Girasoles y medias verdades

Alberto Ménedez y Carmen Martín Gaite

Por Javier ARISTU

Dijo Neil Postman  que la invención y aplicación del telégrafo a la vida humana, a mitad del siglo XIX, marcó de forma definitiva el mundo de la información. La noticia, enviada por el cable telegráfico a distancias kilométricas y en segundos, descontextualizó definitivamente el hecho noticiable y, a la vez, convertía lo más nimio e intrascendente en noticia publicable. Con el telégrafo y la prensa que se alimentaba de este sistema de comunicación se producía una “inundación de noticias” que no tenían nada que ver con la gente y ante la que ésta no podía reaccionar ni remover nada. Dejó escrito el teórico estadounidense (Divertirse hasta morir, 1985) que a partir de ese invento, el mundo del periodismo cambió las costumbres de la sociedad americana y, citando las palabras del inventor Morse, convirtió «a la sociedad norteamericana en un vecindario». Desde entonces ese mundo de noticias ha seguido cambiando y evolucionando, en tecnología y en concepto de «vecindario». El último capítulo de esta serie desinformativa se llama Twiter, la red social donde millones de personas vuelcan, volcamos, diariamente nuestras turbaciones.

Los pasados días una «noticia» ha circulado por Twitter a la velocidad del rayo mereciendo que muchos de nosotros le prestáramos atención y convirtiéramos el «hecho real» en una «falsa noticia». Me refiero a la que hacía referencia a una hipotética retirada política como libro de lectura para alumnos de segundo de bachillerato en Andalucía del título Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez. La noticia, escojo algunos ejemplos, venía difundida así por Twitter: «El gobierno de PP-Cs-Vox de la Junta de Andalucía retira “Los girasoles ciegos” (libro que trata la represión franquista y el horror de la Guerra) de la lista de lecturas obligatorias en Segundo de Bachillerato. ¿Empieza la censura?». Otro seguidor de esta red social entraba inmediatamente en la redifusión de «la noticia»: Ya está aquí la censura. El gobierno andaluz PP-CS-VOX retira “los girasoles ciegos” como obra literaria en 2°Bachillerato y selectividad. No quieren que la juventud sepa lo que hizo la derecha totalitaria en España. De este modo, a través de cada uno de los que retuitearon «la noticia» –cientos de personas– se difundió por ese inmenso tejido comunicativo que es la audiencia twitera, llegando posteriormente a cubrir páginas de medios de comunicación. Durante horas e incluso días parecía que Andalucía, o la Junta, o el Gobierno de PP-Cs-Vox, había metido mano en la lista de lecturas y había sacado de la misma el libro de Alberto Méndez. Y lo habría sacado, decían los difusores del notición, por diversas razones: libro antifranquista, relato sobre la resistencia contra Franco, libro escrito por un rojo, etc. Además, se destacaba por parte incluso de algún historiador, y al que admiro sinceramente, que «No [era] de extrañar. Y probablemente tampoco es por el libro, sino por el autor: un luchador clandestino (PSUC) bajo la dictadura. Tradujo mucho. Editó bastante. Y fue un “sacristanista”. Vamos, el tipo de gente que hay que castigar incluso post mortem». El sustituto del libro retirado, precisamente El cuarto de atrás de Carmen Martín Gaite, merecía para el mismo historiador este comentario: Los libros de Martín Gaite, comparados con el de Méndez, son lights. Todo ello, los comentarios, la forma de presentar «la noticia» y el contexto (inexistente) convirtieron el hecho en una falsa noticia: el libro, dcían, se retiraba de la lista de lecturas por razones políticas y quien lo retiraba era el mismo Gobierno andaluz. La conclusión daba lugar precisamente a la idea de que la censura y el juicio político eran lo que determinaban el «valor» de una lista canónica de literatura para jóvenes bachilleres. Nada que ver con la realidad de las cosas pero que Twiter convirtió, por unas horas o días, en «realidad virtual», es decir, falsa.

La realidad, la verdad de los hechos es sencillamente diferente y ha sido aclarado por algunos twiteros y por otros medios de comunicación que no tuvieron más remedio que contrastar la noticia y contrapesarla con otras fuentes informativas. Se resume muy fácilmente: la lista de lecturas de Bachillerato y sobre las que se basa el examen de la prueba de acceso a la universidad que se celebra todos los años en junio, la confecciona un equipo docente compuesto por profesores de la especialidad en la universidad (cada universidad designa un “ponente”) y por profesores que imparten la materia en Bachillerato más algún otro profesor designado por la administración educativa, generalmente la Inspección del distrito. Ese equipo trabaja durante todo el año a fin de configurar una lista de lecturas recomendadas y el modelo de examen que se presentará en junio a los alumnos. Las lecturas dependen del programa de Literatura y suele contener una serie de obras emblemáticas o representativas de la cultura literaria española del siglo XX. Durante varios años he formado parte de ese universo de la docencia de la literatura en Andalucía, he formado parte de esas ponencias y he aportado mis propuestas de lectura. Hay autores sencillamente indispensables…pero que no pueden formar parte todos juntos de un plan de lectura para alumnos porque sería imposible para estos acometer su estudio por falta de tiempo. Hablo, como ejemplos, de estos nombres: Unamuno, Machado, Lorca, Baroja, Azorín, Salinas, Guillén, Alberti, Hernández, Valle Inclán, todos ellos de antes de la guerra civil. Si nos fijamos en los que escribieron después del conflicto armado la lista sería inmensa. De todo ese corpus de autores se suelen espigar media docena de nombres y obras que, a juicio de la ponencia, serán objeto de lectura y estudio específico durante unos poco años, renovándose conforme se considere que llevan ya tiempo en la lista. En mis años de profesor era muy difícil que no estuvieran Luces de bohemia, de Valle, o una selección de poemas de Antonio Machado, o El árbol de la ciencia, de Baroja. Me costaba trabajo que los alumnos de los años 90 del pasado siglo leyeran con fruición Historia de una escalera, de Buero Vallejo, porque, es evidente, la obra dramática de ese autor quedaba ya muy lejos de sus inquietudes. En general, el profesor de literatura debe desplegar bastante esfuerzo y convencimiento para conseguir que sus alumnos de 15 años se enfrenten a obras escritas algunas de ellas ya hace más de ochenta años y muy lejanas a su mundo emotivo y cognitivo. Leer, simplemente leer, ya es una heroicidad hoy en nuestros Institutos de secundaria.

Cuando leí que Los girasoles ciegos estaba en la lista de lecturas de Andalucía pensé en el profesor que lo pudo proponer y lo felicité en mi interior. El conjunto de cuatro relatos de Alberto Méndez lo leí el año que salió publicado (2004) y me dejó impresionado, marcado por una sensación de inmensa tristeza y, a la vez, de admiración por el estilo y la escritura del libro. Es un relato prodigioso, por su concisión, su capacidad de resumir en frases breves la inmensa soledad del derrotado. Es posiblemente el relato sobre la guerra civil y la resistencia a la dictadura más metafísicamente representativo de lo que fue aquel enfrentamiento y las consecuencias del odio civil. En solo 150 páginas se condensa la historia del mal (revestido en algún momento en una sotana) y la historia de la derrota. Dos libros hicieron que entendiera en su justa medida ese problema del mal y del vencido: Si esto es un hombre, de Primo Levi y Los girasoles ciegos. El de Levi es la crónica memorial de su experiencia vital durante un año en un campo de exterminio. El de Méndez es un relato de ficción pero que podía haber sido perfectamente real. No sé –sería interesante que algún profesor que lo haya experimentado nos lo contara– cuáles han podido ser las reacciones de los alumnos de bachillerato cuando leyeron el libro de Méndez, sus emociones y sus juicios desde la distancia de un conflicto que va ya para ochenta años desde que ocurrió pero que sigue estando presente en la sociedad y en la política de los españoles contemporáneos. A las pruebas me remito.

Comparar Los girasoles ciegos (2004) de Méndez con El cuarto de atrás (1978) de Martín Gaite, que es la obra que lo sustituye, es evidente que se puede hacer, y se debe hacer. Pero nunca desde criterios exclusivamente de ideología política. Son dos obras escritas en décadas diferentes, con tradiciones narrativas seguramente distintas y con otros formatos y estilo. Decir que uno desaparece de la lista de lecturas a cambio de desdibujar la perspectiva “dura” sobre la guerra civil es, cuando menos, desproporcionado. Ambas obras pueden ser leídas con una mirada crítica, más o menos complaciente o más o menos distante, pero ambas son representativas de esa mirada crítica con la España que nos dejó el franquismo. Uno desde la mirada más militante o combativa contra el franquismo; otra desde una mirada más ilustrada o reformadora a la manera de los institucionistas liberales. Pero los dos surgidas de personas que, cada cual a su manera, sufrieron los estragos de una España católica, intolerante y justiciera.

Pero esta entrada la comencé hablando de Twiter y de las redes sociales y del factor perverso, por una parte, que estas tienen sobre la calidad informativa y la verdad de los hechos. Tienen algunos valores que no voy a desdeñar pero debemos estar preocupados por esa capacidad que tienen las redes de suscitar la mentira, de difundirla a velocidad del rayo y de crear un mundo de «falsas verdades», es decir de mentiras, que nos aboca a una civilización donde lo importante es «estar presente» en la escena pública aunque sea a cambio de ocultar el hecho complejo y verdadero. Postman lo califica así: «Huxley y Orwell no profetizaron la misma cosa. Orwell advierte que seremos vencidos por la opresión impuesta exteriormente. Pero en la visión de Huxley no se requiere un Gran Hermano para privar a la gente de su autonomía, de su madurez y de su historia. Según él lo percibió, la gente llegará a amar su opresión y a adorar las tecnologías que anulen su capacidad de pensar.»