Confinamiento/8. El Estado y el caos

Foto flickr Jan M. Henrich

Por Javier ARISTU

Estoy conversando con amigos via internet sobre el asunto del Estado a propósito de esta pandemia y de las consecuencias que tendrá en el futuro. Les mando esta reflexión.

El diario El País publica un reportaje a propósito del relato En el corazón del bosque de Jean Hegland que acaba de ser publicada en español. El relato, que no he leído y no sé si lo haré en el futuro, habla de una situación de crisis apocalíptica a partir del corte de suministro eléctrico en todo un país y cómo tienen que sobrevivir dos hermanas aisladas en medio de un bosque, sin  ninguna conexión con otros seres humanos. La situación se asemeja a una situación de caos. Nos transmite el periodista: «Su novela es claramente una novela de transición en la que el orden ha desaparecido pero en la que aún no se ha impuesto ningún nuevo orden».

Aquí tenemos el asunto del día: el orden. Un orden que desaparece y otro que todavía no acaba de aparecer. ¿Es este el momento en el que estamos? Sí y No. Me inclino más por el segundo, por el No. Van a cambiar muchas cosas, sin duda, muchas de nuestras actitudes y formas de vida y de relaciones sociales van a transformarse. Pero no estamos ante una modificación decisiva y nuclear del orden humano que venimos viviendo desde hace varias décadas. Y en ese orden humano la función del Estado es fundamental, aunque no es la única función fundamental para nuestra convivencia pacífica y colaborativa. Hay muchos otros factores que nos ayudan a vivir en comunidad. El Estado no se queda fuera de ese conjunto.

Miremos lo que está pasando. Es una cruda realidad que la gente muere de forma inesperada, acelerada y sin remedio. No muere como moscas, a millones, como sí ocurrió con la gripe española; pero la gente se está muriendo por miles. Están fallando ciertos dispositivos sanitarios (falta personal, faltan equipos, faltan servicios, faltan mascarillas, faltan sistemas de protección de ese dispositivo sanitario) pero el sistema está respondiendo más o menos de manera adecuada (poned vosotros la cantidad de más y de menos). Los sistemas de seguridad en las calles, en los sistemas generales del país, los sistemas de suministro de energía, de alimentación, de transportes de mercancías, están respondiendo más o menos bien. (Ídem). Es decir, no se ha producido una situación de caos como nos refleja toda esa literatura apocalíptica que comenzó a surgir a partir de los últimos cincuenta años y que es hoy literatura de masas. La diferencia entre las situaciones planteadas en La carretera, de Cormac McCarthy, o Apocalipsis, de Stephen King, y la nuestra actual, en España, en Francia, en Italia, en EE. UU., etc., es que no se producen situaciones de caos porque hay un Estado que está funcionando y ejecutando los fines para los que fue instituido. Otra cosa es que ese funcionamiento sea mejor o peor. Y, también, porque se ha construido un modelo de vida asociativa que con todos sus defectos y déficits es capaz de responder con dosis de responsabilidad, solidaridad y empatía a las demandas de la situación.

Dos incógnitas de esta situación no han quedado despejadas: una) qué va a pasar con los procesos económicos, su evolución y las respuestas que se den tanto desde los mercados (sociedad) como desde las instituciones (Estados y autoridades mundiales). Y dos) qué va a pasar en la India. En este inmenso país, su gobierno ha ordenado hoy a sus más de mil millones de habitantes que permanezcan confinados en sus casas, como medida para impedir la extensión del virus. Ya no estamos ante el confinamiento de una ciudad como Wuhan, con sesenta millones de habitantes. India es un país ya de primer nivel, una potencia no solo demográfica. Cómo vayan a evolucionar y actuar esos mil trescientos millones de ciudadanos será interesante de ver. Para comprobar cómo funciona una sociedad y cómo funciona un Estado en momentos de crisis global.