Gobierno nuevo

Por Javier ARISTU

¿Justifica la actuación de las “derechas españolistas” una defensa cerrada del actual gobierno de “las izquierdas plurales”? ¿Tanto nos aterrorizan las escenificaciones parlamentarias de los partidos de derechas como para suscribir sin condiciones el consenso a la constitución de un gobiernos de los dos partidos progresistas? ¿Estamos ante una repetición forzada de la política de bloques de la que no nos podremos enajenar?

Me hago todas estas preguntas tras la semana pasada mirando el televisor y leyendo los comentarios, columnas, editoriales y chascarrillos que ante la constitución del primer gobierno de coalición de izquierdas en la historia de la democracia española postfranquista se han redactado desde los espacios de la derecha. Hay una formidable tentación que anida dentro de todos los que nos sentimos congratulados con este nuevo gobierno: defensa cerrada del mismo ante las acometidas de la derecha. Es una estrategia perfectamente lícita que, además, ha llevado en otras ocasiones a conservar los espacios conquistados. En el deporte del balón se llama catenaccio y consiste en esperar al rival en campo propio y confiar en un rápido contraataque con gol. Los italianos de antes eran maestros de ese concepto de juego que les llevó a alcanzar varias copas mundiales.

Tengo mis serias dudas de que esa sea la estrategia adecuada ante la previsible ofensiva de la derecha –una auténtica guerra total la que se espera. ¿Defender las posiciones? ¿De qué posiciones hablamos tras una década de completo destrozo de las mismas y de ruina del teatro de batalla? ¿Cuáles serían hoy los objetivos de un gobierno de progreso en la España de 2020? Creo que tras este año loco de elecciones, contrastes, enfrentamientos, mudanzas y tensiones dentro del mundo de las izquierdas, los principales exponentes de PSOE y UP han comprendido, finalmente, cuál es el camino que hay que recorrer, cuál es el objetivo y dónde está el terreno de disputa de las contradicciones. El programa de gobierno expuesto por Pedro Sánchez en la sesión de investidura es un buen plan de acción para este previsible conflicto.

No se trata tanto de diseñar una ofensiva contra las posiciones del contrario, para la cual no hay ni fuerza suficiente ni potencia instrumental, como de plantear un plan de contingencia que inicie el cambio de ritmo, la modificación de la rutina a la que hemos estado acostumbrados hasta ahora. En definitiva, pasar de la propaganda a la política. Y, repito, el programa propuesto es un buen comienzo.

El paso de la propaganda –que ha durado desde 2011 hasta hace dos meses– a la política se ha hecho rápidamente y con éxito en ambas fuerzas de la izquierda. En pocas semanas se ha superado una fase que solo nos podía traer frustraciones y malcontentos. Hoy arranca un periodo cargado de expectativas operativas, realizables, prácticas. La mentalidad en ambas fuerzas de izquierda ha trasmutado desde la acusación al amigo hacia la alianza frente al adversario. Hay que felicitarse por ello.

Queda lo más importante: ¿con que fuerzas y apoyos cuenta este nuevo gobierno para sacar adelante su programa? Parlamentariamente no dispone de mayoría y tendrá que hacer encaje de bolillos para sacar adelante sus propuestas sin subordinarse ante el independentismo catalán, el nacionalismo vasco o los regionalismos de toda condición. Socialmente cuenta a su favor con un estado de ánimo social favorable pero que, como tal estado del alma, es inaprensible, líquido, gaseoso. Falta cohesionar, solidificar y armar esa difuso consenso en una red de estructuras y organizaciones que no solo den apoyo al gobierno progresista sino que sean capaces de reanimar a la sociedad hasta ahora derrotada.

¿Dónde quedaron aquellos círculos de Podemos? ¿Cuál es la capacidad movilizadora de la organización de IU? ¿Sabrán actuar las agrupaciones del PSOE ante esta nueva etapa de clarificación, realineamiento y nuevas posiciones? ¿Con qué medios y organizaciones se podrá dar respuesta a la batalla educativa que se avecina? ¿Cuáles van a ser las palancas sociales en las que se pueda apoyar este gobierno a la hora de plantear sus reformas sociales? Son dudas lícitas tras la sorda guerra destructiva de los últimos años.

Solo veo, de momento, dos ámbitos sociales donde la capacidad organizativa de sus protagonistas puede desplegar una fuerza suficiente como para hacer frente a la derecha: el movimiento sindical y el movimiento feminista. Ambos son, hoy día, los principales baluartes de un combate social no solo defensivo sino propositivo. Cada uno con sus características culturales y organizativas; uno, muy consolidado en sus estructuras y en su sentido de la realidad de fuerzas; el otro más flexible y difuso pero no menos potente. Fuera de estos dos grandes movimientos sociales veo un magma pequeño y con poca capacidad de respuesta ante un movimiento tan potente como el que pueden construir las derechas españolas a partir de un engranaje de demandas nacionalistas-identitarias, religiosas-educativas y económico-sociales. Un engranaje desvirtuador de la realidad española pero bastante efectivo a la hora de movilizar a segmentos de clases medias y populares.

Conviene por lo tanto aplaudir en este momento la constitución de este gobierno, darle todo el apoyo para que coja potencia pero, al mismo tiempo, y sin perder el tiempo, tratar de recomponer e inventar estructuras de actividad social que, más allá de apoyar al gobierno, consigan organizar y poner en activo ese estado de ánimo favorable a las reformas y a la salida del infernal bucle identitario que nos ha atrapado durante estos años. Creo que esa es la asignatura pendiente de la izquierda y si no la aprueba a corto plazo puede que no obtenga el título final.