…camino al andar

Foto flickr Marcin Bajer

Por Javier ARISTU

Seguimos hablando de Andalucía y Cataluña, las dos comunidades autónomas que seguramente van a protagonizar el inmediato futuro. Dos protagonistas del diálogo interterritorial por condiciones naturales: son las dos comunidades más pobladas de España (8,4 millones Andalucía y 7,5 millones Cataluña), ambas han jugado históricamente un papel decisivo, aunque muy diferente, en la gobernación de España y mantienen entre ellas una “especial relación” por causa de la emigración/inmigración de más de un millón de andaluces a Cataluña en las décadas pasadas. Como alguien muy acertadamente señaló en los recién celebrados Diálogos Catalunya Andalucía, el factor inmigración se ha constituido en un “factor fundante” de la nueva Catalunya, la democrática que surgió a lo largo de los años setenta. Efectivamente, ese hecho ha sido elemento fundador de esa Cataluña que hoy, décadas después, pasa por riesgos y aventuras surgidas de un “factor identitario” que solo puede traer partición y división.

Aquel fenómeno que en la otra cara del proceso significó la emigración, el éxodo de cientos de miles de andaluces hacia otras tierras, especialmente Cataluña, ha sido a su vez elemento constituyente de esa otra Andalucía que comienza también a surgir en los años sesenta, a partir de lo que se llamó modernización agrícola, de la urbanización, de la reconversión hacia una economía industrial y de servicios y de la renovación cultural. Aquella Andalucía que comienza a perder sus “señas folklóricas de identidad” por otras de una Andalucía moderna y democrática que tiene su fecha constituyente en 1977, con el 4D, y en 1980, con el 28F.

No hay posiblemente en España ningún otro fenómeno de conexión y relación mutua entre comunidades como el de Cataluña y Andalucía. Algunos existen: el propio de Aragón con Cataluña, o Euskadi con Rioja, o Extremadura con Castilla (y Portugal) …pero ninguno de ellos tiene ese “factor fundante” al que nos referíamos antes. Miles y miles de familias catalanas tienen sus raíces en Andalucía y es imposible entender la Cataluña actual sin “el componente del emigrado”. Sin embargo, y a pesar de ese mutuo histórico trato, es sorprendente la inexistencia de un vínculo estable a nivel institucional entre ambas sociedades. Y cuando digo institucional no me refiero solo a la Junta de Andalucía o la Generalitat, o a ayuntamientos de allí y de acá. Me refiero a ese entramado de organizaciones sociales, de medios de comunicación, de entidades culturales y otras más que dan sentido a una “cultura cívica” en cada sociedad.

Es, además, altamente preocupante que exponentes destacadísimos de la política andaluza, aquellos que tienen como compromiso abrir vías de mejoramiento de esas relaciones, apuesten precisamente por lo contrario o, en otra perspectiva, por la ignorancia (falta de conocimiento define la RAE) o el silencio del otro. Es como si se pensara que mejor desconocer u ocultar lo que está pasando en el otro lado para así seguir viviendo nosotros a nuestra manera. Llama la atención las actitudes de personalidades como José Rodríguez de la Borbolla –ex presidente de la Junta de Andalucía y consejero influyente de Susana Díaz– o Juan Ignacio Zoido –ex ministro del Interior y dirigente máximo del PP andaluz– cuando al hablar de Cataluña, del conflicto catalán y del conflicto español, recurren al ninguneo del otro o a la ignorancia del problema.

Estas dos personalidades dialogaron el pasado lunes en un encuentro organizado por la Cadena SER y el diario El País con motivo del 40 aniversario de la Constitución. Según la información que aporta el propio diario, Borbolla llegó a decir: “La Constitución no se puede reformar si es para resolver el problema del independentismo catalán, para eso no merece la pena”. La boutade, que podría ser la de un provocador o un incompetente, muestra la perspectiva con la que se quiere obviar, ocultar, relativizar el problema número UNO que hoy tiene la articulación territorial y constitucional española. Borbolla no ha sido en política un incompetente: a las pruebas de su trayectoria me remito. Sí ha tenido en los últimos tiempos tentaciones de hooligan, de provocador de algaradas mediáticas en relación con este asunto de Cataluña. Su contertulio en esa mesa, el ex ministro Zoido, le ratifica la mirada despreciativa con otra frase redonda: “No es el momento idóneo de reformarla [la Constitución]”. De Zoido solo recuerdo, aunque me gustaría olvidarla, su nefasta intervención como máximo responsable de la policía el día 1 de octubre del pasado año en Cataluña. Otro momento para haber mostrado mayor acierto. ¿Cuándo sería el momento para reformar una Constitución? Nos dice Borbolla: “Yo creo que la Constitución goza de buena salud y tiene una gran vigencia. Quedan temas por reformar, pero sobre todo tiene unas instituciones muy fuertes que pueden dar respuesta a los ataques secesionistas desde Cataluña”. Es asombroso cómo el lenguaje de la política, lo que viene en denominarse «lengua de madera» de los políticos, hecha de circunloquios, perífrasis y rodeos que lo único que hacen es ocultar la realidad de las cosas, se ha convertido en un proceso de mistificación de la realidad. No sé cuáles serían esos “temas por reformar” en la Constitución pero, por lo visto, no son el de la articulación territorial del Estado, el de la recolocación de Cataluña y Euskadi, entre otros, en un renovado marco del estado español en Europa. Al parecer, según Borbolla y Zoido, gozamos de una extraordinaria salud como Estado: quien no se consuela es porque no quiere.

La actitud de una buena parte de los políticos andaluces podría encuadrarse dentro de esta «escuela de pensamiento» que personifican Borbolla y Zoido. Su actitud con los catalanes y con Cataluña suele ser de ignorancia si no de desprecio; su complejo con Cataluña expresa alarmantemente una cierta actitud de subordinación; se encuentran muy a gusto en el eje Sevilla-Madrid y si pudieran harían desaparecer de la realidad política y mediática ese “elemento distorsionador que es lo catalán”. El mejor mensaje para estos políticos andaluces criados en las aulas del PSOE y del PP es el de «no menealla» (la Constitución) o bien el más castizo de «todas por igual» (las autonomías). Posiblemente les habría mejorado la figura si hubieran seguido esa máxima zen que dice: « No hables a menos que puedas mejorar el silencio».

Estamos ante unas elecciones importantes para Andalucía. Esta comunidad juega un papel decisivo en el futuro de España, por su importancia demográfica y su función política en el sistema español. Un importante periodista como Enric Juliana nos decía el otro día a través de La Vanguardia que los andaluces y los catalanes deberán dialogar a fin de reconstruir un marco de convivencia. Estos son tiempos de cambio, de recomposición: tendrán que ser pacíficos, dialogados y democráticos, pero son tiempos donde van a cambiar cosas. La Constitución tendrá que ser modificada si queremos resolver algunos de los problemas que nos bloquean en la actualidad: profundizar en el carácter federal de la organización territorial, desarrollar los derechos sociales y nuevos derechos individuales y adaptar nuestra situación dentro de Europa. Algunos dicen que la forma de Estado (monarquía o república) es el eje principal de esa reforma o proceso constituyente; yo no lo creo ni me parece que sea el asunto  central de ese proceso de reformas, sin descartar que se plantee en el futuro y que se decida en su momento. Y quien no lo quiera ver, desde la política activa, y no actúe en esa clave de gobernar el cambio tendrá que dejar el testigo para que otros sean capaces de hacerlo. No son tiempos para encerrarse en fortalezas que sirven solo para proteger a ciertas elites políticas que disfrutan con el continuismo y la rutina del poder. Es evidente que habrá que salir a terreno abierto y combatir democráticamente por un proyecto de convivencia donde se respeten los hechos diferenciales y se asuma la necesidad de un proyecto consensuado de solidaridad y corresponsabilidad.

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