Elites y fracasos

Foto Sue Kellerman

Por Javier ARISTU

En todas partes –de Europa, de España– se viene produciendo desde hace tiempo un profundo movimiento tectónico que está sacudiendo las tradicionales estructuras democráticas de estas sociedades. Y en Andalucía está ocurriendo el mismo fenómeno desde hace al menos una década. ¿A qué me refiero? Simplemente a que nuestra sociedad está cambiando y transformándose profundamente sin que las denominadas elites sociales y políticas estén valorando debidamente estos fenómenos, convertidas dichas elites en simples caricaturas de aquellos grupos dirigentes que deberían gestionar y gobernar tales procesos. Hoy asistimos, aquí y allá, en Cataluña o en Andalucía –por citar dos exponentes de nuestra política doméstica– a una farsa sobre lo que debe ser el gobierno de nuestras sociedades.

El espejo electoral es indicativo, aunque no del todo, de eso que está pasando en Andalucía. En un corto proceso de cinco años hemos transmutado el sistema de partidos que funcionó durante más de treinta años a otro bastante diferente. Y este no es estable ni mucho menos, veremos cómo se transforma en otro dentro de muy poco tiempo. Propongo unos gráficos indicativos:

En el Gráfico 1 se ve perfectamente cómo dicho sistema se basaba en un predominio de un solo partido (PSOE) entre 1982 y 1990. A partir de este año y hasta 2012 se modifica hacia un cierto bipartidismo (PSOE-PP) con el acompañamiento de dos pequeños apéndices (IU y PA). No olvidemos que precisamente es en 2012 cuando el PP gana en votos por primera vez al PSOE y está a punto de ganar el gobierno, cosa que no se consiguió por el pacto PSOE-IU. En 2012 daba la impresión de que ese bipartidismo podría seguir funcionando incluso con el triunfo futuro del PP en Andalucía.

Todo revienta a partir precisamente de 2012-2014, pocos años después de que estallase la crisis financiera mundial de 2008. Cuatro años después de aquellas competidas elecciones de 2012, las que vieron el inesperado éxito de Griñán y el desencantado fracaso de Arenas, el mapa político andaluz es sensiblemente diferente:

En este corto periodo que va entre 2012 y 2018 han ocurrido cosas importantes como la pérdida de la hegemonía del PSOE, al descender de su cúspide perdiendo cerca de un millón de votos en una década; el bajón espectacular del PP que pierde cerca de otro millón de votos en esos años; la desaparición como oferta electoral de IU que es absorbida por el proyecto de Podemos; y la aparición de dos nuevas fuerzas políticas que conjugan la renovación generacional y de estilos: Podemos y Ciudadanos; finalmente, ya en 2018, la también sorprendente irrupción de Vox que persigue a la fuerza tradicional de la derecha andaluza y la somete a una dura presión.

De este modo, en un corto ciclo de cinco años, pasamos de un cuatripartido donde el PSOE hegemonizaba el conjunto, a un pentapartido con equilibrios mucho más ajustados y que ha posibilitado, por primera vez en nuestra historia autonómica, un gobierno de derechas. Pero nada nos dice que este vaya a ser el esquema duradero; más bien creo que el mapa de correlaciones y representaciones políticas está en pleno movimiento y que en próximas convocatorias, bien generales o bien autonómicas, habrá sorpresas o cambios estructurales de nuevo. Lo que está ocurriendo no es ni más ni menos que la normalidad de que lo político-electoral está respondiendo a las conmociones de lo más profundo de la sociedad.

Son varios y entrelazados los procesos que están afectando al tradicional modo de vida de los andaluces. Hoy me detengo solo en estos: el impacto migratorio, el modelo de sociedad implantado entre nosotros y la crisis de representatividad de la política.

El influjo que la inmigración, el proceso de migraciones actualmente en curso y que se viene desarrollando de forma llamativa desde hace dos décadas, está afectando a Andalucía en mayor de lo que algunos pueden imaginar. Según los datos de la propia Junta de Andalucía en 2018 estaban empadronadas en nuestra comunidad 618.791 personas inmigrantes, de las cuales 304.240 son mujeres y 314.551, hombres (un 49,17% de mujeres). Andalucía concentra el 13,11% de toda la población extranjera empadronada en el país, siendo la cuarta Comunidad Autónoma en volumen de población extranjera, por detrás de Cataluña (22,88%), Madrid (17,48%) y Comunidad Valenciana (14,01%)» (Informe bienal Andalucía e Inmigración 2016-2017). Según el Instituto de Estadística de Andalucía, en 2019 ya han superado los 650.000 extranjeros, lo que supone el 7,7 por ciento de su población. Y es de suponer que la presencia de este colectivo seguirá aumentando en los próximos años. ¿Por qué? Básicamente por dos datos indiscutibles y compatibles entre sí: la población europea desciende mientras que la africana aumenta de forma extraordinaria; a eso le añadimos el otro dato clave, como es el superior nivel de vida europeo y el fracaso socioeconómico en África que impulsa el flujo de africanos y asiáticos hacia Europa, flujo que continuará.

Y ante ello, ¿qué va a hacer nuestra Comunidad, nuestro gobierno, nuestras fuerzas políticas? O se acomete una política a medio y largo plazo destinada a construir una sociedad inclusiva, integradora y que sea capaz de incorporar esa fuerza de trabajo y cultural a un modelo de desarrollo innovador, o bien se plantea una política de rechazo y de confrontación, lo que llevará, obviamente, al enfrentamiento con «el extranjero» y a una situación de “guerra contra el extranjero pobre”. La primera apuesta es difícil y sin duda compleja, y conllevará una profunda batalla cultural contra nuestros atavismos y principios dogmáticos. Significará apostar por una reforma profunda del modelo y sistema educativo, por un modelo de organización del trabajo y de la economía y por profundizar en una democracia de mejor calidad que la actual. El segundo modelo ya sabemos a dónde nos lleva: a la guerra social y cultural permanente donde partidos como Vox pueden ser los que mejor representan esa opción.

El otro eje donde Andalucía está actualmente fracasando es en el sector de la economía y del trabajo, que son las dos caras de la misma moneda de una sociedad. Tras tres décadas de gobiernos progresistas, o al menos que no se identificaban con la derecha, la situación sigue estancada: Andalucía es un territorio con profundos déficits de calidad productiva, de calidad en el trabajo y de calidad tecnológica, que vienen a ser uno mismo. Seguimos sin disminuir la brecha con España. Tomo como ejemplo entre muchos un cuadro que aparece en el blog amigo Convergencias, Divergencias, Instrumentos para comprobar cómo la brecha sigue abierta: la andaluza es una sociedad donde la familia destaca, por ejemplo, por gastar más en bebidas alcohólicas, drogas y tabaco que en enseñanza. Lo dice el INE.

Es esa Andalucía la que hay que cambiar.

Y, finalmente, un tercer déficit. Las elites andaluzas han fracasado como dirigentes de este proyecto político que era la autonomía andaluza. Y cuando hablo de elites andaluzas me refiero a políticos que gestionan los programas de sus partidos, a empresarios que dirigen empresas importantes, a patrones de medios de comunicación que vehiculan la relación de la sociedad andaluza con la esfera pública, a opinadores públicos que formalizan ese difuso concepto que se denomina opinión pública, a autoridades universitarias que no han sido capaces de elevar el nivel democrático y de gestión de esas instituciones claves en el desarrollo andaluz…Son varios y diversos los responsables de esta situación de debilidad que hoy tiene Andalucía frente al resto de España y de Europa. El ejemplo más relevante es la reforma del Estatuto en 2006, reforma que ha servido para bien poco en el bolsillo y los intereses concretos de nuestros conciudadanos. Un acto sin ningún contenido práctico, más retórico que político. Se necesita una profunda reflexión en esas corporaciones andaluzas que son las que organizan al resto de los andaluces. Me atrevo a decir que estamos ante la frustración histórica de aquella imagen andaluza que surgió a partir de 1982, año de nuestras primeras elecciones andaluzas.

PD. Terminado el artículo leo que exponentes de lo que ha sido el socialismo histórico andaluz se oponen a un gobierno de coalición con Podemos y defienden otro con el PP y Ciudadanos porque, nos dicen, un gobierno PSOE-Podemos “pondría en riesgo nuestras libertades y la convivencia ciudadana”. No es raro por tanto que en las pasadas elecciones del 2D de 2018 y de este 10N de 2019 haya pasado lo que ha pasado: “No hay más ciego que el no quiera ver”.