Confinamiento/26. Patriotas de cartón

Por Javier ARISTU

Pocas veces, por no decir ninguna, hablo de nación, patria o pueblo como identidades a las que me sienta unido. Quizás porque mi vida ha ido trascurriendo por diversos lugares y mis arraigos siempre han sido los de la familia, la amistad y el trabajo. Ni siquiera la sangre me ha llevado a confundir la verdad y la mentira. Soy en el buen sentido de la palabra, como diría Machado, apátrida de las banderas.

Por eso me repugna la actitud de cierta derecha española que basa toda su estrategia política sobre esta crisis en una hueca simbología de la corbata negra, la bandera y la necrológica. Escuché ayer parte del debate parlamentario y algo de bochorno sentí cuando vi cómo la representación de la España conservadora trata la pandemia y trata al gobierno que intenta superar la crisis de su país. Ante la incapacidad o inexistencia de sostener un programa alternativo, con propuestas concretas, con proyectos de soluciones, con adendas o enmiendas al gubernamental, se recurre al insulto (mentiroso) y a la descalificación (capitán Sánchez). Es una escenificación, seguro, ante las cámaras de televisión que proyectan una determinada imagen ante la clientela social que observa esos gestos en las pantallas. Pero, desgraciadamente, es la imagen de una formación política que vuelve a manifestar su sentido patrimonial del poder, su creencia de que cuando la izquierda está al frente de las tareas del Estado es como un intruso al que hay que echar por las buenas o por las malas. Es, en definitiva, una mala digestión de los principios de la democracia. La derecha que lidera hoy Pablo Casado es la continuidad de una vieja estirpe condenada a la extinción y que no termina de asumir que el tiempo en el que todavía sobrevive es ya diferente al de sus padres y abuelos.

No son actitudes propias solo de los españoles. Lo vemos en otros países y alcanza un límite insuperable en los Estados Unidos de Trump. Viejas banderas confederadas del Sur son las que enarbolan los escasos grupos de manifestantes que piden que se abran los negocios aunque eso suponga la muerte por la pandemia de muchos miles más de compatriotas. Son esas derechas evangélicas que siguen y replican los tuits de su Presidente acusando a China de ser la inventora de ese virus con el fin de atacar a los Estados Unidos. Son esos difusores de los engaños de curanderos y que descalifican el valor de la ciencia como guía en estas situaciones de pandemia.

Frente a ese patriotismo del odio habrá que sacar a la luz el auténtico patriotismo de la solidaridad. Frente a la sociedad del aislamiento y el rechazo al extranjero habrá que potenciar la sociedad de las ayudas y apoyos mutuos, del sanitario que aumenta su jornada de trabajo por salvar vidas, del empresario que sigue abonando el salario a su trabajador y los descuenta de su cuota de beneficio mensual, del trabajador que arriesga su salud por mantener funcionando una empresa vital para el resto de ciudadanos, de tantos y tantas anónimas personas que cada día construyen eso que algunos llaman patria y yo prefiero llamar sociedad de iguales.