Comisiones

Foto: Andalucía Información

Por Javier ARISTU

¿Qué hacen los sindicatos? ¿Dónde están los sindicatos? Son preguntas que he venido oyendo a lo largo de estos últimos años, años de crisis de las estructuras intermedias de la sociedad, tiempos de zozobra donde caen instituciones hasta ahora indiscutibles y se levanta un murmullo de crítica indiscriminada contra todo lo que sea ejercer una tarea de representación de la gente. Dentro de ese rumor, muchas veces elevado en el volumen por medios de comunicación muy interesados, los sindicatos aparecen destacados en el descrédito y demérito. Hablo de los sindicatos de clase; los corporativos, amarillos y gremiales no suelen recibir las mismas críticas desde esos círculos del poder mediático, curiosamente.


Se me ha ocurrido esta reflexión cuando he leído que Comisiones Obreras de Sevilla y de Andalucía deja la sede, histórica sede, de la calle Trajano, en pleno centro de Sevilla, para trasladarse a otro edificio más funcional y operativo. Los tiempos y las demandas técnicas y prácticas mandan. Imagino que para algunos, especialmente aquellos que estuvieron por esa sede hace más de medio siglo, habrá supuesto un cierto disgusto porque por aquellos pasillos y aquellos despachos cruzó como un vendaval, acompañado de cárceles y represión laboral, la fuerza social más interesante e importante que nos dieron los últimos años del antifranquismo y de la transición a la democracia. Aquella fuerza provenía de las fábricas sevillanas de entonces (Casa, Hispano, Isa, Fasa…), de una reducida pero consistente malla de talleres medianos de los polígonos y barriadas del extrarradio sevillano, de la construcción (en Sevilla entonces se construía a toda pastilla esos barrios y manzanas que hoy acogen a miles de sevillanos) y de otras actividades económicas.

La calle Trajano acogía entonces a los sindicatos verticales del franquismo, lo que se llamaba Organización Sindical Española (OSE), encuadramiento corporativo obligatorio de todo trabajador español y, a la vez, en un ejercicio parafascista imitado de la Italia mussoliniana, acogía también a los empresarios. En otro lugar, en la calle Morería junto a la plaza de San Pedro, estaba instalado el sindicato vertical del metal. Trabajadores y empresarios juntos en una misma organización “sindical”, la cumbre del disparate. Por esos pasillos de Trajano anduvo, conspirando y tratando de encontrar un resquicio que beneficiara a los trabajadores a los que representaban, un grupo de personas que constituyeron el núcleo de una organización semilegal, y luego clandestina, a las que llamaron de forma natural y sencilla Comisiones Obreras. Hablamos de los años entre 1963 y los primeros de la década de los 70, cuando algunos éramos todavía niños y adolescentes. Era el germen de ese movimiento obrero sevillano que luego en la Transición dio sangre, sudor y sacrificio a la dificultosa tarea de alumbrar la democracia a partir de una dictadura hostil. Siempre me he preguntado qué habría sido de una Transición del posfranquismo sin el movimiento organizado de Comisiones Obreras. Sin aquellas huelgas y movilizaciones del invierno de 1976 y de los primeros meses de 1977, sin el masivo entierro de los abogados de Atocha. Aunque haga un ejercicio de futurible, seguramente la Transición habría sido otra cosa, no creo que mejor que lo que entonces se alcanzó. Sin la presencia y activismo de los trabajadores organizados en torno a CC.OO las fuerzas políticas del antifranquismo seguramente no habrían negociado con Suárez como lo hicieron a partir de diciembre de 1976.

Hay ya una buena colección de libros sobre este asunto, sobre la función que el movimiento obrero español (y sus versiones madrileña, catalana, asturiana, sevillana, valenciana, etc.) y la gente de Comisiones tuvieron en la fase de salida del franquismo. Fue un proceso largo, discontinuo, pero donde nunca aquellos hombres y mujeres perdieron el sentido final de aquel movimiento: resolver los problemas económicos de su gente y alcanzar un sistema democrático para el conjunto de la ciudadanía. El historiador, por lo general, no se ha olvidado de la gente y del papel de Comisiones; sí que a veces lo han hecho los propios protagonistas de la política y los medios de comunicación. Se ha hablado de motores y de impulsores de aquella Transición olvidando, conscientemente, que sin los delegados y activistas de Comisiones todo habría quedado en un arreglo cupular, cosa que no ocurrió a partir de 1976 entre otras cosas por la movilización popular en la que destacó Comisiones.

Hoy, cuatro décadas después de aquellas comisiones y de aquellos escasos activistas, CC.OO es el primer sindicato de España y de Andalucía. En el conjunto español acoge cerca de un millón de afiliados y representa con una red de 95.000 delegados a algunos millones de trabajadores del país. Junto con UGT alcanzan la representación de casi el 70 por ciento de la masa laboral española. No es poca cosa. Comisiones es seguramente la primera fuerza social organizada de España. No hay partido, ni juntando a todos, que se le pueda comparar en capacidad afiliativa y movilizadora. No es un partido político y, por tanto, la comparación puede que sea inoportuna, pero es una organización socio-política de primer orden y que ejerce un papel influyente en el conjunto de la sociedad española.

Es, consecuentemente, un acto emotivo el de abandonar la histórica sede —arrancada también con mucho esfuerzo al patrimonio sindical heredero del franquismo— y dejar aquellos pasillos cargados de historia y de esfuerzo humano generoso y altruista. Ya no asistiremos a esas asambleas en su salón de actos del Duque ni nos tomaremos un café en el Victoria con algunos de los sindicalistas que dirigen la organización. Cuando veo la foto de la plaza del Duque, donde se ha retratado el bloque dirigente del sindicato, me viene a la memoria otras de aquella misma plaza en días de huelga general, tratando por ejemplo de forzar al Corte Inglés a que cerrara sus puertas, o concentrados ante la sede pidiendo al gobierno soluciones al paro o a la cuestión agraria. Por esas puertas ha pasado un torrente de regeneración y renovación de la vida social y política sevillana que sería injusto olvidar y despreciar.

En esta Sevilla inundada de turistas en sandalias y calzones cortos, condensada de cristos y vírgenes que hacen penitencia por sus calles y plazas, con una elite dirigente ensimismada en un pasado ya irrecuperable e imaginario, poner en valor, una vez más, en estos tiempos de cambios y transformaciones el compromiso de los trabajadores y sindicalistas de clase es el mejor ejercicio que puede hacer una sociedad que quiere mirar hacia el futuro. Un futuro que pertenece especialmente a quien se lo trabaja.

Buena suerte a Comisiones en los próximos cincuenta años.