Nacionalidad y Región

Por Javier ARISTU

Las declaraciones del político catalán Miquel Iceta acerca de la existencia en este momento en España de “ocho o nueve nacionalidades” han sentado regular en algunos sitios. Hay columnistas escandalizados que declaran su estupor por no contar entre esas ocho cartas a los antiguos reinos de León o de Castilla. Sin embargo, Iceta no ha expresado sino un dato objetivo: ocho Estatutos de Autonomía declaran actualmente que sus territorios son “nacionalidad histórica”. Literalmente, Iceta dijo lo siguiente: «Los Estatutos de Galicia, Aragón, Valencia, Baleares, Canarias, Andalucía, País Vasco y Cataluña dicen que son nacionalidades, o nacionalidades históricas». Y si aparecen en dichos textos es que son plenamente constitucionales porque cada Estatuto aprobado es parte de nuestra Constitución, forma parte de su desarrollo. Por tanto, siguiendo esa línea argumental que no es nada estrambótica sino coherente con una lectura jurídica impecable, en España hay en la actualidad ocho nacionalidades (más Navarra que lo cita en su Preámbulo) constituyentes de una Nación llamada España.

Lo cual nos lleva a aquel «café para todos» de 1978 que ha marcado, a veces bien y a veces muy mal, el desarrollo constitucional y territorial de España a lo largo de los últimos treinta años. Hoy el café para todos ha pasado a ser que quien quiera se declara nacionalidad y así lo será. La conclusión de esta espiral de declaraciones y posicionamientos puede ser temible porque nadie querrá quedarse atrás en su autovalidación territorial.

Y sin embargo, ese no era el diseño que los constituyentes previeron con la famosa redacción del artº 2 de la Constitución, el que distingue entre «nacionalidades» y «regiones». Aquella distinción, a lo largo de estas tres décadas y con la aprobación de los Estatutos de segunda generación, ha saltado por los aires y ya nadie sabe cómo se recompondrá. España, hoy más que nunca, vive en la paradoja de ser «una Nación de nacionalidades», aunque algunos se escandalicen.

Nadie tiene hoy las facultades para adivinar cómo se podrá reconstruir una planta territorial y política que acoja esta diversidad y esta cacofonía de voces pero sí estoy seguro que ello solo se conseguirá si no perdemos dos evidencias que nuestra propia historia nos ha venido mostrando: una, que solo atendiendo de forma particular a la especificidad histórica del País Vasco y Cataluña, se conseguirá aplacar el ansia y furor nacional-independentista en estas comunidades; y dos, que solo a través de una propuesta verdaderamente federal –y no solo autonomista– se podrá encontrar una solución para una España futura. A eso se le llama Federalismo asimétrico y a la vez cooperativo o solidario. Por ahí habrá que dirigir los pasos y no enredarse en debates esencialistas, nominativos o de terminologías. Del federalismo tienen que tomar nota los nacionalistas; de la asimetría tenemos que aprender el resto de los españoles.