Desconcierto

Foto Roel Wijnants

Por Julián Sánchez-Vizcaíno Castro

Cuentan quienes estuvieron presentes en aquel acto que Julio Cerón, el fundador del FELIPE, recién llegado del exilio y haciendo gala de la gran agudeza e ironía que caracterizaban al personaje, inició su primera conferencia en España con estas palabras: “Al morir Franco hubo en España mucho desconcierto, no había costumbre”.

Desconcierto, esta es la palabra adecuada para caracterizar el estado de ánimo de gran parte de la ciudadanía en un mundo y en un país asediados por informaciones que jornada tras jornada, hora tras hora, minuto tras minuto, desbordan nuestra capacidad de asimilación. Los acontecimientos se suceden con rapidez, los árboles no dejan ver el bosque, y la continuidad vertiginosa de sorpresas que nos sobrecogen no atiende a las limitaciones que como seres humanos nos condicionan a un conocimiento de la realidad que requiere tiempo y maduración.

Sin embargo, la formación de la opinión la perfilan en nuestros días, en gran medida, un conjunto de factores que inducen a la impulsividad y a todo tipo de emociones negativas. En este sentido, las élites globales y las grandes corporaciones, como es bien conocido, ejercen en última instancia el auténtico poder de persuasión y orientación de conductas a través de los medios tecnológicos de gran sofisticación con los que colonizan el universo de internet y las redes sociales.  

No da tiempo a pensar con tranquilidad sobre los hechos más relevantes que suceden en la esfera pública. Las noticias que se dan son en su mayor parte la que los editores seleccionan a partir de criterios que calculan el impacto directo o indirecto con fines comerciales. Del mismo modo, la jerarquización de las noticias en la presentación que de estas hacen las cabeceras viene determinada por los resultados sobre los “gustos” de los destinatarios potenciales, suministrados por los contadores de “clics” de las plataformas digitales. Deseos previamente modelados a conveniencia.

Con ese panorama, el derecho a saber se nos presenta a los ciudadanos y ciudadanas con un rostro muy poco amable, si no directamente desfigurado. La valoración fundada y contrastada de las referencias y argumentos informativos, a llevar a cabo por los medios de comunicación serios, empieza a ser irrelevante en un mundo virtual en el que sostener un ideal de ciudadanía crítica de raíz democrática para el debate público, más allá de la pura retórica, parece fuera de lugar.   

Desde esta perspectiva, la capacidad de diálogo e interacción, la comunicación de matriz política, va a ser delineada por las condiciones impuestas por agentes no elegidos que responden a las exigencias del beneficio privado. La democracia deliberativa, cimentada en el derecho a una información veraz y a la libertad de expresión en igualdad de condiciones, no existe en la práctica.

Las organizaciones sociales y los movimientos ciudadadanos no tienen fuerza suficiente para explotar horizontalmente la potencialidad de la red con vistas a la puesta en común de ideas y propuestas y la incorporación de las mayorías sociales a procesos políticos más participativos. El nuevo capitalismo tecnológico y mediático se muestra, cada vez más, incompatible con la democracia.

A ello contribuye, sin duda, la gran capacidad del sistema para hacernos creer que todos estamos capacitados para ser triunfadores. A modo de self-made-men/women de la ciberesfera, cualquiera podría hacer realidad el “technological dream” y convertirse en un “influencer”, salir del anonimato y convertirse en líder de masas.

Así, las visitas al correspondiente canal propio de Youtube, el número de seguidores en la cuenta de twitter, o en cualquier otra red social, y la cuantía de los ingresos publicitarios que atraiga directa o indirectamente, se convierten en la medida del éxito individual. Si no estás en la red y quieres ser alguien, no estás en el mundo. Si no consigues muchos seguidores y cobrar por publicidad, no eres nadie. Si eres periodista te contratarán o despedirán según el número de visitantes que tengan tus textos.

La demagogia es el principal medio con el que conseguir seguidores, se compite en banalidad y mal gusto, agresividad y “polarización”, para atraer la atención. De este modo, el sueño de la democratización de la palabra, la igualdad en el ejercicio del derecho de opinión y expresión, que para los tecno-optimistas de las nuevas oportunidades inherentes a la revolución digital venía para quedarse como nuevo paradigma del progreso democrático, se convierte en aliento dramático a la vulgarización y el narcisismo, incentivo a la pésima calidad democrática de nuestra sociedad, y forma idónea de nuevo arrinconamiento al consumo de telebasura o ciberbasura para los excluidos sociales, intelectuales, culturales y políticos, cada vez más numerosos en un contexto de desigualdad en aumento y de empobrecimiento económico y educativo.

Por supuesto, a la inmensa mayoría de los candidatos a formar parte de este renovado mundo del “star system” el nuevo escenario los llevará a la frustración. En esa inmensa operación comercial dirigida entre bambalinas por los auténticos directores de escena, estos sacarán y meterán en los circuitos a quienes más les interese en cada momento. Si hoy se escribiera un drama de crítica social que reflejara el clima de la época, como hizo Arthur Miller en “Muerte de un viajante”, habría que titularlo “Muerte de un influencer”.

Desconcierto, retomamos la palabra, también el de una izquierda que parece haber sido absorbida y abatida en este nuevo campo de batalla, quizás por haber perdido la costumbre de reconocerse en el pensamiento crítico y la acción consecuente. ​

Anuncios