufrido ha servido para depurar el mercado de trabajo, para provocar una catarsis suprimiendo los empleos inviables al tiempo que se han creado los cimientos para a partir de ahora permitir un crecimiento en clave de mayor productividad y calidad del empleo, o bien, por el contrario, nos hemos limitado simplemente a bajar unos cuantos peldaños en la escala de desarrollo económico, reducir los estándares laborales, para situarnos en un panorama de deterioro generalizado del mercado de trabajo.

Por desgracia, todos los indicios presentan un paisaje tras el tsunami de lo más desalentador, donde la respuesta se escora en esencia en la segunda dirección. Es cierto que se aprecian algunos espacios de real cambio estructural, pero la tónica general es la contraria: desde el punto de vista cualitativo, en el mejor de los casos nos encontramos en la casilla de partida, sin haber corregido ninguno de los problemas de fondo.

Por Robert REICH

General Motors (GM) tiene un valor de cerca de 60.000 millones de dólares, con cerca de 200.000 trabajadores. Sus trabajadores de primera línea ganan entre 19 y 28,5 dólares a la hora, con beneficios.

Uber se estima que tiene un valor de unos 40.000 millones de dólares, con unos 850 empleados. Uber cuenta también con más de 163.000 conductores (en diciembre, esperándose que en junio doble ese número), con una media de 17 dólares a la hora en Los Angeles y Washington DC, y 23 dólares en San Francisco y Nueva York. Pero Uber no cuenta con estos conductores de plantilla; Uber dice que son “contratistas independientes”.

¿Cuál es la diferencia?

Por un lado, los trabajadores de GM no tienen que pagar por las máquinas que utilizan mientras que los conductores de Uber lo tienen que hacer por sus coches: no solo la compra sino también su mantenimiento, el seguro, la gasolina, los cambios de aceite, los neumáticos, la limpieza. Si resta estos costos el ingreso por hora de los conductores de Uber disminuye considerablemente. Por otra parte, los empleados de GM disfrutan de las protecciones laborales legales en el país, que incluyen la Seguridad social, la semana laboral de 40 horas, el derecho a recibir una remuneración correspondiente a una hora y media por hora trabajada, seguridad y salud de los trabajadores, la remuneración por baja por enfermedad, permiso por enfermedad, salario mínimo, derecho a pensión, seguro de desempleo, protección contra la discriminación racial o de género y el derecho a la negociación colectiva. Y no podemos olvidar la obligación de la atención médica a cargo del empleador de acuerdo con el mandato Obamacare. Los trabajadores de Uber no reciben ninguno de estos beneficios. Simplemente están fuera de la ley.

Entrevista con el ministro griego de Finanzas Yannis Varoufakis

Por Marc Goergen y Andreas Hoffmann

Señor Varoufakis, ¿le deja tiempo esta febril diplomacia itinerante para reflexionar sobre su trabajo?
Desearía disponer de más tiempo. Somos un gobierno sin experiencia, y nos ha faltado tiempo para familiarizarnos con el trabajo de nuestros ministerios. En rigor, necesitaríamos algunas semanas para deliberar y diseñar nuestro programa, pero nos está apuntando el cañón de una pistola. Las carreras precipitadas de una reunión a la siguiente, después de noches en blanco, son la muestra de la severidad con que la crisis ha socavado la integridad, el alma incluso de Europa.

¿Funciona la política de la manera que usted esperaba?
Por desgracia en el caso de Europa, sí, funciona así. Nunca tuve unas expectativas muy altas en relación con el proceso político. Salté al ruedo porque me horroriza el estado actual de la democracia europea. Si existe un déficit en esta Europa nuestra, es la falta de democracia. Estamos convirtiendo las instituciones que toman decisiones que afectan a la vida de la gente en zonas carentes de democracia. Y eso beneficia a las fuerzas oscuras que buscan socavar la democracia y los derechos humanos.

Como ministro de Finanzas, una sola palabra suya es suficiente para hacer temblar a los mercados. ¿Qué se siente en esa situación?
Yo no poseo ese poder. Hablando más en general, el poder es algo que no deseo. Puede sonar hipócrita, pero lo digo con toda sinceridad. Y lo mismo vale para muchos miembros de nuestro gabinete. Preferirían vivir en la oposición, después de todo resulta bastante cómodo ser una minoría de izquierdas. (Ríe).