Confinamiento/13. Salud y territorio

Madrid, el 4 de marzo. Foto Jan M. Henrich

Por Javier ARISTU

El Estado de las autonomías es la innovadora forma que se encontró en 1978 en nuestro país para resolver la histórica cuestión territorial, asunto que tuvo entretenidas a varias generaciones anteriores a las actualmente con vida. Los intentos federalistas del siglo XIX fueron derrotados y se impuso un modelo centralista que es el que perduró durante buena parte del XX, con la salvedad del corto trayecto republicano de 1931. Con la Constitución de 1978 se construye un nuevo e inédito modelo de distribución del poder político.

La pandemia y el funcionamiento de las redes de salud, especialmente la hospitalaria y la respuesta ante esta actual crisis, está situando el debate autonómico a un nivel completamente desconocido hasta ahora, aunque haya habido expertos que han suscitado dudas previas. ¿Se coordinaría mejor la respuesta con un ministerio central dotado de todas las competencias de salud? ¿Cómo se puede establecer una coordinación de administraciones autónomas de salud ante una pandemia que no conoce fronteras administrativas? ¿Es mejor una centralización completa, absorbiendo las tareas y competencias de los territorios, o no debemos sustraer las competencias de esos territorios autónomos aunque ello suponga una pérdida de eficacia?

Para empezar conviene que sepamos que este asunto es tema de actualidad en buena parte de todos los países que tienen sus sistemas de salud centralizados o distribuidos por diversas administraciones. Francia, por un lado, es el modelo más centralizador, concentrado además el botón de decisiones en la persona del Presidente. Estados Unidos puede ser un ejemplo de distribución federal de responsabilidades, donde los Estados tienen la competencia exclusiva en salud y la Unión apoya desde fuera. Bégica, otro modelo federal establecido a partir de comunidades lingüísticas, expresa una variante incluso más problemática a la hora de combatir este contagio debido al conflicto comunitario entre valones y flamencos. Pues bien, en ninguno de los tres países se ha sido capaz de combatir el contagio, la enfermedad y la crisis social sin estrés, sin estar cerca del colapso del sistema sanitario. Ya veremos si éste se alcanza en estos días de abril. En Francia se trasladan enfermos de UCI hacia otros departamentos menos afectados por la masificación. En Estados Unidos las tensiones entre el gobernador de Nueva York (estado Federado) y el gobierno federal (Trump) son incesantes y graves a la hora de destinar recursos y planificar medidas. En España es diario el posible conflicto entre Ministerio y autonomías a la hora de gestionar los recursos y las infraestructuras.

Lo cual nos indica ya un hecho evidente: el nivel de la pandemia es extraordinariamente grave, ha cogido a todos los países por sorpresa y sin estar precavidos, y todos sus sistemas nacionales de salud están al máximo estrés. Lo digo por situar nuestro posible problema de falta de previsión y atención en un contexto global donde posiblemente ningún país se salva de estos déficits.

Lo cual no quiere decir que no tengamos que revisar, seguramente y después de esta crisis, el modelo o los modelos de nuestro servicio de salud. ¿Puede un gobierno autónomo actuar en salud al margen de o desconociendo el contexto de una sociedad que enferma sin saber a qué comunidad se pertenece? ¿Es posible en este asunto de salud y sanidad pública (y privada) funcionar sin criterios de planificación estatal, coordinación administrativa y sentido general de país? ¿Podemos concebir una política de salud idéntica en grandes metrópolis (Nueva York, París, Barcelona, Madrid, Milán, etc.) que en zonas de débil densidad demográfica? La experiencia de estos días nos dice claramente que la pandemia está atacando más brutalmente en esas zonas de altísima densidad de población. No es, por tanto, un problema de combatirla desde una óptica administrativa (comunidad autónoma, estado federal) sino desde la gravedad e intensidad del foco de gravedad (las grandes concentraciones humanas en limitados territorios). La Comunidad de Madrid combate la enfermedad a un nivel más estresante que, por ejemplo, la de Castilla La Mancha. No es, por tanto, solo cuestión de color político, aunque este sea importante en el caso de Madrid, con una terrible historia de recortes y privatización de recursos, que han sido determinantes a la hora de esta pandemia, por parte del gobierno PP de los últimos veinte años.

Necesitaremos repensar bastantes cosas cuando esto se apague y volvamos a una cierta normalidad. Y una de ellas es, sin duda, el modelo y la organización de un sistema público de salud distribuido territorial y administrativamente de forma adecuada, pensado en el paciente y usuario, allí donde esté, y no en el cargo político de turno o en el mantenimiento de una estructura burocrática autorreproducida.