Dar una oportunidad a la derecha no es negociable

Por José Luis ATIENZA

Las negociaciones para formar gobierno no se pueden abordar sin asumir lo evidente, que las elecciones del 28 de abril de 2019 lograron movilizar a la izquierda y el sentido común en la España plurinacional por encima de la crispación y del tripartito de la plaza de Colón y cierra España. Por el contrario, el fracaso de la investidura en las dos votaciones del 23 y el 25 de julio ha provocado la desmovilización y la decepción de los votantes de izquierda. Decepción en el qué ha pasado, y en cómo ha pasado.

En la política cuentan los gestos, las formas, el proyecto político y la correlación de fuerzas. La obscena batalla por el relato protagonizada por socialistas y podemitas en aquellos cuatro días de julio se merece ese título acuñado por Kundera, la insoportable levedad del ser, a modo de epitafio de lo que podría haber sido y no fue. Un relato simple y feo para una situación compleja -que a pesar de todo había sido leída con un inmerecido optimismo de los votantes de la izquierda y del sentido común- que recibió la ducha fría de un derroche de gestos equivocados, de formas burdas nada amistosas.

No se puede hablar de gobierno sin hablar del contexto. Un gobierno de coalición sin mayoría absoluta afrontará un futuro económico complicado que puede afectar a las arcas del Estado. Piove?, porco governo, dirán las encuestas. Será un gobierno, de coalición o en solitario, que no encontrará ni un resquicio de acuerdo con PP, C’S y VOX, quienes a pesar de sus pugnas internas apostarán por una férrea división de bloques. Reaparece con sordina ochenta y tres años después el fantasma del frente popular y el de la CEDA, de la España roja y la España rota. Se deberá gobernar para descargar las espaldas de quienes sufren en sus carnes la crisis salarial y la reforma laboral, tratar con gestualidad medida el conflicto de Cataluña de mucho ruido y muchas nueces y moverse en una endemoniada situación europea e internacional, con una Alemania con la sombra de la recesión.

No lo tendrá fácil el nuevo gobierno, ni nosotros, si somos socio minoritario. Gobernar un Estado exige sumar renovación y madurez, y alejarse prematuramente las alegrías adolescentes de organizaciones jóvenes como somos Podemos y los Comunes. Las tensiones de gobernar la realidad nos aprietan las costuras donde tenemos descosidos: la insuficiente homogeneidad de la organización, nuestro talón de Aquiles, que se refleja en palabras, twitters y gestos.

Una parte no despreciable del PSOE querría ser el partido socialdemócrata alemán que no descarta la gran coalición con la derecha si lo requiere el guión, mientras que Pedro Sánchez vive la posibilidad de una coalición de izquierdas como un lastre insoportable del que se tiene que  desprender, y a UP y los Comunes como un factor de inestabilidad.

La política sigue funcionando con esquemas bipartidistas aunque las urnas vayan tercas en dirección opuesta, la coalición. El PSOE y el PP, los dos grandes partidos, aceptan por imperativo electoral la quiebra del bipartidismo en el Congreso de Diputados pero se resisten encarnizadamente a formar gobiernos de coalición. Pesa el hecho de que junto UCD, el PSOE y el PP han monopolizado en solitario todos los gobiernos de España. Creen que tener socios en el gobierno significa bajar un escalón en la historia y regalar el pase de selectividad a los principales competidores de su franja electoral.

Asimismo planea una regla no escrita de la transición, una invisible muralla, un veto no explícito a la descendencia, reconocida o no, del comunismo democrático español. Incordiar, sí, gobernar, no. Además, hay un previo problema de desconfianza mutua que habría que afrontar.

Hay algo, fuera de toda sospecha, que deberíamos compartir unos y otros. La izquierda, en cualquiera de sus versiones, no nos podemos permitir unas elecciones anticipadas. Tampoco la gente que nos dio el voto tiene nada que ganar y mucho que perder. El mejor regalo para la derecha sería que la esperanza se estrellara sin despegar y se encontrara con nuevas elecciones, teniendo amortizado el peaje de la corrupción.

Los perdedores de la moción de censura ahora parecerían ganadores por la incapacidad progresista de concretar un programa y un gobierno alternativo. No conviene olvidar que al tripartito de la derecha apenas les  separa un 0,17% de la suma del PSOE, UP y los Comunes, y cualquier leve fluctuación puede invertir las mayorías en el Senado y en el Congreso.

La actual correlación de fuerzas es consecuencia de la moción de censura, un acto de política alternativa para sanear y airear el ambiente viciado del PP, su corrupción, sus hechos y sus formas. Este parlamento y el posible gobierno también es fruto de ese impulso renovador y pacificador, nacido de un acto de generosidad parlamentaria sin precedentes como respuesta a una necesidad casi asfixiante. UP y los Comunes deberíamos repetir la misma generosidad de entonces y dar el sí sin condiciones a la investidura de Pedro Sánchez.

El sí es tender un puente de confianza y al mismo tiempo, sin condicionarlo, reclamar un acuerdo programático que incluya un diálogo sin focos ni fronteras previas sobre la forma de dar la mayor estabilidad posible a las políticas y al gobierno. Los problemas del país y de su gente tienen una complejidad que no cabe en ningún eslogan, porque tan importante es el qué hacer como con quien poder hacerlo.

La alternativa es seguir con el pulso baldío hasta el último minuto cuando un acuerdo de programa tendría gusto de rendición y un no dibujaría la izquierda alternativa como culpable de una repetición electoral. Un sí que no sea moneda de transacción de nada nos devolvería a UP y compañía el papel de palanca de cambio de la política española. Nos haría salir de donde estamos arrinconados y convertirnos en el centro de la solución, no del problema. Tirando de los clásicos Gramsci decía que el valor de un partido político es su capacidad para provocar un acontecimiento o para impedirlo. UP y ECP fuimos, con otros, principales promotores de un acontecimiento, la moción de censura. Ahora podemos contribuir a evitar el más peligroso: abrir una ventana de oportunidad a la derecha más extrema y rancia de la historia democrática moderna española.

Impedirlo, sí o sí, no puede ser negociable.


Jose Luis Atienza es Coordinador del Grupo Derecho a Decidir y Cultura Federal. El artículo ha salido publicado originalmente en catalán en la revista Treball