Andalucía y el PSOE (3)

Dolorosa, foto flickr por Sergio V. Cobo

Por Javier ARISTU

Continuamos con el análisis tras las elecciones del 2D.

  • Ciudadanos, la fuerza en ascenso. Es un partido que se presenta por primera vez en 2015 alcanzando con 369.000 votos la modesta cifra del 9 por ciento de los votos. Venía a recoger, en cierta manera, una bolsa de votos de capas medias incorporadas recientemente a los procesos electorales o que habían ido recorriendo diversos partidos como UPyD, PA o incluso PSOE y PP. Ya en 2018, y tras su apoyo legislativo al gobierno de Susana Díaz, llega a superar el medio millón de votos y un porcentaje del 18 por ciento. Ciudadanos puede representar a esos segmentos sociales, de estratos medios, situados en un difuso “centrismo ideológico” pero que parecen ser muy extendidos en la sociedad española. Son capas medias sometidas al bombardeo ideológico confuso y contradictorio a veces de un neoliberalismo económico combinado con un reforzamiento de ciertas señas identitarias españolas o nacionales. Poco que ver con las capas populares marginadas del tipo “chalecos amarillos” de Francia o votante medio de los Cinco Estrellas italiano. En Ciudadanos reside hoy un porcentaje importante de nuevos sectores incorporados a la economía de mercado a través de múltiples modalidades: autónomos individuales, pequeños empresarios castigados por la crisis, profesionales con aspiraciones, consumidores golpeados por las grandes empresas, etc. Es en estos momentos, y dada la estrategia imprimida por su actual equipo dirigente, una fuerza que puede seguir creciendo o bien desinflarse en un par de elecciones.
  • Vox, ¿fascismo o indignación? La gran sorpresa de las elecciones andaluzas al llegar a obtener 400.000 votos cuando tres años antes solo había recibido la confianza de 18.000 andaluces. ¿Qué significa Vox en el panorama político andaluz que parece ser la antesala del nacional? Esta es la gran pregunta de los próximos tiempos. ¿Se parecerá a la función que desempeña un Front National francés de Le Pen en el país galo o es solo la voz transitoria del votante desencantado con el PP? ¿Hay detrás de Vox un auténtico proyecto de recomposición de la derecha española? ¿Tendrá sostenibilidad la teoría (Enric Juliana) de las tres voces de la derecha española y un solo señor?
  • El bloque de izquierda se debilita. Aun sabiendo que es poco claro hablar en Andalucía de un “bloque de las izquierdas”, esto es, de la confluencia electoral de los votantes del PSOE y Podemos más Izquierda Unida en una pretendida alianza de programas, es por otra parte evidente que el ciudadano medio discrimina perfectamente los votos de esos dos partidos como “la izquierda” frente al resto de partidos (PP, C’s, Vox) que son considerados “la derecha”. Pues bien, haciendo un repaso a los resultados de todos los procesos electorales desde 1982, llegamos a conclusiones novedosas. La gran señal de alarma que marca el 2D es que por primera vez el bloque de las derechas supera en votos y porcentaje a las izquierdas. En 2018 la alianza de PP, C’s y Vox alcanza el 50 por ciento frente al 44 por ciento del bloque PSOE-AA. Es la gran ruptura respecto a los 35 años anteriores. Durante esas tres décadas siempre el bloque de izquierdas había superado, a veces holgadamente, a la confluencia de partidos que no se identificaban con la izquierda: desde un 50,8 por ciento de 2008 hasta el 67,4 por ciento de 1990. Pues bien, 2018 marca la gran frontera, no sabemos si provisional o permanente, que demuestra que la izquierda está perdiendo fuelle y es superada en votos y porcentaje por las derechas. Andalucía 2018 se convierte por tanto en el gran desencanto del mito del granero de la izquierda. Veremos si es una señal efímera o es signo de los tiempos.

Las consecuencias de este dato, y de la lectura de la serie cronológica de estas tres décadas, es fundamental a la hora de sacar lecciones para el futuro. Se desmonta la leyenda de que la competencia, incluso agresiva, entre las dos fuerzas de la izquierda beneficiaba a alguna de ellas, y se hunde también el mito de que el votante andaluz es un votante prototipo de izquierda. Al contrario, podemos sacar una primera conclusión: la crisis que viene atacando las bases del pacto social andaluz (y español) desde 2008 desarma las tradicionales cohesiones de la izquierda social y política, moviliza a segmentos sociales medios hacia opciones de derecha y ancla, posiblemente, a las fuerzas de la izquierda en segmentos tradicionales, corporativos o más débiles ante las acometidas de la crisis y que necesitan por tanto el apoyo subsidiario del poder político, y de capas medias urbanas.

  • Fin de la identificación Andalucía y PSOE. Susana Díaz centró toda su campaña en el binomio Andalucía=Susana. Otras convocatorias fueron sobre el binomio Andalucía=PSOE. Da igual, aparte del mayor grado de personalización que ha supuesto la campaña de 2018, la clave simbólica y la habilidad del partido gobernante ha sido provocar en el elector medio andaluz la idea de la identidad entre esos dos símbolos, Andalucía y el Partido socialista. En cierto modo, ha sido una interpretación particular de lo que esa teoría ha supuesto en Euskadi (identidad País vasco y PNV) y en Cataluña en la época del honorable (Catalunya y Convergencia pujolista). Desde 1982 se ha venido elaborando y desarrollando la construcción de un proyecto nacional andaluz en torno al PSOE. Hoy, en diciembre de 2018, podemos decir que ese proyecto está seriamente tocado. No en ruinas, ni mucho menos, pero sí con averías importantes en la estructura que sostiene el edificio. La posible pérdida (escribimos el 17 de diciembre) del gobierno andaluz por parte del partido de Susana Díaz supondrá la pérdida de los instrumentos decisivos y operativos de ese modelo de intervención social que basaba su poderío y su eficacia de forma sustantiva y decisiva en el presupuesto anual de la Junta de Andalucía y de sus organismos.

Es evidente que el PSOE pasó a ser el instrumento de modernización[1] de la sociedad andaluza tras el final del franquismo. Una sociedad que había sufrido impactos de gran trascendencia como la emigración de 1,5 millón de personas, la transformación de la agricultura tradicional en una de tipo capitalista, la industrialización rápida de ciertas zonas y la irrupción de un turismo de masas, necesitaba resituarse ante los nuevos retos de la democracia y de la integración europea. El PSOE ha sido el factor de consenso social masivo, capaz de aplacar brotes de rebeldía social en el medio rural y de homogeneizar una sociedad urbana cada vez más numerosa. Para ello se expandió por todas las zonas geográficas de Andalucía, creando un auténtico poder incontestable en el medio rural durante estas tres décadas y ayudando a generar una nueva cultura urbana de masas que no rompiera a su vez con las tradicionales identidades (fueran religiosas o de diferencias de clases). Sin embargo, progresivamente y conforme el modelo de servicios y de subvenciones se iba apagando ­–entre otras razones por la disminución de las trasferencias de Europa– el modelo ha ido perdiendo fuerza. Primero en las grandes capitales y zonas urbanas del litoral, cuando vimos cómo la antigua AP, el partido heredero de Franco, transformado en un PP de una nueva derecha, conquistaba en pocos años, a partir de los años 90 del pasado siglo, las alcaldías de las principales ciudades: Granada (1991), Málaga (1995), Sevilla (1995), Cádiz (1995), Huelva (1995), Córdoba (1995). Y a partir de ahí en amplias zonas del litoral mediterráneo, el espacio donde más está creciendo su población por razones inmigratorias, la fuerza del PSOE perdió brío y cedió el terreno a otras opciones entre las que destaca el PP.

[1] Usamos el término modernización como equivalente a adaptación de las estructuras sociales y económicas a los modelos dominantes y provenientes del marco europeo, fundamentalmente en las estructuras agrarias y de servicios.

 

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