Sobre las “raíces” culturales de los andaluces

Dance. Foto Hernán Piñera

Por Carlos ARENAS POSADAS

Oía ayer a Pepa Bueno en la SER expresando su extrañeza por el hecho de que el futuro gobierno en Andalucía, si finalmente cuaja, se estuviera dilucidando en Madrid, entre los líderes nacionales de los partidos de la derecha. Una negociación sin tapujos, decía, que suponía –o así lo entendí- como un desprecio a los habitantes de una comunidad autónoma de tan hondas raíces culturales.

No deja de tener razón en la forma, en la apariencia. La ausencia de un partido nacionalista, al estilo PNV o CiU, incompatible con el modelo colonizado del capitalismo andaluz, y el atropello que cuarenta años de gobierno socialista han hecho de la historia del federalismo andaluz, de las propuestas liberalistas de Blas Infante y de las esperanzas populares manifestadas el 4 de diciembre de 1977, han provocado que hayamos llegado a este momento en el que dos lechuguinos –Casado y Rivera- se reparten Andalucía como si fuera una finca de caza mayor.

Esa es la forma; pero hay más, mucho más, por desgracia. Todas las raíces culturales son un constructo social; las crean las élites en su propio provecho y pronto se convierten en normas, verdades como puño, leyes objetivas, necesarias e inevitables que condicionan gravemente nuestra forma de pensar y de actuar. Y para nuestra desgracia, repito, esas raíces son en Andalucía, como dice Pepe Bueno, “muy profundas”.

Si  repasamos qué simbolizan social y económica esas raíces, si vemos a nuestra gente asistiendo masivamente a fiestas y espectáculos para beneficio de los constructores de la “tradición milenaria” en procesiones, romerías, cabalgatas, ferias, etc., etc., nos explicamos la extraordinaria fuerza reaccionaria de estos enlaces débiles con una tradición recreada cada día o, como decía el presidente Obama al respecto de las políticas migratorias de Trump, con el “sibilino darwinismo social” que encierran.

No sorprende por tanto que, como en tantos otros aspectos de nuestra vida, a corto o medio plazo, nuestro futuro dependa de las decisiones que se tomen en Madrid. No cabe otra por tanto que recuperar el orgullo individual y colectivo, poniendo los medios para recuperar una cultura popular de valores laicos, solidarios, igualitarios, empezando por desenmascarar a los aprovechados de tan sagradas tradiciones.