Confinamiento/ 15. Galaxia internet

Foto de Markus Spiske en Unsplash

Por Javier ARISTU

De golpe y porrazo, la crisis del coronavirus ha explosionado en una realización casi absoluta y completa de la galaxia internet. Nuestras relaciones sociales han dejado de ser reales para convertirse en virtuales: conversamos con nuestros allegados y amigos vía aplicaciones comunicativas en Internet; resolvemos dudas de nuestros pequeños vía clases online. Las gestiones burocráticas las debemos hacer ya por ese mecanismo digital, obligadamente. La médica de familia nos resuelve la consulta mediante el teléfono, nos llama y nos dice qué hacer con la tensión arterial alta. Pedimos los mandados del súper por línea y nos llega después en una furgoneta. Las películas, el ocio del que disfrutamos, lo es a través de la fibra óptica. Los libros que leemos lo son digitales, leídos en tableta. De repente nos hemos hecho ciudadanos de la red

Dos reflexiones a vuela pluma se me ocurren tras pasar estos días de confinamiento atado a la red: no todos son ciudadanos de la red y ¿no tendremos que ir pensando en cómo se concreta esa ciudadanía virtual que ya está aquí?

Manuel Castells, experto mundial en sociología de las redes y globalización,  escribió hace unos años: «La centralidad de Internet en muchas áreas de la actividad social, económica y política se convierte en marginalidad para aquellos que no tienen o que tienen un acceso limitado a la red, así como para los que no son capaces de sacarle partido» (La galaxia internet, 2001). Posteriormente, la también socióloga Belén Barreiro publicó un estudio donde hablaba de esa brecha digital (La sociedad que seremos, 2017) Efectivamente, estamos comprobando ya en medio de esta desconocida y terrible crisis provocada por el coronavirus que de esta algunos pueden salir más perjudicadas de como entraron. La tecnología digital, el uso de redes, la aplicación de lo digital en la vida diaria está reconfigurando y recomponiendo lo que se puede llamar adaptados y marginados de la actual sociedad, con las consecuencias correspondientes en la economía y capacidad técnica y laboral de cada uno de los ciudadanos.

Hoy, hay que decirlo claro, Internet está salvando la salud psíquica de muchos confinados. Escuchaba el otro día al presidente de Telefónica hablar con Iñaki Gabilondo y le decía que era impresionante cómo había subido el tráfico en la red, cómo estaba ascendiendo de forma vertiginosa el uso de la fibra y cómo la infraestructuras de red estaba respondiendo de forma adecuada. Sin duda, este momento coronavirus está dando un plus extraordinario a la civilización digital. A partir de esta crisis muchas más cosas se van a resolver, hacer y gestionar a través del botón digital.

Sin embargo, esta crisis y su consecuencia tecnológica van a dejar atrás a millones de personas que van a ver afectadas sus vidas laboral, social y común. Quien no sepa nada de Zoom tendrá que comenzar a aprenderlo; quien no conozca Skynet deberá hacer un cursillo rápido con su niño de 10 años d eprofesor; quien no sepa lo que es una firma digital tendrá que solicitarla ya. Muchas de las acciones que hasta ahora las hacíamos vía contacto físico personal se harán a partir de ahora vía contacto virtual. Este impacto global del virus significará un cambio de cultura social.

Y, como ha pasado casi siempre, muchos se quedarán atrás, no serán capaces de adaptarse seguramente y verán perjudicadas sus oportunidades. Serán los marginados de esta revolución global que estamos viviendo. Ante esa perspectiva, ¿qué se puede hacer? ¿cuáles son los retos públicos ante esa cuestión? Una respuesta puede venir por la idea con la que Manuel Castells cierra su libro: «Hasta que consigamos reconstruir, tanto de abajo a arriba como de arriba abajo, nuestras instituciones de gobierno y nuestra democracia, no seremos capaces de afrontar los retos fundamentales que se nos plantean. Y si las instituciones políticas democráticas no pueden hacerlo, nadie más lo hará ni podrá hacerlo. Por tanto, o llevamos a cabo un cambio político en el sentido amplio del término (aun sin saber muy bien cuál es el contenido concreto de esta fórmula) o usted y yo tendremos que reconfigurar las redes de nuestro mundo en torno a nuestros proyectos personales». Un buen asunto para un gobierno que priorice el uso público de nuestros recursos.