¿Tienen futuro los pactos? ( y 2)

Puente. Foto Flickr por Cody

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Por parte del Gobierno también se observan obstáculos que pueden dificultar los acuerdos. Desde el inicio del Gobierno de coalición, pero más desde que comenzó la pandemia, la imagen del Gobierno es de una insufrible cacofonía: declaraciones cruzadas de la Ministra de Trabajo y el Presidente, del Vicepresidente segundo con el Ministro de Seguridad social, del Vicepresidente con la portavoz…

Quizá algunas de estas contradicciones sean producto de la bisoñez pero otras parecen más fruto del deseo por parte de los componentes de la coalición de atribuirse los éxitos de la política gubernamental en detrimento del otro partido, el deseo de visualizar la diferencia sin percatarse seguramente de que la mejor rentabilidad es que las políticas del Gobierno sean exitosas. Si es así ambos se beneficiarán pero si se transmite la imagen de “jaula de grillos”, la ciudadanía no va entrar en distingos, va a culpar al Gobierno en su conjunto.

De los dos componentes de la coalición quien más reticencias puede plantear a un hipotético pacto es Unidas Podemos. Pactar significa ceder, hacer concesiones, y Podemos, al situarse en el extremo del espectro político, es quien más se podría resentir por las hipotéticas cesiones que se pudieran hacer a la Derecha. Desde que está en el Gobierno Pablo Iglesias, que durante la campaña electoral presentó una imagen conciliadora, amable e incluso constitucional, ha vuelto al tono duro y áspero del pasado quizá porque tema decepcionar a su electorado más radical y más deseoso de marcar diferencias por la Izquierda. Sospecho que esa actitud no contribuye más que a deteriorar su imagen y me parece dudoso que atraiga más votantes para Podemos. Pero además hay límites que no se deben sobrepasar; hay declaraciones que un particular se podría permitir pero son impropias de un miembro del Gobierno. Por ejemplo uno puede ser perfectamente republicano pero si acepta ser miembro de un Gobierno que constitucionalmente es monárquico no puede lanzar gratuitamente invectivas al Rey desde el mismo Gobierno. El mismo problema se da con otros poderes del Estado, como el Judicial. Cualquiera puede criticar una sentencia, pero si es nada menos que un Vicepresidente del Gobierno el que lo hace, deslizando además la sospecha de que la Justicia es parcial y actúa en favor de los poderosos, esto no es simplemente una crítica, es una intromisión de un poder del Estado, el Ejecutivo, sobre otro, el Judicial. Y genera un conflicto entre los Poderes del Estado. Si un miembro del Gobierno no está de acuerdo con una sentencia puede perfectamente recurrirla, como es normal en un Estado de Derecho, pero no puede actuar de manera que se cuestione la legitimidad de uno de los Poderes del Estado porque esto es tanto como cuestionar la legitimidad del Estado mismo. Esto último podría comprenderse si se hace desde fuera del Estado pero es una contradicción flagrante hacerlo desde el corazón mismo del Poder ejecutivo. Además si se cuestiona la legitimidad de un poder del Estado, el Judicial, porque no se está de acuerdo con alguna de sus actuaciones no puede nadie escandalizarse porque otros por motivos parecidos acusen a este Gobierno de ilegítimo y cuestionen esa misma legitimidad.

Por otra parte el principal partido del Gobierno, el PSOE tiene quizá la cuota mayor de responsabilidad en que la negociación llegue a buen puerto. Para ello sería bueno abandonar los tics autoritarios que han ido ensombreciendo la trayectoria de este Gobierno desde antes de la pandemia. No hablo de la hipocresía de cierta Derecha que después de criticar que el confinamiento haya llegado tarde se escandalice ahora de que esas medidas impliquen un recorte de libertades. Me refiero a la necesidad de abandonar el sectarismo y la opacidad en el funcionamiento de los órganos del Estado si queremos que la ciudadanía confíe en sus instituciones. La renovación con criterios objetivos y profesionales de órganos como el Consejo General del Poder Judicial o la RTVE han sido obstaculizados por la oposición pero el Gobierno tampoco ha dado muestras de perseguir estos criterios en actuaciones como el nombramiento de la nueva Fiscal del Estado, el cese del Presidente de la Agencia EFE o el apoyo tácito a las actuaciones sectarias del director del CIS manifestadas por ejemplo en las polémicas preguntas de su última encuesta. Durante el confinamiento esta actitud se ha observado en el mecanismo inicial de las ruedas de prensa, más tarde afortunadamente modificado o en el recurso a normas de la Ley mordaza (cuya derogación figuraba en el programa  del Gobierno) para sancionar el incumplimiento de las medidas de confinamiento. El caso más polémico de los últimos días es la desafortunada intervención del general de la Guardia Civil en el sentido de que la actuación de este Cuerpo se proponía “minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por el Gobierno”. Aunque el Gobierno atribuyó estas declaraciones a un “lapsus” del general parece que existían instrucciones escritas en este sentido. El abandono de estos tics autoritarios, aparte de cumplir con lo que se esperaba de un Gobierno progresista, facilitaría el acuerdo con Ciudadanos que ha mostrado cierta sensibilidad en estas cuestiones.

El Gobierno en fin, incluyendo a las dos fuerzas que lo componen, tiene que presentar cuanto antes una propuesta concreta, meditada y flexible que permita centrar la negociación.

En segundo lugar el Gobierno debe “ponerse las pilas”, debe evitar la repetición de los errores que ha ido manifestando durante el confinamiento, alguno de ellos quizá inevitables, como el de la compra de test defectuosos, pero otros verdaderamente inexplicables como la decisión inicial de salida de niños inmediata y afortunadamente rectificada. Cometiendo estos errores el Gobierno da la impresión de no meditar a fondo decisiones importantes o estar mal aconsejado. ¿Quién aconsejó al Gobierno tomar esta decisión? ¿Quizá quien le aconsejó ir a unas segundas elecciones con un descenso de votos y el resultado de hacer perder al país 6 meses valiosísimos a tenor de lo que vino después? El Gobierno, y más en concreto la dirección del PSOE, harían bien en tener más en cuenta a su propia militancia, en la que hay dirigentes muy cualificados aunque no piensen exactamente como el Secretario General,  que a mágicos gurúes que le han llevado a cometer errores manifiestos.

El Gobierno en fin, incluyendo a las dos fuerzas que lo componen, tiene que presentar cuanto antes una propuesta concreta, meditada y flexible que permita centrar la negociación. Después de varios meses de “marear la perdiz” entre las dos elecciones generales del pasado año, los dos partidos de la coalición demostraron que, si quieren, pueden llegar a un acuerdo en dos días. La misma energía y la misma voluntad negociadora tienen que demostrar a la hora de negociar este pacto. El PP se lo va a poner muy difícil pero las perspectivas de que Ciudadanos pueda llegar a un acuerdo son mucho más halagüeñas, especialmente si se concreta un apoyo de la UE. Este hipotético  pacto dejaría peligrosamente aislado al PP, tan solo en la compañía de Vox, lo que podría forzar a sus barones a presionar a su dirección para negociar en serio y llegar un acuerdo. Tanto para Unidas Podemos como para el PSOE puede ser duro aceptar algunas renuncias o cesiones, que de todas formas probablemente tendrán que hacerse de una u otra forma hasta que la coyuntura económica mejore. Pero ¿cuál es  la alternativa al no acuerdo? Un Gobierno débil y frágil que, si no es capaz siquiera de sacar adelante un Plan para la recuperación económica y unos Presupuestos para 2021, se puede ver abocado a unas terceras Elecciones cuyo resultado podría ser desastroso tanto para el Gobierno como para el país.