Cainismo y pactos

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Por Francisco FLORES TRISTÁN

Impresiona y asusta el ambiente de polarización social que estamos viendo con motivo de la epidemia de coronavirus, o quizá mejor habría que decir con  la excusa de la misma. El tono de lo que se ve y oye en las redes sociales nos devuelve al ambiente guerra civilista del enfrentamiento entre las dos Españas. Las Derechas están desplegando una agresividad sorprendente que se manifiesta en continuas descalificaciones, insultos al Gobierno y a los partidos que lo sostienen y todo tipo de mensajes reaccionarios, algunos claramente fascistas, incluyendo una gran cantidad de noticias falsas. Estas descalificaciones alcanzan incluso a los expertos científicos que asesoran al Gobierno, calificados por ejemplo por Cayetana Álvarez de Toledo de “presuntos expertos”, al igual que hace Rafael Hernando con Fernando Simón al que califica directamente de “sinvergüenza” olvidando quizá que Simón fue nombrado para el cargo que ocupa por el Gobierno de Mariano Rajoy, que se deshacía en elogios para el mismo durante la crisis del ébola.

El mensaje que subyace bajo todas estas críticas es considerar al Gobierno culpable de las muertes, atribuidas a la ineptitud o mala fe de éste. Alguna dirigente de Vox en concreto, ha llegado a acusar al Gobierno de practicar una eutanasia activa con los ancianos (sic). Con el mayor aplomo se afirma en estos mensajes que el Gobierno conocía perfectamente la gravedad de la situación desde el mes de febrero (he llegado a leer en algún mensaje que  desde finales de enero) y se negó irresponsablemente a tomar medidas hasta que fue demasiado tarde. El mayor énfasis se pone en la autorización de las manifestaciones del 9 de marzo a las que hacen aparecer culpables de la rápida propagación del virus. Por supuesto no parecen tener relevancia los partidos de futbol celebrados ese mismo día con miles de espectadores apiñados ni por ejemplo el acto celebrado por Vox también con varios miles de asistentes.

Pero veamos. Este hipotético conocimiento que el Gobierno pudiera tener de la gravedad de la situación y de lo que iba a pasar desde luego no estaba en informes secretos sino en opiniones de los científicos e informes de la OMS que podían ser conocidos por cualquier observador bien informado.  Pues bien ¿acaso los partidos de la oposición y los medios de comunicación que ahora se quejan de esa falta de previsión reclamaron medidas contundentes antes del 9 de marzo?  Es cuestión de mirar las hemerotecas. No solo nadie reclamó medidas urgentes; es que incluso los partidos de la Derecha, que ahora se indignan tanto, asistieron a la manifestación del 9 de marzo y en ningún caso pidieron la suspensión de la misma. Un par de semanas antes la Derecha y la Izquierda, la práctica totalidad de los medios de comunicación y las redes sociales coincidieron en criticar la suspensión del Mobile Wordl Congress considerando que obedecía a oscuros intereses económicos y no a motivos sanitarios.

La realidad es que casi nadie (quizá algún epidemiólogo o biólogo) fue consciente de lo que se nos venía encima; la mayoría de la gente, entre los que me incluyo, menospreciamos la importancia de esta epidemia considerando que sería parecida a la gripe aviar o al ébola que apenas afectaron a España. En las sociedades occidentales nos habíamos acostumbrado a pensar que las grandes epidemias y las cuarentenas eran cosa del pasado, que en todo caso, podían afectar a África u otros países subdesarrollados pero no a Europa. Con toda seguridad el Gobierno pecó de imprevisión, de no reaccionar a tiempo, pero creo que esto le hubiera ocurrido a cualquier Gobierno. No hay más que mirar a nuestro alrededor. ¿Cómo reaccionaron Francia, Gran Bretaña o EEUU? La tesis de Boris Johnson era que lo mejor era dejar que la epidemia llegara y la población poco a poco se fuera inmunizando. Más tarde el Gobierno británico rectificó. Trump al principio minusvaloró totalmente la importancia del virus, y lo ha seguido haciendo hasta hace poco. Francia celebró elecciones municipales cuando en España e Italia había ya confinamiento; y allí sí que parte de los medios y de la oposición reclamaron su suspensión. Incluso Italia reaccionó con más retraso que España. Y no sabemos desde cuándo el Gobierno chino era consciente de la gravedad del Covid 19 dada la opacidad de su régimen.

Por otra parte estas acusaciones dan por sentado que las soluciones al problema son perfectamente nítidas ignorando el hecho de que incluso entre los científicos no hay unanimidad a la hora de afrontar esta epidemia. Recordemos por ejemplo que fueron científicos los que aconsejaron a Boris Johnson al principio permitir que la pandemia se fuera extendiendo por el Reino Unido para que la población lograra la inmunidad. La gravedad de los contagios hizo rectificar pronto esta política.

Es lógico y legítimo que se critiquen las actuaciones del Gobierno. Se comprende por ejemplo la irritación del personal sanitario que ha tenido que trabajar muchas veces en condiciones totalmente inadecuadas por falta de equipos de protección, por falta de respiradores para los pacientes o de test. Aunque no podemos olvidar la situación del mercado (por la prohibición de la mayoría de países de exportar material sanitario reservándolo para el consumo interno) que ha producido una escasez de material y fraudes como el de los test vendidos a España o los también defectuosos que compraron el Reino Unido o los Países Bajos. Pero lo que llama la atención en el momento actual en España es el grado de agresividad, de descalificación y de crispación en algunos medios de comunicación y en las redes sociales, donde además proliferan las noticias falsas.  En otros países se ha observado un “cerrar filas”, un mensaje de unidad para hacer frente juntos a la pandemia. Lo hemos visto en la vecina Portugal, en Gran Bretaña, en EEUU, en Francia e incluso en Italia donde las críticas de la Extrema Derecha no han llegado a la agresividad que vemos en España.

Esta irritación de la Derecha se arrastra desde que fue descabalgada del poder mediante una moción de censura, la primera que triunfaba en el actual régimen constitucional. Entonces se acuñó la expresión “okupa de la Moncloa” para referirse al actual Presidente del Gobierno. Algunos medios de comunicación, fundamentalmente prensa escrita, pero también algún programa de Radio, han desempeñado un papel importante en azuzar este espíritu agresivo del que se hacen eco las redes sociales. Conviene recordar cómo algunos de estos medios se dedicaron durante cuatro o cinco años a fomentar la “teoría de la conspiración” como explicación de los atentados del 4 de marzo de 2004. Sobre la base de conjeturas sembraron la duda sobre la actuación del Gobierno, los Tribunales y las Fuerzas de seguridad del Estado. Hoy estos medios hablan de otra conspiración, la de los que supuestamente sabían desde hace meses la pandemia que se avecinaba y no hicieron nada por impedirla, evidentemente el Gobierno o los partidos progresistas. Lástima que ninguno de ellos, tanto medios de comunicación como fuerzas de la oposición, advirtiera de la situación antes de la aprobación del “Estado de alarma” el pasado 15 de marzo.

Existe además un factor psicológico que ha influido en la extensión de esta agresividad. Cuando ocurre un suceso catastrófico, como una epidemia, hay mucha gente que necesita encontrar inmediatamente un culpable físico en quien descargar su ira. Es lo que vulgarmente llamamos un “chivo expiatorio”. En la Edad Media el culpable estaba claro, los judíos, esa gente rara que tenía extrañas costumbres, como lavarse en sábado, no comer cerdo y vivían aislados en sus guetos. Hoy el culpable también está claro, “los políticos” en general, pero en especial si están en el Gobierno. Estas actitudes “antipolíticas” acaban deslegitimando la Democracia en favor de “salvadores” o “caudillos” de los que, a pesar del penoso resultado que han dado en un pasado no muy lejano, algunos no parecen haber escarmentado.

Las fuerzas de Izquierdas tienen también su cuota de responsabilidad no tanto por la manera de abordar esta crisis que, aunque con errores, dudo que diste mucho de la que hubiera adoptado cualquier otro Gobierno, sino por su comportamiento en el pasado inmediato. La incapacidad para llegar a un acuerdo durante meses, el haber  llevado a la ciudadanía a dos elecciones generales consecutivas, la lamentable campaña electoral última de Pedro Sánchez con afirmaciones y propuestas disparatadas (como la de traer a la cárcel a Puigdemont, aumentar la condena penal a quien promueva un referéndum de secesión o afirmar que le quitaría el sueño un Gobierno con Podemos) que luego se ha tenido que tragar, todo ello ha supuesto una importante merma de credibilidad con la que el Gobierno ha llegado a esta crisis. Por su parte Pablo Iglesias parece haber abandonado el comedimiento de que hizo gala durante la campaña electoral, y está teniendo algunas intervenciones desafortunadas, que no añaden nada e irritan innecesariamente a la oposición y a los empresarios transmitiendo la imagen de un cierto afán de protagonismo. Cuando escribo estas líneas acabo de ver unas declaraciones de Iglesias con motivo del 14 de abril que, como han dicho voces más autorizadas que yo, son como mínimo inoportunas en un miembro del Gobierno. No se puede pretender la “Unión sagrada” ante la epidemia, dejar las rencillas de partido para más adelante y al mismo tiempo abrir un frente en un asunto que no es ahora el prioritario. Por no hablar de que no es coherente rechazar la figura del Rey y aceptar al mismo tiempo un puesto en un Gobierno “de la Monarquía”.

  Este Gobierno, si quiere recabar el apoyo de la oposición y del conjunto de la sociedad para salir de esta crisis tiene que esforzarse en evitar el sectarismo y negociar. No puede adoptar decisiones unilateralmente como hizo por ejemplo  con la prohibición de actividades no esenciales durante dos semanas, del 30 de marzo al 13 de abril que, aunque seguramente estaría justificada, pilló de sorpresa hasta a aliados del Gobierno como el PNV que manifestó su irritación por una medida tan importante no consensuada previamente. Tampoco es de recibo que el líder de la oposición se entere por la prensa de que se le cita a una reunión, como acaba de ocurrir. Las formas también son importantes en la negociación. En suma, si el Gobierno tiene que demostrar que no solo quiere hacerse una foto en La Moncloa sino que pretende consensuar un Plan que saque a nuestro país de la que probablemente es la mayor crisis vivida en los últimos 60 años. Tiene que hacer lo que no se hizo entre las dos convocatorias electorales, negociar hasta la extenuación. Veremos