Nacionalpopulismo

Foto jef Safi

Por Francisco FLORES TRISTÁN

Emmanuel Macron ha advertido recientemente sobre la vuelta del Fascismo y ha  venido a decir que Europa se encuentra en un panorama político muy parecido al período de entreguerras. ¿Son fascistas los movimientos que han protagonizando victorias electorales como las de Trump en EEUU, Rodrigo Duterte en Filipinas, Víktor Orban en Hungría, Salvini en Italia hasta la más reciente de Bolsonaro en Brasil, o avances más modestos como los del Frente Nacional en Francia o Afd en Alemania? Creo que en rigor no se pueden calificar estrictamente de fascistas y mucho menos pensar que las circunstancias actuales son las mismas que las del período de entreguerras aunque podamos observar muchas coincidencias. Se dan diferencias ideológicas significativas entre estos movimientos, que quizá podríamos calificar de nacionalpopulistas y el Fascismo e incluso entre cada uno de los diversos  partidos u organizaciones de cada país. Pero sí que comparten una parte importante de su ideario y de los factores que motivaron su éxito. Y lo sean o no, lo cierto es que están poniendo en peligro el funcionamiento de la Democracia tal y como hoy la conocemos.

Igual que el Fascismo surgió apoyado en la crisis de posguerra y en la de 1929, estos movimientos nacional-populistas toman impulso con la crisis económica del último decenio. Es muy improbable que la proliferación de estos movimientos se hubiera producido sin el caldo de cultivo de los damnificados por el proceso de Globalización y especialmente por la crisis económica que comenzó hace ahora diez años.

El común denominador más presente en estos movimientos es el Nacionalismo que se manifiesta por una parte en una política económica proteccionista contraria a los efectos de la Globalización y por otra en un rechazo más o menos claro al extranjero, especialmente el inmigrante al que se culpa del paro y del deterioro de las condiciones de trabajo. Esto explica por ejemplo el crecimiento del Frente Nacional francés en el cinturón rojo de las ciudades francesas sustituyendo progresivamente la influencia del Partido comunista o el apoyo a Trump por parte de los trabajadores de los Estados, como Michigan, Ohio o Pennsylvania donde la crisis de la industria automovilística y afines se había manifestado con mayor crudeza. Todos los analistas coincidieron en que este apoyo fue decisivo para la victoria de Trump en 2016. En Europa este Nacionalismo va ligado a un rechazo de la Unión Europea como organización que se superpone y constriñe a la “Soberanía nacional”.

Otro elemento presente en la mayoría de estos movimientos es su afición a una “Justicia “expeditiva, sin demasiadas garantías, propia del Far West. Como caso extremo alguno de estos movimientos ha llegado a promover el linchamiento como es el de Rodrigo Duterte en Filipinas, que reconoció haber asesinado el mismo a 32 supuestos delincuentes y que proponía ejecutar cada día a 32 traficantes para acabar con el tráfico de drogas; más recientemente Bolsonaro, el flamante Presidente electo de Brasil, ha prometido la impunidad para los Policías que maten a delincuentes o para los propietarios frente a los intrusos en sus domicilios. Sin llegar a tanto Salvini ha prometido censar a los gitanos extranjeros y expulsarlos ipso facto. Esta apelación a las armas y a la “mano dura” suena muy bien entre sectores atemorizados por la delincuencia y generalmente con escaso nivel cultural. Por otra parte este recurso a los métodos expeditivos frente a la delincuencia deriva frecuentemente en una cierta exaltación machista, por aquello del rol tradicionalmente más violento asignado al “macho” salpicado de reticencias o incluso de rechazo a los colectivos feministas, homosexuales o transexuales a menudo identificados con ambientes propicios a la drogadicción o en general a la marginalidad.

Quizá una de las características más chocantes y contradictorias de estos movimientos es que se suelen presentar como contrarios al poder establecido, al “establishment”. Causa verdadero estupor que personajes como Trump, al que la lista Forbes sitúa entre las 400 personas más ricas del mundo, se puedan presentar como “contrarios al establishment” y ajenos a la oligarquía dominante. La explicación está en que hay mucha gente que cree ingenuamente que la oligarquía dominante está formada esencialmente por “políticos”. Así se entiende que, para muchos norteamericanos, un empresario de la construcción, propietario de famosos hoteles y uno de los hombres más ricos del mundo además, no sea un hombre del establishment sencillamente porque no pertenece a la élite política de Washington. 

En otros casos el acento se pone en que estos nuevos movimientos son ajenos a los partidos que tradicionalmente se han repartido el poder (normalmente democristianos/conservadores y socialdemócratas). Esto parece que autoriza a gentes como Le Pen, que lleva muchos años de diputada o Bolsonaro, que lleva 21 años en el Congreso cambiando continuamente de partido, a presentarse como contrarios a la oligarquía dominante. Desde luego facilita mucho las cosas el que durante años se hayan sucedido escándalos de corrupción que han tenido a esos partidos “tradicionales” como protagonistas. Se observa en esto también un cierto paralelismo con el Fascismo de entreguerras al presentarse estos movimientos como algo nuevo y limpio frente a la política tradicional identificada con la corrupción y el “pasteleo”. Recuerda bastante a los partidos fascistas que se presentaban como el partido “antipartido” o a aquello que repetía la Falange de que no eran “ni de Derechas ni de Izquierdas sino todo lo contrario”. De este rechazo a la “Política tradicional” o simplemente de la “Política” se derivan dos aspectos, uno de los cuales coincide también con los antiguos Fascismos. El primero de ellos es la tendencia al “Caudillismo, a la aparición del líder carismático. A diferencia del antiguo Fascismo el nuevo Populismo acepta la Democracia (por ahora) pero rechaza ciertos aspectos de la misma, algunos ya reseñados como el respeto a las minorías o el de una Justicia con pleno respeto a las garantías procesales. De la Democracia le interesa sobre voto el derecho al voto (solo de los nacionales por supuesto); esto es lo que Viktor Orban ha definido como “Democracia iliberal”. En esta Democracia se apela al poder del pueblo representado no tanto por el Parlamento (refugio de “políticos”) sino por ese líder carismático en el que éste se refleja.  El otro aspecto que se deriva de este rechazo a la Política tradicional no coincide sin embargo con el Fascismo de entreguerras. Se trata de la “aversión a los impuestos” que son vistos, no como la herramienta que sostiene el “estado de bienestar” sino como el dinero que sostiene a los políticos corruptos. Ejemplos de esta tendencia lo hemos tenido en España con el rechazo generalizado al impuesto de sucesiones. De esta manera se consigue mantener contentos al empresariado y la Banca y se halaga a las clases populares a las que se les promete la cuadratura del círculo, más bienestar y menos impuestos, como el  caso más reciente de Salvini.

Todo esto es bien sabido. Desde la Izquierda y otros sectores demócratas se ha denostado y lamentado la aparición de estos movimientos pero no acaban de articularse alternativas que los frenen. En Europa la prueba de fuego va a ser las elecciones al Parlamento europeo del próximo mes de mayo. A veces me asalta la duda de si no es inevitable cierta travesía del desierto, es decir que quizá tengamos que pasar por las horcas caudinas del triunfo de estos movimientos para que el pueblo vea cual es su capacidad de gestión y sirva de vacuna para el futuro. Pero en todo caso lo mejor será que todos nos apliquemos para evitar el avance de este Nacionalpopulismo. Al menos hay 5 elementos en los que la Izquierda debería centrarse para privar de argumentos al Populismo:

1.- Lucha contra la corrupción. Durante demasiado tiempo en países como España, Italia o los países latinoamericanos se ha sido demasiado tolerante con la corrupción. La corrupción de los partidos tradicionales ha alimentado el rechazo a los mismos e incluso, yendo más lejos, a la “Política” en sí misma por aquello del argumento de que “todos son iguales” (todos menos la nueva Política teñida de tintes caudillistas claro). En Brasil por ejemplo el famoso caso “Lava Jato” y otras corruptelas han arruinado el crédito de que gozaba el partido de los Trabajadores contribuyendo decisivamente al fracaso de Haddad y al triunfo de Bolsonaro. En España el “apoliticismo” se remonta a la época de la Restauración, régimen identificado con la corrupción y el caciquismo. Más tarde  se incrementó notablemente por la campaña machaconamente contraria a la Política y los partidos en la época de Franco  y se ha visto reforzado en nuestros días por los numerosos casos de corrupción en el PP y, en menor medida, del PSOE.  Es imprescindible si se quiere hacer frente al Populismo atajar la corrupción tomando medidas legales duras contra la misma y renovando y limpiando la estructura de los partidos afectados por la misma.

2.- Política fiscal y Unión europea. Pero no basta con atajar la corrupción. La Izquierda tiene que desarrollar una campaña ideológica que ponga en valor las conquistas del “estado de bienestar”, sistema hoy en peligro que solo se pudo conseguir con un Estado fuerte, dotado de ingresos suficientes provenientes de los impuestos. La demagogia de pretender más estado de bienestar con menos impuestos, como algunos populistas del tipo de Salvini en Italia pretenden, es como defender la cuadratura del círculo. La Izquierda tiene que explicar con claridad que, si queremos tener mejores pensiones, mejor sanidad, mejor educación, mejor estado de bienestar en definitiva es preciso reforzar fiscalmente el Estado combatiendo la evasión fiscal (desterrando prácticas tan aceptadas socialmente en un pasado reciente como no pagar el IVA)  y gravando especialmente las rentas más altas, las nuevas tecnologías y las transacciones financieras. Pero al mismo tiempo hay que recordar que en un mundo globalizado este reforzamiento fiscal es muy difícil desde el Estado nacional tradicional (no digamos desde mini Estados nacionales producto de la fragmentación de los ya existentes). En nuestro ámbito europeo esto exige dar la batalla por el reforzamiento de la Unión Europea. La ultraderecha nacionalpopulista va a plantear la batalla contra la UE a la que se asocia no sin razón con las políticas austericidas. Pero la Izquierda tiene que plantear que se puede estar contra estas políticas austericidas y al mismo tiempo a favor del reforzamiento de la Unión. Por ello se hace más necesario aún que los partidos de Izquierda superen el ámbito nacional planteando programas comunes a nivel europeo donde se planteen avanzar hacia la armonización fiscal, hacia los Derechos sociales europeos y hacia una mayor unidad política. Es inconcebible que los nacionalpopulistas con el amparo de Steve Bannon estén ya coordinándose con el objetivo más o menos confesado de destruir o a al menos deteriorar los mecanismos de la Unión y la Izquierda sea incapaz de coordinarse a nivel europeo para dar la batalla a estas políticas. El deterioro de la Unión europea no sirve sino a los intereses defendidos por Trump. De ahí el apoyo que éste está dando al Brexit y a todos los grupos que quieren deteriorar la Unión.

3.- La defensa de la Democracia representativa. La Democracia representativa y parlamentaria sin duda necesita perfeccionarse, profundizarse y adaptarse a los cambios tecnológicos y económicos derivados de la Globalización pero esto es muy distinto a intentar socavar  o desprestigiar este sistema, mucho menos  cuando no hay alternativas mejores. La pretendida ”Democracia directa” ni siquiera funcionó adecuadamente en la antigua Atenas donde se superponía a una gran masa de esclavos, metecos y mujeres privados del derecho al voto. El sistema asambleario no ha funcionado más que en pequeñas comunidades. No existen hoy medios tecnológicos y sobre todo conciencia social generalizada en la sociedad como para convertir a todo el cuerpo electoral en el legislador permanente  sustituyendo al Parlamento. Y la otra alternativa a la Democracia representativa es aún peor, el “Caudillismo”, es decir delegar el poder del pueblo en un personaje carismático que asume los poderes. Aunque no hemos llegado al nivel de la época de Mussolini y Hitler ese es el camino que nos señala el apoyo incondicional a líderes como Trump, Bolsonaro o Salvini. Creo honestamente que algunos lemas salidos del 15 M como el “no nos representan” han contribuido a confundir a la ciudadanía. Claro que nos representan si los hemos elegido. Otra cosa es que a muchos no nos gusten o que nos hayan decepcionado. Para eso tenemos derecho al voto, para cambiarlos. Y otra derivación negativa ha sido el desprecio a los procedimientos legales considerando que basta  simplemente con la legitimación de la mayoría. Sin el respeto a los Derechos humanos, que incluye también a las minorías, y sin separación de poderes no hay Democracia. Hemos oído con frecuencia en los últimos tiempos afirmar a ciertos dirigentes políticos  que es legítima la insumisión a las leyes injustas. Bien, esto es admisible cuando se trata de leyes  de una Dictadura pero, cuando las leyes han sido aprobadas por un Parlamento democrático en condiciones de Libertad y respeto a los derechos humanos no es legítimo declararse insumiso aunque se esté en desacuerdo. Es perfectamente legítimo criticar y tratar de cambiar las leyes pero no desobedecerlas. Si admitimos esto mañana cualquiera puede negarse por ejemplo a pagar impuestos porque considera que son excesivos o porque sirven para proteger a inmigrantes o simplemente porque el Gobierno está dirigido “por un usurpador”, como he oído decir recientemente. Esto parece el ABC de la Democracia pero la Izquierda a veces parece haberlo olvidado. Se trata en definitiva de ser coherentes con nuestros planteamientos.

4.- Inmigración. La Izquierda ha de tener claro aunque sea políticamente incorrecto que no puede haber libertad absoluta para que lleguen a Europa todos los inmigrantes que lo deseen. La inmigración es necesaria por razones conocidas, desde la sostenibilidad de las pensiones hasta la demanda de empleo que no cubren los naturales del país. Pero ha de ser una inmigración ordenada y controlada. Para ello la Unión europea debe habilitar los medios necesarios para que no sean solo los países fronterizos, como España, Italia o Grecia los que soporten la presión migratoria. Y estos medios son de dos tipos. Por un lado los que hacen posible contener el flujo migratorio, Policía de fronteras, centros de acogida… Pero tan  importante o más es combatir las causas de la migración, multiplicar la ayuda al desarrollo incluyendo la ayuda para el control de la natalidad. Mientras tengamos al lado un continente como África con condiciones de vida tan penosas y soportando además una explosión demográfica la presión migratoria será muy difícil de encauzar. No solo por solidaridad sino por la propia supervivencia del sistema es imprescindible allegar recursos que promuevan el desarrollo de los países del Sur y practicar con ellos un trato comercial equitativo, lo que algunos llaman simplemente una política de “comercio justo”

5.- Educación. De siempre se ha dicho que la Educación es un pilar fundamental de la Democracia porque nos permite formar a “ciudadanos/as” conscientes de sus derechos y sus deberes para una convivencia democrática. Desde hace décadas se ha venido haciendo un gran esfuerzo en materia educativa sobre todo en materia cuantitativa, es decir en lo que se refiere a la extensión de la Educación pero quizá ese esfuerzo no ha sido suficiente en lo cualitativo, en mejorar lo que habitualmente llamamos “calidad de la Enseñanza”. Por otra parte desde hace décadas se viene insistiendo en el objetivo educativo de proporcionar trabajadores cualificados  que la economía demanda. Eso está bien y es necesario pero al mejorar las “competencias” no podemos olvidarnos de otro objetivo fundamental de la Educación que es la de formar a individuos libres y conscientes de sus deberes y derechos como ciudadanos. La Izquierda no puede caer en el utilitarismo y en el pragmatismo de valorar solo lo que conduce a tener un trabajo cualificado. Formar buenos/as ciudadanos/as implica una formación humanística que fomente en el alumnado el amor al saber y al conocimiento racional y le permita conocer los fundamentos y el funcionamiento de la sociedad en la que vive. Y no podemos olvidar por último el papel de los medios de comunicación. No se trata de controlar los medios pero sí de mantener unos medios públicos alejados de la basura informativa que trabajen por fomentar la cultura y el sentimiento de ciudadanía y de respeto a los derechos humanos.

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