Un nuevo tiempo

Foto flickr Travis Wise

Por Javier ARISTU

Hay debates que tal y como están planteados por algunos mejor no continuarlos. Y no lo digo por el que Gabriel Flores, y otros comentaristas, mantienen respecto al «qué hay que hacer ahora». Me refiero a que otros siguen obsesionados en aquel espantapájaros del «régimen del 78», de la Transición malhadada y de los perniciosos «pactos de La Moncloa» con tal de no hablar de lo que tenemos entre manos en estos días y que es lo que debe consumir la mayor parte de las energías: ¿Cómo nos enfrentamos a la peor crisis económica y social desde 1945 y que otros comparan como peor que la del 29? Este es el problema de hoy y a eso se deben dedicar las neuronas del tiempo presente. Hablar de 1978, año de la Constitución, se llevó por delante mucho tiempo y energía entre 2014 y 2019, pero algunos continúan instalados en esa permanente y freudiana reivindicación/muerte del padre. Por tanto, solo voy a decir dos cosas sobre aquellos acuerdos monclovitas de 1977: sin ellos no sabemos cómo se habrían desarrollado los acontecimientos posteriores –la historia contrafactual no nos aportaría mucho en este caso– pero es evidente que la no firma de aquellos pactos no tenía por qué haberse traducido en algo mejor; y no especialmente en algo mejor para la izquierda. La otra cosa que quiero sentar ya desde ahora es que el HOY tiene poco que ver con aquel AYER por lo que establecer una analogía entre ambos procesos no nos puede llevar a una buena y productiva solución.

Sin embargo, lo que se vendría a denominar «espíritu de La Moncloa» es extensible al periodo inmediatamente anterior de la historia de la Transición, que iría desde los acuerdos de la platajunta con Suárez hasta el inmediatamente posterior a octubre de 1977, que es el periodo de consenso institucional que lleva a la Constitución (1978), nada más y nada menos. Ese espíritu o actitud política general que atraviesa a la mayoría de los partidos durante ese breve periodo de tiempo (1977-19979) se convierte ya a partir de 1982 en un sistema político bipartidista, hegemonizado por el PSOE primero y luego por el PP, sistema que ha venido siendo el predominante hasta la crisis de 2008-2011 y años posteriores.

Hoy estamos ante una situación completamente nueva, diferente y desconocida en nuestra historia mundial. Todo apunta a que esta crisis de COVID-19 afecta a la entera organización económica, social y política del mundo, tal y como la veníamos observando hasta ahora y desde hace al menos una decena de años. Esta crisis abre un escenario mundial y global completamente nuevo porque puede que destruya muchas de las estructuras sobre las que soportamos nuestras vidas, tanto individual como socialmente. De momento, la crisis está siendo más o menos gestionada, es decir, contenida, porque existen sistemas sanitarios y de servicios públicos que están precisamente conteniendo la pandemia y, esperemos, que puedan en un futuro derrotarla. Pero nadie nos dice que no pueda dar como resultado una «hecatombe de masas», una mortandad de millones de personas. Tampoco sabemos hasta donde alcanzará el nivel de destrucción de empleos, de sistemas productivos y de riqueza que conlleva. Thomas Piketty se planteaba hace dos días si la crisis epidémica precipitará el fin de la globalización mercantil y la emergencia de un nuevo modelo de desarrollo, más igualitario y sostenible (Le Monde, 10 de abril). Paul Krugman ha definido la crisis norteamericana (y consecuentemente, la nuestra) como «distinta a todo lo que hemos visto antes» y calcula que la recesión será entre tres y cinco veces mayor que la de 2008 (El País, 11 de abril). Anton Costas ha sido contundente al definirlo como «un drama de proporciones bíblicas» (El País, 12 de abril). Y el que fuera ministro de Economía en el gobierno de Rajoy, Luis de Guindos, y hoy vicepresidente del Banco Central Europeo afirma que, en el caso de España, «La situación de la economía es la más grave desde la Guerra Civil» (La Vanguardia, 12 de abril).

Estamos, por tanto, ante algo nuevo, inmenso y desconocido.

Tras el reconocimiento de la gran distancia entre las situaciones de 1977 y de 2010, las preguntas pertinentes en el día de hoy son ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo? y ¿quiénes lo hacen?

Qué hacer. Para delimitar esos objetivos lo primero sería saber qué es lo que está pasando de un mes para acá. La definición, por tanto, de lo que nos está ocurriendo es fundamental a la hora de diseñar una respuesta o una salida a la crisis. No es una crisis financiera, como en 2008, pero podría acarrear una crisis financiera, sin duda, si no se ponen en marcha las medidas previstas por las instituciones centrales de todo el mundo. Son ya muchos analistas, de izquierda, de centro y de derecha, que definen lo que está pasando como «una crisis global como nunca se ha conocido». Una crisis que algunos comparan con la de los países europeos tras el final de la guerra de 1945 y otros la establecen con la crisis mundial de 1929. Son mundos, economías y sociedades diferentes: el de los EE.UU. y Europa de finales de los años 20, y el de Europa de 1945 se parecen bien poco al de hoy, atravesado por factores que entonces no se daban: el primero, el factor global de esta crisis pandémica; el segundo, el factor ecológico, el de la directa dependencia de esta crisis con la crisis del calentamiento global; el tercero, las características de las sociedades mundiales que hoy existen poco se parecen a las de Europa del siglo XX; y, también, la actual geopolítica mundial, dominada por un juego de multipolaridades entre China, EE.UU., Rusia y Europa es diferente a aquella bipolaridad entre EE.UU. y la Unión Soviética en 1945.

El qué hacer, por tanto, debe responder a esas realidades a partir de los estragos que está causando el virus. Lo primero de todos sería atender a los enfermos, cuidarlos, salvarlos, ayudarlos a recuperarse. Y para eso, el sistema sanitario hospitalario necesita recursos urgentes que cualquier gobierno debe poner a su disposición cueste lo que cueste. Otra tarea es atender y cuidar a aquellos –millones de personas– que en pocos días han visto desaparecer sus recursos vitales, su salario, su negocio, su fuente de ingreso vital. Hará falta revisar y poner al día todo lo relacionado con las rentas mínimas, básicas o universales en estos tiempos de crisis porque hay una buena cantidad de personas en Europa que vivían de unos ingresos semanales o mensuales que ya no tienen y que no saben si tendrán en el inmediato futuro. Sería bueno plantearse en relación con este tema lo que propone Anton Costas, es decir, pasar de una lógica de la solidaridad con el pobre a una lógica de los derechos sociales  de estas personas. Otro conjunto de intervenciones tiene que ver con las políticas que se van a aplicar en relación con la estructura productiva del país, los modelos empresariales, las conexiones productivas que han venido funcionando hasta ayer y que no sabemos si podrán sobrevivir tras este choque brutal. Ya podemos intuir que muchos negocios puede que no superen una crisis de varias semanas en las que han estado cerrados; es previsible calcular que un buen número de empresas, de negocios, de experiencias mercantiles dejarán de existir y otras surgirán a partir de los sacrificios de esta crisis. Como siempre ha pasado. Y se me olvidan otra buena cantidad de efectos sobre la economía y la sociedad que deja esta crisis vírica. Por todo ello, hablar de una política de reconstrucción nacional no es gratuito. Estamos ante esa ingente tarea: reconstruir un país que ha sido devastado por una epidemia. Lo cual nos lleva a interrogarnos cómo se puede hacer esa reconstrucción (que será económica, social, pero también moral) si no asumimos que es tarea de todos, que cada uno debe aportar su capacidad y su esfuerzo. Es tarea de un gobierno pero es tarea de una oposición; tarea del trabajador pero también del empresario; del que tiene el recurso y del que tiene menos. Extraña, en estas circunstancias y antes este panorama, la rutina que rodea a una parte de la política española, la práctica monótona, como si nada hubiera pasado, con que exponentes y responsables de la política siguen actuando. En este sentido, sí es importante asumir aquel espíritu de la Moncloa que no es nada más ni nada menos que comprender el momento de excepcionalidad histórica en el que nos encontramos como sociedad.

¿Cómo hacerlo? Nunca repitiendo la foto del pasado, siempre asumiendo la originalidad del momento. En 1977 fue un acuerdo político entre partidos al que se sumaron posteriormente las organizaciones patronales y sindicales. Ahora, en 2020, seguramente no hay mimbres –desgraciadamente– para un gran acuerdo político que reúna al 90 por ciento del arco parlamentario pero sí debe hacerse posible un conjunto de acuerdos políticos, presupuestarios, parlamentarios que vayan resolviendo el conjunto de programas de reconstrucción que habrá que hacer. Seguramente, por desgracia, no seremos capaces de ver una fotografía con los responsables políticos firmando un documento de acuerdo, pero sí podríamos asistir a diversos acuerdos dilatados en el tiempo que ayuden a salir del agujero a millones de personas. Habrá que hacer un presupuesto de reconstrucción que obviamente debería tener el apoyo mayoritario si queremos que se aplique con eficacia. Y apoyo mayoritario quiere decir contar con más de un 60 por ciento de la cámara. Hoy parece una ¿Utopía? ¿Ilusión?

Fijémonos en el caso de Europa. A trancas y barrancas, de forma impulsiva y a veces contradictoria, con sesiones que se prolongan durante toda la noche, los responsables políticos llegan a acuerdos que nunca son del agrado al cien por cien de nadie pero que son acuerdos de todos y que sirven para construir una respuesta de Europa ante la crisis. Deficiente, limitada, espasmódica, condicionada respuesta, pero sin la cual estaríamos mucho peor. Hay que desterrar de nuestro imaginario las modélicas y utópicas fotos de lideres abrazándose o firmando sonrientes un acuerdo maravilloso que nos sacará a todos de la crisis. Los sindicalistas nos enseñan muy bien qué es y cómo se alcanza un acuerdo, donde nunca obtienes todo lo que has pedido pero que al final es lo suficiente para que firmes y puedas continuar tu batalla reivindicativa. Las fuerzas políticas españolas podrían aprender algo de esa escuela social que es el sindicalismo: se trata de llegar a un acuerdo entre diferentes y adversarios por un bien superior y positivo para todos, en este caso el de la mayoría de la sociedad española.

¿Quiene lo hacen? El presidente Sánchez ha convocado a las fuerzas políticas y sociales para alcanzar ese acuerdo. Me parece que ese es el camino porque si no estamos abocados a una crisis política mayor que se traducirá en más desánimo y más depresión social. Apostar por el fracaso del gobierno de Sánchez porque de esa manera –como ocurrió en 2011 con Rajoy y Zapatero– llegará el PP al gobierno es jugar con fuego. Hoy, con las actuales correlaciones políticas, no hay gobierno en España capaz de acometer la tarea de reconstruir el desastre. No se trata de proponer imposibles e inoportunos gobiernos de concentración; se trata seguramente de construir un entramado de compromisos políticos entre gobierno y oposición capaz de, cada uno en su papel, salvar un terreno de emergencia al margen de la pelea diaria. ¿Sería posible, por ejemplo, alcanzar un acuerdo para que los cientos de miles de millones que van a venir de Europa se gestionen a partir de un plan acordado entre gobierno y oposición, además de entre gobierno, patronal y sindicatos? ¿Cómo incorporar a las comunidades autónomas, engranaje fundamental de nuestra constitución territorial, a ese programa de reconstrucción de forma que el dinero se aplique de la mejor y más rápida forma? ¿No es acaso necesario un programa fiscal, impositivo, que tendrá que reconocer la necesidad de apretarse el cinturón de gastos en algunos casos para que el estado pueda disponer de recursos para los sectores y personas necesitados? ¿No es evidente que todos –estado central, autonomías, agentes sociales– tendrán que revisar sus programas a fin de reforzar los sistemas públicos de bienestar y que eso significará revisar los modelos de privatización o externalización de los mismos? ¿No es acaso evidente que esta crisis afectará al modelo de organización del trabajo y a las condiciones del mismo? Hablo del teletrabajo, de la precarización como instrumento general de relaciones, de la concepción del mismo como simple mercancía: todo este modelo de los últimos veinte años ha entrado, también, en crisis.

En conclusión, estamos en momentos de emergencia en los cuales posiblemente ya no sirven recetas del lejano pasado pero tampoco las rutinas del inmediato ayer. En un tiempo de reconstrucción nacional se necesitan excepciones y altura de miras que no terminamos de ver en algunos líderes políticos. Ojalá comprendan a la mayor brevedad el nuevo tiempo en el que hemos entrado.