Confinamiento/27. Burbujas

Foto flickr por Kevin Harber

Por Javier ARISTU

Fiebre de sábado noche, de un sábado de confinamiento y sin Tony Manero. Sin fiebre, afortunadamente, y sin nada mejor que hacer, me fui a HBO y terminé de ver la 5ª temporada de The wire. Mi conclusión es que, de momento, nada supera a la mítica Sopranos. En Los Soprano está la quintaesencia de muchas cosas de la vida americana. Y no es porque no me guste The wire, que me parece una buena serie y sobre todo una muestra de la cara oculta de la vida norteamericana. Baltimore como espejo de la América profunda, esta vez urbana.

Para ver la “América profunda”, la del campo, la del Sur-Sur, la de las zonas rurales y pobres del interior, me fui a un documental de la misma HBO, realizado por Alexandra Pelosi, la hija de la actual presidenta de la Cámara de Representantes. Sí, Nancy Pelosi, la que rompió los papeles de Trump mientras este finalizaba su discurso sobre el estado de la Unión. El documental se titula Fuera de la burbuja. Un viaje con Alexandra Pelosi. La realizadora cogió la cámara y se fue en 2018 por las pequeñas ciudades y pueblos de los Estados más pobres y del profundo interior americano para averiguar con entrevistas a la propia gente del lugar las razones por las que habían votado a Trump en 2016 y seguían apoyando al presidente. Merece la pena aunque creo que el documental peca también de un cierto esquematismo y reduccionismo de las mentalidades de la gente.

«Esto es una guerra civil, estamos en guerra, una América contra otra», son frases que salen repetidas veces en las bocas de esos campesinos y mineros en paro o reconvertidos en no se sabe qué. Gente profundamente religiosa hasta límites casi de magia, que piensa que Trump es el enviado de Dios en la tierra y que es necesario llevar una pistola en el sobaco porque el diablo acosa por todas partes, que cree que la reconversión de la minería del carbón es un asesinato social o que el calentamiento global es un infundio porque lo que se da –es decir, se tira– a la tierra y el mar estos lo reciclan perfectamente y se regenera el ambiente. Toda una representación sintética de lo que es un universo humano basado en la superstición o la fe sin razonamiento. Millones de personas votaron a Trump desde ese convencimiento de que es el salvador de los estados Unidos. Son miles de pueblos y lugares donde habitan millones de norteamericanos que van a votar en noviembre de este 2020.

Lugares como Winchester, en Virginia Occidental, donde nació el periodista Joe Bageant y donde escribió su relato Crónicas de la América profunda (2007), lugares que han formado a lo largo de la historia pasada y reciente «un mundo paralelo, del todo desconocido para los liberales universitarios de las grandes ciudades […] y un mundo que tarde o temprano deberán tratar de comprender si pretenden llegar a ser alguna vez de nuevo políticamente relevantes». He ahí la clave de todo esto: “tratar de comprender” por qué millones de norteamericanos votan a Trump.

La globalización, la deslocalización industrial, la desaparición de la forma industrial de vivir que provocaron a su vez el deterioro de vida, la marginación de esos territorios respecto de los grandes proyectos generados en Washington, la pérdida de valor de esa América profunda frente a la de la costa, la del este y la del Oeste. Dos mundos, dos Américas enfrentadas como si fuera, de nuevo, la guerra de secesión.

Un reportero como Joe Bageant captó ya a finales del siglo pasado lo que estaba ocurriendo: «Caí en la cuenta de ello en 1999, cuando después de treinta años de ausencia decidí regresar a mi ciudad natal y fui testigo de la degradación progresiva (y espeluznante) que habían sufrido los miembros de mi familia, mi vecindario y mi comunidad, y de cómo sus vidas de trabajadores habían sido devaluadas por aquellas fuerzas contra las cuales la gente de izquierdas siempre ha clamado, las mismas fuerzas que mi familia y toda la población apoyaron firmemente en las urnas».

Nos reímos de Trump, nos carcajeamos cuando sintetiza con un lenguaje simplón y reduccionista la complejidad de un mundo difícil de atrapar con los parámetros de nuestras mentes racionales. Pero somos incapaces de captar esa relación que ha establecido, burdamente, con la sensación colectiva de fracaso en esas colectividades que están viendo que los éxitos de las burbujas financieras se basan en el deterioro de sus hipotecas y de sus bolsillos. Con el America first, América lo primero, captura el ansia de recuperar una hipotética prosperidad perdida de muchos millones de americanos de las zonas pobres, urbanas o agrícolas, de ese inmenso país. Junto a la hipotética amenaza de la inmigración y la pretendida identidad de una “religión americana”, la marginación respecto de los vectores de una economía global y financiera se impone como principal catapulta de los votos a Trump y al republicanismo.

La religión, asunto más allá de los debates metafísicos, pasa a ser una cuestión electoral de primer orden. Según Luis E. Lugo, director del Forum Pew sobre Religión y Vida, «si hay un mercado libre en los Estados Unidos este es el de la religión (…) En este país las iglesias son uno de los centros de gravedad de la vida social. Más del 50 por ciento de la población ha cambiado de religión más de una vez en su vida…». Javier Tébar me ha llevado a esta información (ver en este sitio una información sobre el tema).

Cuestiones que aparecen como decisivas a la hora de plantear la contienda electoral de los próximos meses en EE.UU. La gestión de la crisis sanitaria y de la crisis económica en el país americano tendrá que ver con todo este conglomerado de crisis territoriales, sociales, económicas que venían fraguándose desde hace al menos dos décadas y que seguramente van a incrementarse al calor del Covid-19. Sin duda, unas elecciones decisivas las de noviembre.