Esta vuelta al trabajo: un mapa

Ancona,Marche, Italia- Trabajos de ferrocarril-Foto Flickr por Gianni Del Bufalo

Por Javier TÉBAR

La parte de un nuevo abecedario se impone estos días, sucediéndose o superponiéndose a otras de reciente aprendizaje para todos. Hoy estamos ante los misterios del abecedario de la U, la V o la W en los pronósticos sobre la salida de la crisis económica. Los expertos comienzan a deletrear, unos con avidez de conocimiento y con desparpajo indisimulado otros. Durante esta semana se ha iniciado la llamada “deshibernación” económica en España al ampliar la suspensión de la actividad económica que acompañó las restricciones fijadas por el confinamiento, cuando aquella quedó reducida a los servicios básicos y esenciales que han funcionado estas últimas semanas.

El impacto en la economía y el empleo han sido inmediatos y dolorosos. Las cifras manejadas adquieren una dimensión imprevista, socialmente insostenible durante mucho tiempo. El carácter inusitado de su alcance ha devastado el mercado de trabajo: una pérdida de más de 850.000 bajas de afiliación a la Seguridad Social, un aumento de desempleados que supera los 300.000 en un mes y un número de parados de 3,5 millones de personas, unido a la destrucción de 244.044 empleos, este último es el peor dato desde el mes de enero de 2013. Pensemos que probablemente estos son números aproximados que cabría actualizar. En resumidas cuentas, un determinado modelo de crecimiento basado en una estructura productiva que pivota sobre los servicios y se ancla en la precarización laboral habría multiplicado los efectos negativos desencadenados por la pandemia.

Sugiero algunas ideas improvisadas, a modo de guión, para reflexionar durante estos días, aprovechando el tiempo que nos ofrece y nos impone el confinamiento. Diría que, entre otros posibles temas que seguro que el lector ampliará, cabría considerar un quíntuple repertorio de problemas que me permito ordenar no por su importancia sino subordinándolos a mis argumentos, de la siguiente manera:

a) La dimensión y naturaleza del paro.

b) La previsible reestructuración de los sectores productivos.

c) Los aspectos relacionados con un problema que siempre lo fue y hoy deviene central como es la seguridad e higiene en el trabajo.

d) La presencia y el papel de los sindicatos de clase confederales y por extensión al resto del movimiento sindical.

e) Y, por último, la necesidad del Pacto o los pactos, ahora me ahorro el adjetivo, sobre la que se continúa debatiendo.

Me pregunto ¿cómo analizar y actuar frente a las escalofriantes cifras de paro que ya se van acumulando a día de hoy? No sólo en España, miremos las magnitudes de que se ofrecían hace cinco días para el caso de EEUU: ¡el aumento en 6,6 millones de parados en una semana! No parece haber dudas de que la propuesta del gobierno de coalición de Sánchez de hacer frente a la situación a partir de los Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE) habría moderado la destrucción de empleo. Los trabajadores afectados siguen dados de alta en la Seguridad Social y en el plazo de seis meses está prevista la vuelta a su puesto de trabajo a partir de una previsible recuperación económica, una vez superada la crisis sanitaria. Esta estrategia para frenar el descenso de la ocupación se ha combinado con la estricta prohibición de la aplicación por parte de las empresas de los Expedientes de Regulación de Empleo (ERE) por causa del coronavirus. Sin embargo, son innegables las dificultades a las que una parte de la clase trabajadora española ya está haciendo frente. Como son innegables las serias dificultades que está sorteando el Ministerio de Trabajo, por mucho que haya reforzado suplementariamente su plantilla, para gestionar ese inmenso aluvión que representan las miles en número de peticiones de trabajadores afectados ERTES para percibir una prestación de la que se hacen cargo las arcas públicas. Una primera conclusión que se puede sacar de lo que ha sucedido hasta aquí es que el mundo del trabajo, y en particular la clase trabajadora de este país han visto como de la noche al día las reglas de juego en el ámbito de las relaciones laborales se han visto desbaratadas.

Por otro lado, el hundimiento del empleo nos alerta sobre los contornos de una previsible recesión de la economía española y de una pérdida importante del PIB para este 2020. El FMI ha pronosticado que la economía española durante este año se moverá en cifras de contracción del PIB del 8% (la CEOE lo sitúa en una caída del 9%), pronósticos que venimos acostumbrándonos a oír o a leer y que no suelen cumplirse en muchas ocasiones, pero que pueden tener sus efectos en la propia economía. El paro alcanzará el 20,8%, acercándose vertiginosamente a los datos de paro de la peor etapa de la anterior recesión económica. El shock puede ser terrible. Aunque todo, insisto, son previsiones en estos momentos. Estos datos no hacen descabellado pensar que los efectos económicos golpearan con extrema dureza a determinados sectores de población, los más vulnerables: aquellos que se incorporen a un mercado del trabajo que difícilmente será el existente antes del 15 de marzo pasado, a las mujeres y a los jóvenes, es decir a los sectores más precarizados, a los parados de largo duración, entre los que se encuentra en un porcentaje notable de los mayores de 53 años.

En cuanto a la previsible reestructuración del sector productivo, las previsiones sobre el sostenimiento del tejido empresarial en un país donde la pequeña y pequeñísima empresa es fundamental son necesariamente poco halagüeñas. Miles de empresas de este tipo no solo pueden ser deglutidas por la crisis, sino que ya han comenzado a desaparecer. Por otro lado, cabría pensar en los efectos sobre determinados sectores en su previsible reestructuración inducida en algunos casos, por ejemplo: ¿Qué va a pasar con el sector automovilístico? ¿Se hundirá o será y saldrá reforzado si entre la población la opción preferente es el transporte privado ante un temor al contagio posible cuando utilice el transporte público? Sin duda, al margen de la opción elegida, esto representará un giro importante en medio de lo que se prefiguraba como una inaplazable transición del modelo energético.

En tercer lugar: ¿Cómo afectará la situación en las formas de trabajo y de gestión empresarial? ¿Seguirá todo igual? ¿Es posible? ¿Es deseable? La aplicación de la guía para el trabajo elaborada por el Gobierno es un tema realmente complejo. Es una necesidad y, al mismo tiempo, ofrece muchas dudas por despejar dadas las dificultades que para algunos aspectos representa su aplicación en todos los centros de trabajo. Los sindicatos han advertido que la mayoría de empresas no pueden cumplir la guía de vuelta al trabajo. Días atrás avisaron públicamente que no se daban las circunstancias para cumplir las recomendaciones de seguridad anunciadas por el Gobierno con el fin de reactivar los sectores no esenciales. CCOO y UGT recordaron que la seguridad de los trabajadores no dependía solo de las condiciones del puesto de trabajo, sino también del desplazamiento al mismo en transporte público. Todas estas son cuestiones difíciles de definir en las negociaciones entre empresas y sindicatos, pero son cuestiones que estos últimos están comprometidos en atender de manera intensa e inmediata, exigiendo a las empresas que cumplan con su enorme responsabilidad en este terreno. Por poner un ejemplo, el pasado 14 de abril, las secciones sindicales de CCOO y UGT comunicaron a la plantilla de SEAT que habían presentado una denuncia ante Inspección de Trabajo para que la dirección empresarial negocie y acuerde con la representación legal de los trabajadores un Plan de Contingencias que garantice la salud de la plantilla. Se abre con esto un campo de disputa no menor, de enorme calado. La batalla tradicional entre parte y contraparte en el mundo del trabajo ha sido negociar salario por productividad, cuestión que ha reportado conquistas materiales a la clase trabajador pero que también ha conducido por caminos llenos de aristas al movimiento sindical. Hoy podría decirse que ese binomio clásico adquiere formas más descarnadas que antes desde el momento que pareciera traducirse en el indeseable intercambio de salud por economía. Salud por economía nos retorna de manera inequívoca a la casilla de salida. El papel de los empresarios y de las formas de gestión empresarial va ser fundamentales de cara a los cambios en las formas de trabajo que se avecinan.

Frente a las tentaciones de algunos de asentar un intercambio como es el de salud por economía los sindicatos continúan aquí. Están demostrando no solo que continúan aquí, sino que nunca han dejado de estarlo, aunque no aparezcan en el amplio crisol de héroes y heroicidades que glosan cada día los medios de comunicación. La actividad sindical no ha parado, no ha entrado en hibernación, está entre los servicios básicos y esenciales. Los sindicatos han estado atendiendo por vía telefónica, telemática y de manera presencial en los centros de trabajo a los personas afectadas por los ERTES, a las personas despedidas, a los trabajadores sanitarios y del conjunto de sectores que han mantenido la economía al ralentí. Han impulsado y formado parte de las iniciativas para proteger ante la pandemia a los grupos más desfavorecidos y vulnerables de la sociedad, han actuado por la vía judicial en la denuncia del abuso de los despidos y en la negociación de los ERTES de miles de empresas. Han buscado formas de contactar e informar con aquellos trabajadores que no cuentan con representación sindical en sus centros de trabajo. El sindicalismo de clase confederal ha estado presente e intervenido en las reuniones y sesiones de trabajo con las autoridades ministeriales más directamente implicadas en la gestión de la crisis, en particular en las reuniones y negociaciones con el Ministerio de Trabajo y también con el Ministerio de Seguridad Social. Los sindicatos han estado ahí desde un buen principio y desde siempre. ¿Dónde están ahora los que tiempo atrás preguntaban con sonrisa de conejo dónde están los sindicatos?

Por último, en cuanto a la necesidad de Pacto o Pactos sé que es una forma de volver a un tema del que en su momento ya hablamos. Pero me parece que valdría la pena retomarlo en la medida que esta cuestión está estrechamente vinculada a los temas anteriores que os he ido comentado. El Gobierno de Pedro Sánchez propone y necesita un nuevo pacto, un New Deal. Recordemos la secuencia histórica: New Deal y después, y por otra razones, Plan Marshall. Sin pacto o pactos dudosamente habrá plan. El presidente Sánchez cuenta con muchas incertidumbres y poco más que una certeza: la presencia, desde el terreno de su propia independencia, de los sindicatos en la mesa, necesarios para el pacto previo. Como son necesarios los empresarios de este país, cuando menos aquellos que saben que lo que se está ventilando en estos momentos no se reduce a la cuenta de resultados y que saben que son necesarios dar más pasos en la dirección del pacto. Pero ¿qué pacto o pactos? se puede preguntar el lector. Días atrás el economista Antón Costas daba señales y pistas de dónde aterrizar con el motor averiado en este momento; nos dijo que es el momento de ampliar el contrato social. La pandemia crea un momento favorable para esta ampliación. La salida a la crisis es social.

Bien, de acuerdo, dirás, querido lector, pero ¿cómo abordar este asunto? No sé si estarás de acuerdo  en que los momentos de profundos cambios en la Historia nunca han sido fruto de la planificación.  A lo sumo han venido de la mano de un itinerario, de una actitud y de la construcción de un método que ha sido casi siempre fruto de la improvisación entendida como un paso y después otro. Un itinerario lleno de contingencias a las que hacer frente con la consciencia de que “a lo único que debemos temer es al temor mismo”, como, en medio de la Gran Depresión de los años treinta, alertó Franklin Delano Roosevelt en marzo de 1933 en su discurso de toma de posesión presidencial. Una actitud que vaya proporcionando una mirada y un método con el que frente a las viejas recetas se opte, con prudencia pero con audacia, por lo no probado nunca antes, a veces por aquello descartado apriorísticamente, por no tener miedo de lo nuevo. Es la actitud de sentirse libre frente a cargas y corsés de las ideologías a secas, de las ideologías secas, empeñadas en su propia supervivencia a cualquier coste, incluso al más alto. Los misterios del abecedario de hoy de la U, de la V y de la W no tienen por qué ser inescrutables.

Javier Tébar es historiador. Ha escrito entre otros libros Gobernadores : Barcelona en la España franquista (1939-1977), Resistencia ordinaria : la militancia y el antifranquismo catalán ante el Tribunal de Orden Público (1963-1977).

Este artículo se publica también en el blog amigo Metiendo bulla.