Confinamiento/ 6. Trabajando

Título: Partitura. Autor: kacelnik (Flickr)

Por Javier ARISTU

Mi historia con Twiter es complicada. Paso del silencio más absoluto a una cierta compulsión. Generalmente estoy en el término medio, veo algunas cosas, no presto atención a los bombardeos estrafalarios e histéricos de algunas voces y sigo mi vida. Hace dos años lo dejé, cabreado por los comentarios agresivos que recibí por un tuit que había colgado. Volví, aconsejado por amigos que me querían leer en la red azul, y así sigo: veo por encima las notas escritas por los demás y sigo a lo mío, sin marearme ni volverme loco.

A veces, o muchas, leo cosas francamente positivas y que te hacen pensar. Hoy, por ejemplo, me llega un tuit de Giaime Pala, historiador italocatalán –esa nueva especie humana que afortunadamente se ha asentado en la historiografía española– afincado en Barcelona y cuyo objetivo durante estos años es desvelar la historia de los comunistas (PSUC) catalanes. Pala ha escrito ya cosas fundamentales sobre la historia de ese partido catalán y comunista, ya desaparecido, aunque quede alguna estela como PSUC Viu… En su tuit al que me refiero habla de la importancia del trabajo, de los trabajadores manuales. Esta historia del confinamiento y de la pandemia ha sacado a la superficie la importancia estructural y vital del trabajo manual. Lo creíamos desaparecido, lo habíamos sepultado bajo las piedras de la revolución informática y tecnológica, parecía que todos los que se levantaban a las 7 de la mañana se iban a encender un ordenador o a trabajar con un móvil. La historia que estamos viviendo nos ha resucitado el trabajo manual, el que se hace con las manos –y también con el cerebro, no lo olvidemos– y se basa en el desgaste físico, en la transmisión de energía corporal al producto.

Son los panaderos, los conductores, los que reponen las estanterías del súper, el que carga el tráiler que transporta las mascarillas a una provincia, el que limpia o desinfecta a las 5 de la mañana el vagón del metro, el que coloca el contenedor de residuos junto al camión de basura, el que se sube a un poste de alta tensión para arreglar la avería en el tendido, la que atiende a los calderos en la cocina de un hospital, el que recoge las papas que nos comeremos dos días después, miles, millones de personas que funcionan normalmente durante la rutina de otros días y que durante estos están o sometidos a un Erte o trabajando sin parar para mantener lo poco que queda de los servicios y de la economía.

Escribe Pala en su tuit: «El mundo de trabajo tendría que estar siempre presente en la dirección de los partidos, en la TV y en la radio, en los diarios, etc». Efectivamente, es la savia que nos permite vivir, funcionar, estar en este mundo. Hace varios años traduje un libro cuyo autor es Maurizio Landini, actual secretario general de la CGIL, el mayor sindicato italiano. Se titula Forza lavoro y que podríamos traducir algo así como “¡Ánimo trabajo!”. Por razones diversas y que no vienen al caso el libro no pudo salir publicado en español y se quedó en las entrañas de mi ordenador. De ese texto de Landini extraigo una cita que me parece adecuada para glosar la opinión de Giaime Pala:

«Es curiosa la forma en que los medios de comunicación cuentan —y se cuentan— los asuntos de la sociedad y en particular los del trabajo, sus protagonistas, sus problemas. En la televisión y en los periódicos —de donde habían desaparecido durante bastantes años— no faltan las imágenes y las voces de trabajadoras y trabajadores cabreados o desesperados, de jóvenes precarios y parados exasperados o deprimidos. Se exhiben, se ven, pero al momento se esfuman, como una noticia efímera. Se quedan en la superficie de los problemas y en sus manifestaciones extremas. Para hablar del desempleo hace falta que alguien se mate; para informar de una crisis industrial, de una privatización, o de los despidos, hace falta que la gente se suba a una chimenea, a un tejado, a una torre o que se encadene en algún sitio. Entonces “se materializan” también en el mundo virtual, encuentran un cuerpo y se convierten en noticia. Al menos durante un instante. Después desaparecen, como si fuesen simples elementos de un discurso que después continúa prescindiendo de ellos. No se comprenden las razones de estos gestos, y por ello esas personas son infravaloradas, junto con su trabajo y sus condiciones materiales. Esta incomprensión de la crisis social es uno de los síntomas más evidentes del colapso democrático que atraviesa Italia y Europa».

No sabemos lo que durará esta crisis sanitaria y sospechamos que la crisis social y económica será dura y ardua. Ahora nos acordamos, y lo aplaudimos, de nuestro transportista que nos trae la leche al súper; no olvidemos que, luego, en la normalidad de la vida que nos regalará el futuro, seguirá levantándose a las 5 de la mañana para traer la leche al súper. Aplaudámosle también entonces.