Identidades colectivas

Foto Flickr Roberto Trombetta

Por Antonio SÁNCHEZ NIETO

Quién eres, de dónde vienes y a dónde vas son las cuestiones más recurrentes de la filosofía (y de la Guardia Civil, por eso causan respeto). Determinan nada menos que la identidad individual. El “quién eres”, planteado filosóficamente, puede crear problemas patológicos, por lo que, afortunadamente, desde los ochenta, los terapeutas del espíritu, mediante la sustitución del sentimiento de culpa por la autoestima y de la Filosofía por los libros de autoayuda, nos han librado de esa carga. Pero lamentablemente el hombre es un animal social que necesita reconocimiento y, al no ser el individual suficiente,  busca complementar esa identidad con otra colectiva en sus variadas formas, de género, de clase, étnico o, más específicamente, nacional.

Los descubridores de la nación lo concibieron como un mecanismo social que funcionaba como las personas y, así, tenía su carácter propio, su origen antiquísimo (historia) y su función a cumplir en el universo (destino). La nación tenía, además de un sustrato geográfico, otro humano, el Pueblo, en quien residía la soberanía. La pertenencia, exclusiva y excluyente, a ese colectivo venia determinada por la lengua, la cultura, la sangre, el suelo, en proporciones varias. Teóricamente la clase social no afectaba a la identidad aunque, al tener que ser propietario para poder votar, el derecho de ciudadanía se limitaba a una porción de la población.

Por supuesto, esa pertenencia habría de ser sentida, no pensada, porque ese sentimiento es netamente emocional.

Los sentimientos son buenos o malos dependiendo de la dosis. Es el excesivo amor a la Patria, ese que nos hace sentirnos orgullosos al ser diferentes de los vecinos por quienes sentimos amenazados, o no reconocen nuestra superioridad, el que resulta muy peligroso. Lo llaman nacionalismo.

Como los hijos de papá, los nacionalistas alardean de ancestros, compiten por la vejez (antigüedad la llaman) de su Nación y les molesta muchísimo que se les recuerde que el concepto nación es un invento de la Ilustración.

Todo este invento es imposible de mantener sin la existencia, real o ficticia, de un factor movilizador de pasiones y unificador de voluntades: el extranjero.

El caso es que los nacionalismos siempre crearon problemas a la izquierda. En el campo de los valores, por poner un ejemplo, es difícil de aceptar su carácter excluyente y discriminatorio. Desgraciadamente para la izquierda siempre que se ha enfrentado al nacionalismo, su enemigo natural durante le siglo XX, ha perdido por goleada. Lo curioso es que la nación, en su momento fundacional, era concepto muy querido por la izquierda por ser el marco donde se desarrolla la democracia y desde el que es posible fomentar y controlar la economía. Parecería lógico que ahora, dado que la mundialización y los crisis del actual sistema capitalista financiero (evidentemente crisis de legitimidad, pero también de poder) han demostrado la insuficiencia del marco nacional para abordar las amenazas económicas y políticas que se nos vienen encima, sería el momento propicio para que la izquierda hiciera prevalecer sus proyectos. Paradójica pero no sorprendentemente, ha ocurrido lo contrario: los vientos de identidad nacional soplan huracanados en todo el mundo barriendo a la ingrávida izquierda.

Guste o no, parece que un cierto grado de identidad nacional es necesario, pues donde este no existe, la alternativa parece ser el estado fallido, como en Libia, Siria, Somalia, Yemen…La identidad nacional, en estos momentos, parece un mal menor respecto a las posibles alternativas tribales o religiosas.

En España está por ver que es más permanente, si la victoria política de la izquierda o los efectos de la aparición de VoX en el sistema democrático como fuerza legítimada. Como consecuencia de cuarenta años de fascismo, existía un consenso en que ciertos temas, sin ser ilegales, no podían afirmarse en público por vergüenza social. No eran políticamente correctos. Por poner un ejemplo, la profusión de banderas e himnos en cualquier lugar público era visto por la izquierda y la derecha democrática, como aquelarres ultras. Eso se ha acabado y están por ver las consecuencias de los discursos en el foro de personajes auténticos, que hablan claro, sin complejos.  Gran parte de sus agendas han sido adoptadas por los partidos tradicionales y no producen escándalo. Ya forman parte el sentido común.

Europa, la patria común deseada como alternativa a las identidades nacionales es un relato que no ha tenido el éxito deseable… y tampoco es ya lo que era. La crisis económica borró toda esperanza de solidaridad cuando los países acreedores pusieron por delante sus intereses nacionales arruinando indecorosamente a Grecia y arrasando a los países mediterráneos, los PIGS. La existencia de dos Europas con intereses opuestos es una realidad geopolítica, sin que exista ninguna potencia con intenciones de liderar la reactivación del sueño europeo. Que no es sueño, sino necesidad acuciante.

Mientras tanto, la izquierda lo tiene crudo en este torbellino de identidades varias y variables. Puede que no sea mala idea regresar a su función histórica de defensa de los derechos económicos y sociales del individuo (derechos universales) por encima de los derechos, legítimos pero innecesariamente exclusivos, de los colectivos identitarios, sean de género, lengua, étnicos o nacionales. Desde que en los ochenta la izquierda abandonó esa lucha en búsqueda de mejores caladeros electorales no ha dejado de decaer. Ahora que, salvo en reductos escasamente representativos, está en franca desbandada y con el Estado de Bienestar en peligro obvio, no se perdería nada probando a recuperar su papel fundacional.

La izquierda siempre nos hemos regodeado de nuestra indiscutible superioridad ética burlándonos de la zafiedad de los ultras. Algo tan ridículo como el Tea Party nos hacía gracia. Cuando estalló el Occupy Wall Street lo saludamos como hito del cambio de los tiempos. Hoy nadie se acuerda del Occupy mientras el Tea Party se hizo dueño del Partido Republicano, llevó a Trump al poder, se unió al huracán ultra que ya domina Brasil, la India, Turquía, Israel, Rusia, China, Egipto…por no mencionar la tormenta tropical que se está gestando en Europa. Todo democráticamente, sin golpes de estado.

Bueno, nos queda la razón histórica…