Confinamiento/10. La gran escapada

Foto flickr Alejandro El Tecnorrante

Por Javier ARISTU

Leo que más de un millón de parisienses, habitantes de la gran metrópolis capital de Francia, asustados por el coronavirus o evitando su contagio, han abandonado ese territorio y se han dispersado por los pueblos del interior y de la costa francesa. La metrópolis capital cubre 814 kilómetros cuadrados y tiene una población de 12 millones de habitantes dispersos en más de 120 municipios. Es decir, casi un diez por ciento de la población residente ha abandonado la gran urbe para escapar al peligro de ser infectados esta pandemia.

Nueva York puede ser en estos días el pico de la pandemia mundial. Es la metrópolis con mayor densidad de población de los Estados Unidos, unos 20.000 habitantes viven en cada kilómetro cuadrado. La zona metropolitana de París tiene una densidad similar. En España el municipio de más de 200.000 habitantes más denso de España es Hospitalet de Llobregat, con 20.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Después figuran Barcelona capital con 15.867 h/km2 y Badalona, 9.844. El área metropolitana de Madrid solo alcanza los 5.400 habitantes por kilómetro cuadrado. Comparemos las cifras anteriores con ciudades como Valencia (211), Sevilla (138).

Frente a eso se alza lo que se viene llamando España vacía o vaciada. Son ciudades y provincias donde la densidad de población es de 50 habitantes por kilómetro cuadrado o incluso menos. Hoy es el refugio ansiado para los capitalinos.

La noticia con que comenzábamos era que un millón de parisienses se habían escapado de sus domicilios habituales para evitar la pandemia, refugiándose en sus segundas residencias, domicilios de parientes o cercanos, en las comarcas del interior o de la costa normanda o bretona. Los datos provienen de la compañía telefónica Orange que, testando y siguiendo el trazado de la señal electrónica que va dejando gente con móvil, ha construido ese mapa de la gran escapada parisina. Por eso sabemos que entre el 13 y el 20 de marzo el 17 por ciento de la población parisina se había ido fuera de esa región. Casi dos de cada cien personas han abandonado su residencia habitual. Los municipios que, según Orange, han incrementado en esos mismos días su población son, por ejemplo L’île de Ré, una islita bretona en la costa atlántica enfrente de Rochefort, con más del 30 por ciento de aumento poblacional,  o el departamento de l’Orne, en el tránsito entre París y Normandía, con incremento del 10 por ciento.

Me queda la duda, metódica eso sí, de cuántos madrileños se han escapado a la sierra o al sur de la costa atlántica. Cuántos barceloneses de Sarriá se han largado hacia los apartamentos de la Costa Brava o del Ampurdán. El fenómeno, seguramente, será similar porque nuestras costumbres y hábitos sociales son ya similares.

Estas deserciones me recuerdan a la Suite francesa, ese inconcluso relato escrito por Irène Némirovsky donde se cuenta la escapada de Paris de miles de habitantes huyendo del ejército nazi antes de su entrada triunfal en la ciudad en junio de 1940. Aquellos parisienses que emigraban de sus pueblos y residencias con el colchón y alguna maleta a cuestas, tratando de esconderse de los aviones Stukas que les bombardeaban, poco tienen que ver con estos otros que, cargando en sur relucientes Renault o Citroen la tableta y con la tarjeta bancaria como arma de disuasión, marchan a sus segundas residencias en la costa o en los maravillosos entornos de los bosques franceses.

La cuestión es huir, escapar al peligro.