Confinamiento/5. Mi amiga fotógrafa

Setas Las setas de Sevilla. Foto de mi amiga

Por Javier ARISTU

Conecto por WhatsApp con una amiga y colega de mis tiempos de profesor. Quiero saber cómo se encuentra, si ha tenido algún contratiempo con este asunto del coronavirus. Afortunadamente me contesta que se encuentra bien, que está, como millones de españoles, recluida y retirada del mundo. A ella no le resulta raro esto, me dice, porque siempre ha sido amante de los libros, la lectura y el trabajo silencioso en casa.

Mi amiga y yo coincidimos como profesores durante más de una decena de años. Ella me enseñó gran parte de las cosas que luego transmitía yo a mis alumnos. De retórica literaria sabe como nadie, de literatura clásica es maestra en saberes y de amistad es matrícula de honor. Los libros son su pasión; siempre ha andado por librerías de saldo, de viejo y de lo que sea a la búsqueda de ejemplares clásicos. Es ordenada y metódica en su trabajo, sin llegar a ser una obsesiva del orden. Pero su biblioteca tiene orden matemático y cartesiano: la picaresca en un estante, la novela realista en otro, Cernuda no puede estar junto a Garcilaso, simplemente porque son distintos. Bueno, todo esto me lo estoy inventando porque no sé exactamente cuál es la disposición interna de la biblioteca de mi amiga. Pero orden sí hay. Por eso me clasificó la mía en uno de los innumerables cambios de domicilio que he tenido en esta década.

Con esta amiga hemos trabajado juntos en algunas cosas, caprichos de veteranos profesores. Un estudio sobre el pensamiento social en el Quijote, traducciones de algún autor italiano –es una magnífica y minuciosa traductora de la lengua de Dante–, y hemos hablado largas horas de la actualidad y de la antigüedad.

Con el mensaje de WhatsApp mi amiga me envía dos fotos de las setas de la Encarnación de Sevilla que había hecho estos días. Me cuenta que en esta cuarentena ha tomado la determinación de subir cada día a la azotea y fotografiar, exactamente a las 19:00 horas, ese artefacto arquitectónico del centro de Sevilla. Le digo que me recuerda a aquel estanquero del relato Cuento de Navidad de Auggie Wren , de Paul Auster, que luego fue llevado a la pantalla con el título Smoke, película dirigida por  Wayne Wang. En ese relato y película el dependiente Auggie tiene una afición: fotografiar cada mañana, exactamente a las 8, la esquina de su calle neoyorkina.

Mi amiga y Auggi fotografían su calle cada día, exactamente a una hora determinada, las 8 en Nueva York y las 7 de la tarde en Sevilla. La misma escena pero nunca es igual. La luz, el matiz, las figuras humanas cambian. En el caso del Nueva York de Auggi Wren siempre vemos una o más personas, diferentes, seres que pasan por un instante por delante del objetivo de la cámara y son retenidos en ese momento de eternidad. En el caso de mi amiga ya no hay personas en ese paisaje; lo único que podremos ver, si se cumple la cuarentena estrictamente, es el adoquinado, el monumento de cemento levantado en plena Encarnación y los edificios colindantes. Un espacio urbano recluido sobre sí mismo.

Ya vendrá el ruido y la bulla. Mientras, admiremos la ciudad en silencio.