Brutalismo

Por Juan JORGANES

Adolfo Suárez Illana declaró sobre el aborto que había que preguntar a las mujeres si preferían un hijo vivo o muerto, que en Nueva York se permitía el aborto después del nacimiento y que los neandertales ya hacían lo mismo. Rectificó el caso de Nueva York después de consultar, atención, con un despacho de abogados de la ciudad. El Diccionario de la lengua española le hubiera ahorrado esa molestia. Abortar: Interrumpir de forma natural o provocada, el desarrollo del feto durante el embarazo. Infanticidio: Acción de dar muerte a un niño de corta edad. Suárez se presenta por Madrid en el segundo puesto de la lista del PP. Su mentor, Pablo Casado, el estudiante veloz aunque ausente, se refirió a la ley del aborto del Gobierno de Zapatero como de “barra libre”.

-¡Ay mi madre!

-¡Ay mi tía!

Miguel Gila conseguía la sorpresa del humor en contextos insólitos: un fusilamiento, la guerra, o una broma brutal (“Y broma buena la que le gastamos al boticario, que en paz descanse desde entonces”). Iluminó el humor negro sin perder sus sombras mordaces. En sus personajes mezclaba inocencia y mala leche con causa. Se llama brutalismo a un estilo arquitectónico cuyo nombre no engaña. Inédito el término en la política, se podría aplicar a esta corriente deslenguada y grosera que ha encontrado en Washington a su duce redivivo y en Europa a fervorosos seguidores. Gila transformaba una realidad brutal en humor. El brutalismo político transforma la realidad en brutal. Tan hiperbólico y autocomplaciente con su tosquedad y simpleza nos causa esa congoja de no saber si reír o llorar. A la esposa del boticario, cuando se enfadó por la broma, le dijeron: “Si no sabe aguantar una broma, márchese del pueblo”.  Eso o impedimos que nos gobiernen los mozos del pueblo de Gila.