Confinamiento/14. La hora europea

Por Javier ARISTU

Europa, la gran cuestión de permanente porfía y que en estos momentos, una vez más, aumenta los decibelios de su debate. ¿Qué es Europa, qué significa Europa en este momento de dramática coyuntura? ¿Cuál será el futuro de la Unión que nos estamos jugando los europeos en estos días?

Europa, la Unión, no va a desaparecer pero no va a salir igual de este túnel. Los efectos de esta pandemia sobre el ensamblaje institucional y el modelo de relaciones sociales y comunitarias van a ser inmensos. Van a cambiar muchas cosas dentro de la UE. Es difícil pensar que el brutal impacto económico que vamos a sufrir –sobre todo algunos países ya castigados por la deuda y los frenos presupuestarios– no vaya a traducirse en modificaciones de las actitudes políticas, las alianzas externas, las hegemonías políticas o las propuestas de acción. El problema es saber en este momento hacia donde se va a inclinar la balanza. O de esta crisis sale ganadora una opción de reforzamiento de los vínculos generales y solidarios entre las sociedades y estados que componen la UE o, inevitablemente, asistiremos al auge de alianzas menores dentro de la propia UE y con países de otras zonas económicas de interés. Este último es el caso de esa Nueva Liga Hanseática que agrupa a países del norte como, entre otros, Países Bajos, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Estonia, Letonia, Lituania, y que pretenden establecer una relación privilegiada o especial entre ellos y con el Reino Unido tras la salida de éste de la Unión Europea. El fundamento de este grupo es reforzar las opciones económicas más ortodoxas, conservadoras y restrictivas en el presupuesto nacional. Una economía liberal en grado destacado. Lo cual choca, efectivamente, con una concepción europeísta basada en un concepto social de la integración y la unión de los europeos, donde la palabra solidaridad y políticas fiscales comunes adquieren más importancia.

Pero no es una cuestión de Norte contra Sur. Esto sería desenfocar un debate político y transversal de primer orden –el contraste entre dos universos conceptuales como son el del neoliberalismo y el de la democracia social– y convertirlo en un conflicto geográfico-cultural. Norte hay en cada país y Sur en todos ellos. ¿No se puede entender de esta forma el conflicto francés de los chalecos amarillos como una tensión entre beneficiarios y perjudicados de esta crisis? ¿o no es el caso independentista catalán en alguna medida una respuesta a la crisis desde opciones de beneficiarios frente a perjudicados? La gran trampa, creo yo, es aceptar ese planteamiento de Norte contra Sur, países septentrionales contra países meridionales, como si esa plantilla nos facilitara la descripción del actual problema de por dónde debe ir una unión de Estados y sociedades como es la europea.

Entiendo que es fácil que desde España se vea al holandés como el rico que no ayuda al pobre en este caso. Así nos lo deja ver la actitud del premier holandés el pasado fin de semana. Pero dicho esto no es la mejor manera de afrontar el debate situarlo como un conflicto de culturas del norte contra culturas del sur, aunque algo de eso haya pero no de forma dominante. Aquí, en España y en Cataluña, hemos asistido a políticas idénticas que las del norte en relación con la concepción del presupuesto nacional a la hora de fijar las prioridades sociales, económicas o financieras: véase la historia de los gobiernos de Rajoy o de Artur Mas en los comienzos de esta década pasada. O introducimos instrumentos de análisis más finos y certeros en relación con este problema de la nueva articulación o erraremos a la hora de emprender un camino renovador en el proyecto europeo.

Una recomendación: leed esta entrevista a Lidia Brun, investigadora en la Universidad Libre de Bruselas; es muy interesante y aporta elementos para ese debate necesario.