Ante esta catástrofe

Foto de 🇨🇭 Claudio Schwarz | @purzlbaum en Unsplash

Por Javier ARISTU

Ayer estuve leyendo con mucho interés el artículo que el amigo Gabriel Flores ha publicado en Tribuna Abierta sobre la crisis que está provocando esta pandemia. Gabriel respondía, en cierto modo, a la “sugerencia” que Joaquín Estefanía y Enric Juliana, dos expertos analistas de la situación, habían introducido desde sus respectivas tribunas de El País y La Vanguardia, a propósito de los Pactos de La  Moncloa.

Posteriormente descubrí tres sabatinas aportaciones que hacían unos desconocidos, al menos para mí, comentadores de este confinamiento que se localizan a sí mismos en el «desierto de los tártaros» y que vienen a proponer, cada uno en su estilo y con sus propios análisis, grandes acuerdos sociales y políticos para salir de esta crisis.

Y hoy, domingo teórico de Ramos, descubro que cierta prensa que leo toca ya el tambor de este asunto bajo la rúbrica o no de «unos pactos de La Moncloa». A favor o en contra. Léanse a Lola García («Un pacto por la reconstrucción»), Fernando Vallespín («El futuro ya está aquí»), Javier Pérez Royo («¿Pactos de la Moncloa o torpedo contra el Gobierno de coalición?»). Seguro que habrá más materiales.

Como ayer tarde me metí en el muro de Gabriel Flores para glosar algunos de sus comentarios en Facebook y le prometí que le contestaría mediante esta página, pues ahí voy y preciso mi posición de forma muy esquemática y sabiendo que esto no acaba sino de comenzar y que estos días y semanas –como bien vaticina Gabriel– será tema de discusión en el foro público y político.

  1. Gabriel Flores compone un análisis muy ajustado de la situación generada por el virus aunque, así lo entiendo yo, se queda bastante corto sobre el alcance que esta crisis va a tener. Pasa como de puntillas –él, que es un fino economista con impronta social– sobre el carácter, la dimensión y las consecuencias de esta crisis pandémica. Yo no soy ni economista ni historiador, pero creo que no hemos asistido jamás –insisto, jamás– a una crisis como la que estamos viviendo. Dos datos que son de países distintos pero que reflejan el mismo fenómeno desconocido por su inmediatez y magnitud: en Estados Unidos en solo DOS semanas (15 días) han presentado solicitud de desempleo 10 millones de trabajadores; literalmente, han desaparecido 10 millones de puestos de la fuerza de trabajo norteamericana. Otro fino analista como Krugman se plantea «si estamos preparados (los norteamericanos) para esta catástrofe» (El País, 4 de abril). En España las cosas no andan mejor: en quince días de crisis casi un millón más de desempleados entran en las listas del paro. El secretario general de CC.OO. dice que los datos muestran «Un mal dato que no tiene precedentes». No quiero seguir por Italia, Francia, Reino Unido, Alemania…o La India, Corea del Sur, China. Lo dice Gabriel Flores: la recesión acaba de comenzar. La evolución del proceso, sus variables y posibles derivaciones las podemos examinar en el artículo de Bruno Estrada Reconstrucción Económica tras la crisis de la covid-19.
  2.  Ocurre que yo creo que esto va más allá de una recesión económica, ni clásica ni histórica. Es algo que la memoria humana no tiene en sus registros. Jamás se ha producido el caso de que un tercio de la humanidad permanezca confinada en sus domicilios sin ninguna actividad laboral, económica, productiva, durante más de uno y dos meses. Más de 2.600 millones de personas enclaustradas en sus apartamentos o habitaciones –¡en qué condiciones la mayoría de ellos!– sin saber qué nos depara el futuro como sociedad humana. Sabemos que saldremos de ésta, que superaremos la crisis sanitaria –aunque desconocemos con cuántos muertos y con qué costos de salud– pero a todos nos embarga una cierta sensación de extrañeza, temor e incertidumbre. Como escribe Manuel Castells: «No es el fin del mundo. Pero es el fin de un mundo. Del mundo en el que habíamos vivido hasta ahora». Ahora toca curar al enfermo, sanar, recuperar al que está en la UCI; mañana tocará repensar muchas de nuestras maneras de vivir, consumir, viajar, hacer turismo, hacer dinero…
  3. Al calor de este encierro involuntario he desempolvado lecturas que tenía aparcadas en algún rincón ignorado para cubrir los larguísimos tiempos del confinamiento. Y me he tropezado con una biografía de Espartero (Espartero el pacificador, de Adrian Shubert, ed. Galaxia Gutemberg) y la enjundiosa Historia de los Estados Unidos (1776-1945) de Aurora Bosch (ed. Crítica). En ambas aparecen dos acontecimientos que han jugado un papel decisivo en la historia de ambos países y sociedades: la guerra. En el caso de los Estados Unidos fue la Guerra de Secesión (1861-1865), seguramente un factor de primer rango y que dio carácter y fundamento a la historia moderna de ese país antes de 1941. Pero con un costo en vidas humanas terrible: más de 600.000 muertos, un millón de bajas. En el caso de España en 1839 también las cifras son espectaculares: la Primera guerra carlista, nuestra primera guerra civil moderna, la que consagra el nombre de Espartero con su apelativo de pacificador y que se prolongaría casi siete años, provocó más de 200.000 muertos, proporcionalmente más que los de la guerra civil de 1936-1939, en relación con la población de ambos periodos, y «sería un baño de sangre mucho mayor que su famosa sucesora», según Shubert. Ambas guerras fueron dos traumas históricos en aquellas sociedades del siglo XIX, de las que salieron cada una de forma diferente y con posibilidades de progreso variables. Para una, la norteamericana, según la historiadora Bosch el final de la guerra con el triunfo de la Unión «permitió que la ideología del free labor se extendiera por todo el país, con el apoyo legislativo del gobierno federal y las enormes posibilidades de un amplio territorio y un mercado en expansión por conquistar». En España, el abrazo de Vergara no resolvió el conflicto de fondo ni de forma definitiva pero estabilizó al liberalismo español frente a la reacción. No hablemos de los dos inmensos conflictos del siglo XX que conmovieron a Europa, las guerras del 14 y de 1939-1945, ni del impacto de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 sobre la población de Japón y sus efectos mundiales el imaginario simbólico de las personas. Hoy, la memoria humana histórica de todo aquello se ha desvanecido. Incluso nuestra guerra civil de 1936-1939, tan traumática en nuestra convivencia, está siendo ya un punto diluido en una memoria colectiva que ha vivido demasiado, quizás, en el presente continuo. Han sido tragedias históricas que han marcado a varias generaciones posteriores. Lo que tenemos ahora delante de nosotros mismos es un trauma global sin precedentes, desconocido, algo que nuestra memoria como sociedad no tenía incorporado en sus registros. Y todavía no han llegado hasta nosotros todas las derivaciones de esta crisis sanitaria y económica. Cuando lleguen, habrá que estar preparados. El problema, entonces, no será cuándo y cómo terminar con el confinamiento de 40 millones de españoles dependiendo de la curva de infectados y muertos. El problema va a ser cómo reconstruir un complejo productivo que ha quedado paralizado y en algunos casos se ha volatilizado, cómo incorporarnos a una «vida normal» que ya no será normal puesto que el riesgo de que la pandemia regrese será cierto durante varios meses o años, dado que solo una parte menor de la población se habrá inmunizado y no hay de momento ni medicamento ni vacuna, y, finalmente, cómo articular las medidas públicas y generales de apoyo a una sociedad y a una economía en estado de colapso.
  4. ¿Cómo podemos estar preparados ante este futuro? ¿Cuáles son nuestras armas para defendernos de esta catástrofe? Ya he dicho que lo que nos está pasando tiene poco que ver con los ejemplos del pasado (guerras, catástrofes naturales). Pero es bueno interrogarse sobre esas analogías: ¿Cómo se actuó tras una guerra destructiva? ¿Cuáles fueron las respuestas que dio la sociedad política tras –por ejemplo– la Guerra de secesión americana, la crisis de 1929, el final de la guerra de 1917, la II Guerra mundial, etc? Saber cómo fueron las reacciones de entonces nos ayudaría a saber cómo actuar hoy.
  5. Los españoles de 2020 no conocen cómo estábamos los españoles de 1977: aquello fue una situación crítica y de mejor o peor manera se respondió con medidas excepcionales. Ha vuelto a circular por youtube el video de Fuentes Quintana reclamando apoyo y colaboración a los españoles de 1977 a fin de salir de aquella crisis y proponiendo acciones que luego se concretarían en los dichosos Pactos de La Moncloa. Hoy la situación es más grave que en aquel instante. Es catastrófica, bastante peor que el problema de la inflación de la economía española en 1976. Entonces se respondió con unos acuerdos políticos, económicos y sociales sin gobierno de concentración (el tártaro Ignacio de Mágina lo describe muy bien en su artículo). Acuerdos, por cierto, a los que fueron muy reacios tanto la CEOE comandada por Ferrer Salat como Alianza Popular, el partido de Fraga Iribarne. ¿Cómo podemos responder hoy de la mejor forma a fin de aminorar los efectos de esta previsible recesión y de este estado de alarma social que nos va a rodear en el próximo futuro?
  6. Y aquí es donde viene mi –quizás única o importante– discrepancia o matiz con la reflexión de Gabriel Flores. Estamos en un tiempo y un lugar que tiene poco o nada que ver con el de enero de este mismo año 2020. El coronavirus ha desencajado las piezas fundamentales de aquel programa de acción. Seguir, por tanto, pensando que esta mayoría/minoría  de gobierno –158 escaños puros entre PSOE y UP más Mas País, o 166 con sus posibles apoyos de PNV y Teruel Existe– puede sacar adelante un programa y un presupuesto de emergencia ante el seísmo es quimérico. Y aunque lo fuera, ¿es conveniente apostar a una mayoría de emergencia con 176 diputados? ERC estará o no con este gobierno, dependiendo del día (el mismo Rufián decía ayer que «de momento nos decantamos por la abstención en las prórrogas del estado de alarma y apoyar las medidas económicas y sociales»), es decir, no garantiza nada y se compromete a no se sabe qué. En definitiva: la base parlamentaria de este gobierno es débil en este momento de crisis…y yo me pregunto si sería posible soportar el resto de este año en esas condiciones, tratando de negociar día sí y día no con un conglomerado de partidos que dependen de electorados variables y territoriales.
  7. El problema por tanto no es si se llaman Pactos de La Moncloa o si se denomina Gobierno de concentración. Olvidémonos de los términos nominales y vayamos al grano, al contenido: de ésta no se sale sin tres acuerdos básicos. Primero, un acuerdo a nivel europeo a favor de un programa de reconstrucción de lo perdido que se conciba como supranacional, sobre la base de una solidaridad de los países europeos construyendo un proyecto cohesivo en el que, como dice Sergio Fabbrini, se consiga «responder con recursos comunes a problemas comunes. Esta es la perspectiva supranacional para salir de la crisis». Segundo, un acuerdo tripartito entre gobierno, patronales y sindicatos donde se programen y vigilen las medidas de reconstrucción de la economía. Y, tercero, la madre del cordero en esta falsa y delirante polémica anacrónica sobre la Moncloa, se hace imprescindible un acuerdo político que será doble. Por una parte, entre los partidos parlamentarios entre sí a fin de diseñar un plan de reconstrucción de la convivencia social e institucional tras este marasmo y, por la otra parte, un pacto entre el Gobierno y las autonomías capaz de coordinar las respuestas y organizar la implementación de las medidas y recursos públicos.

Son momentos de pactos, sí, de grandes e históricos acuerdos generales entre todos los españoles y entre los partidos que los representan. Enero de 2020 fotografió un mapa parlamentario legítimamente contrastado, donde se visualizó perfectamente las dos partes de una democracia, el gobierno y la oposición. En Abril de 2020 hace falta fotografiar lo que hoy es necesario: el acuerdo, el pacto entre diferentes pero que subordinan esas diferencias a un objetivo principal.

No se trata, por tanto, de reincidir en debates academicistas, teóricos o anacrónicos sobre aquellos pactos de La Moncloa. Las fuerzas políticas tienen hoy y ante ellas el dilema de responder de la manera más urgente y eficaz a una catástrofe inmensa y que va a ser prolongada en el tiempo. Por ello, deberían abandonar en estos momentos cualquier tentación de volcar sobre el contrario responsabilidades reales o inventadas como si estuvieran a pocas semanas de unas elecciones. Hoy, lo que los españoles tenemos por delante no son unas papeletas con las siglas de los partidos; lo que tenemos por delante es mucho sufrimiento y mucho dolor social. Y los partidos políticos, gobierno y oposición, deberían ser los primeros en encabezar una respuesta solidaria y nacional.