Agenda social

Foto Oiluj Samall Zeid

Por Javier ARISTU

Cumpliré años el mismo mes de las elecciones generales de esta primavera. El 28 de abril nos llaman, españoles, a las urnas. Tras barajarse otras opciones, finalmente el presidente Sánchez convoca para ese domingo, justo un mes antes de las elecciones europeas, municipales y autonómicas que serán el 26 de mayo. Una primavera rellenita de tensión. Cumplo años y espero celebrarlo por partida doble.

Primera observación: ¡ojo con los sondeos preelectorales, que los carga el diablo! No será la primera vez que fallan estrepitosamente (¿se acuerdan de Andalucía hace dos meses?). Lo digo porque, como todo el mundo sabe, el panorama político es móvil y voluble al máximo y está por ver que el preguntado en una encuesta diga exactamente lo que piensa o tenga claro lo que vaya a hacer el 28ª. Hay tela todavía por cortar y el panorama está abierto, bastante abierto.

Segunda observación: Por fin el PSOE se dio cuenta de que su terreno es el terreno de la apuesta social, de la llamada agenda social. La izquierda gana cuando es capaz de sustituir el debate de banderas por el debate de ideas y de programas sociales. Frente a la estelada, el salario mínimo; frente a la rojigualda, la subida de pensiones; frente a la blanquiverde, la defensa de los derechos laborales. Conviene afirmar con rotundidad y firmeza que el problema más importante hoy para “la unidad de España” –ese sintagma grandilocuente y justificativo de incapacidad política–  es pecisamente el de la igualdad social, el de superar la inmensa brecha que se ha expandido entre ricos y gente normal durante estos diez años de crisis histórica. Por eso, hablar de propuestas sociales y de programas de inversión social es la mejor bandera para la izquierda. Siempre lo fue.

Tercera observación: Cuando la derecha sube en la escala electoral es porque la izquierda se ha quedado, generalmente, sin discurso ni programa. Cuando un elector abandona al partido de izquierda y se marcha a su casa o a otros territorios más a la derecha nos está llamando la atención sobre las incapacidades e insuficiencias de la izquierda. Ese elector tiene su responsabilidad, ciertamente, por no perseverar en su opción por el partido de izquierda…pero más la tiene el partido por abandonar terrenos y programas que fueron tradicionales en su relación cultural con el elector. Estamos cansados de oír que el antiguo elector del partido comunista francés vota hoy Frente Nacional de Le Pen, afirmación que es cierta solo en parte, porque lo normal es que aquel antiguo obrero de la Renault votante comunista de por vida hoy se ha ido a su casa, seguramente.

Es evidente que hoy la izquierda europea (francesa, italiana, española…) tiene un serio problema de conexión con su tradicional base social y electoral. La izquierda que ha sido en las décadas pasadas el sujeto activo de nuestros territorios culturales y políticos hace tiempo que abandonó el paisaje de los trabajadores y de sus preocupaciones. No nos extrañemos, por tanto, que ahora ese trabajador, o el hijo de aquél, haya abandonado la casa de siempre y se pase a otra residencia donde cree que le representarán mejor. Estoy pensando en el votante andaluz que se quedó en casa el 2 de diciembre pasado, pero también en el votante catalán que vota Ciudadanos cuando antes había votado PSC o Iniciativa, o en el que puede votar a Vox creyendo que hace falta un partido de identidad fuerte frente al desconocido enemigo que viene por mar y tierra.

Acabo de terminar un libro que recomiendo vivamente y que nos da bastantes claves de lo que está pasando en este lento derrumbe de la vieja izquierda (y frustrado nacimiento de una ‘nueva’). Se titula Regreso a Reims y su autor es Didier Eribon. Cuenta el autor su vida como metáfora de lo que ha sido la pérdida de ciertas señas identitarias de la clase trabajadora y la necesidad, sin embargo, de recuperar y revitalizar clásicas banderas de la lucha social. Cito un pasaje: «Por más paradójico que pueda parecer, estoy convencido de que el voto por el Frente Nacional debe interpretarse, al menos en parte, como el último recurso con el que contaban los medios populares para defender su identidad colectiva y, en todo caso, una dignidad que sentían igual de pisoteada que siempre, pero ahora también por quienes los habían representado y defendido en el pasado» (pág. 135).

No podemos trasladar mecánicamente la situación francesa a la española, ni equiparar el voto al FN francés con el de Vox, tienen poco que ver. Pero hay un mensaje básico en el texto de Eribon que unifica ambas situaciones: si la izquierda abandona los intereses de su base social luego no puede sorprenderse de que esa gente busque otros asideros para sentirse afirmados como personas que cuentan en esta vida.

En estas semanas la izquierda puede volver a reencontrarse con esos ciudadanos que la han abandonado a lo largo de estos diez últimos años. Pedro Sánchez ha entendido, creo, el mensaje y trata de destacar el “programa social” por encima de la “guerra de banderas”. Confiemos en que podamos estar ante la apertura de un proceso de reconciliación entre la elite política de la izquierda y la base social popular. Y confiemos en que muchos abstencionistas sinceros y hoy desmovilizados comprendan la importancia de su voto y vayan al colegio electoral el próximo 28 de abril.