Clientelismo ¿andaluz?

Vista de Conil. Foto JJ Merelo

Por Javier ARISTU

Ha comenzado, como una melodía ya repetida y que viene de muy atrás, el soniquete del clientelismo en Andalucía. Las elecciones del próximo día 2 de diciembre comienzan a marcar un ritmo que, por lo general, no se oye fuera de ese tiempo electoral. Andalucía como «sociedad clientelar», que es lo mismo que decir como un conjunto de ciudadanas y ciudadanos que se dejan embelesar por los cantos del poder. Sin criterio propio, sin opinión ajustada y sin autonomía de juicio, la mayoría de los andaluces –nos dicen esos rítmicos opinadores– votan al poder, el cual les facilita su vida sin ejercer ni oficio ni trabajo a cambio de ese voto.

La cantinela viene de antiguo y suele ser especialmente mordaz y agria cuando se habla del andaluz como persona indolente y pasiva que, si antes delegaba en el cacique por miedo y temor a perder el poco jornal que éste le daba, en esta democracia moderna votaría al PSOE que le facilita «la paguita», es decir, el seguro de desempleo o el derecho a recibir una prestación. Es, como digo, un viejo romance que arranca desde tiempos ya de nuestros abuelos, de aquellos años de la Restauración borbónica de Alfonso XIII donde el sistema social de Andalucía se basaba, efectivamente, en una relación de dominio, subrayo lo de dominio, del cacique terrateniente sobre el jornalero a partir del hecho decisivo de que el era el cacique quien detentaba el privilegio de conceder el trabajo, el jornal. Aquel sistema fue estudiado desde comienzos del pasado siglo XX por diversos autores que vinieron a conformar entre todos ellos una especie de «biblia del caciquismo» que ha pasado a nuestros tiempos sin modificarse y sin prestar atención a los cambios ocurridos dentro de ese modelo.

Lo que menos podemos decir de los actuales propagandistas del llamado «caciquismo andaluz del PSOE» es que les falta estudio, profundidad y actualidad. Seguir hablando de «caciquismo andaluz» es absolutamente improcedente: no hay ya caciques en el campo andaluz. Cualquiera que se pasee y recorra un poco los municipios del interior latifundista andaluz –todavía hay latifundios, es decir, extensas propiedades de tierra de un solo propietario–, ese conjunto de pueblos de las provincias de Córdoba, Sevilla, Cádiz, Málaga y Jaén, los situados entre Sierra Morena y las cordilleras béticas y que vienen a poblar y dar sentido a la depresión del Guadalquivir, puede comprender perfectamente que el modelo de dominio y de relaciones sociales es profundamente diverso al que dio sentido al caciquismo andaluz de la primera mitad del siglo XX. Por todo ello, seguir hablando de «caciquismo» es impropio y erróneo.

Otra cosa son los llamados «sistemas clientelares de control social» que haberlos, haylos. Andalucía, la sociedad andaluza, la urbana y la rural, la de las ciudades y las de los pueblos está sujeta a unos procedimientos de dependencia o de subordinación al poder político democrático que no la hacen diferente o peculiar frente a otras sociedades españolas o europeas. No voy a hablar del poder económico o social. La dependencia del ciudadano respecto del poder económico ya es motivo suficiente para escribir otro artículo denso y extenso. Al ser precisamente Andalucía un modelo social donde lo rural y lo urbano todavía mantienen una tensión –bien es verdad que con claro predominio y hegemonía del factor urbano– es cierto que se pueden dar formas distintas de control social en el área rural o en el área urbana. La economía agraria, el sistema productivo de cultivo, el «factor propiedad de la tierra» hacen que el sistema de relaciones sociales en los pueblos agrarios siga siendo, todavía, sensiblemente diferente al de las grandes metrópolis o urbes de nuestra comunidad. El «factor personalidad», el conocimiento del candidato y el papel que su partido ejerce dentro del entramado civico de ese pueblo es mucho más importante en los pueblos que en la ciudad. En ésta, el papel de los medios de comunicación, la cultura generalizada, el acceso a un lenguaje común y universal, juega un papel mucho más determinante que el factor personal. La pregunta es sencilla: ¿qué proporción de una población rural ha tenido algún tipo de relación personal con el candidato a alcalde de ese pueblo, y cuál es la proporción en una gran ciudad? ¿Cuántos han tratado a los candidatos a ser alcaldes en Montoro, en El Carpio o en Las Cabezas y cuántos en Sevilla, Málaga o Córdoba?

Se ha dicho repetidas veces que el éxito del PSOE andaluz, partido que lleva gobernando en Andalucía desde 1982, radica en su dominio de las redes sociales de las llamadas «agrociudades» o del entramado de municipios rurales mientras que ha sido notorio y conocido su descenso e influencia en las grandes metrópolis andaluzas desde los años 90 del pasado siglo. Pero las razones no son las de un «sistema caciquil». Simplemente, podemos decir que el PSOE, en Andalucía, domina el engranaje de las redes sociales del mundo rural, ha sido capaz de establecer un «modelo de dominio» basado en la cultura (extensión de la enseñanza universal y de la secundaria lo que ha provocado un desarrollo del ascensor social y de promoción social indudable), la protección social (sanidad especialmente y subsidio socio-económico) y otros instrumentos de un «estado de bienestar» (vivienda, transportes) que a su vez lo ha convertido en el «factor poder» en esos pueblos. Sin detentar el poder económico –el cacique como poder económico comenzó a desaparecer en los años 60 del pasado siglo– pero mediando con el mismo a través de un intercambio beneficioso para ambos (PSOE y empresarios) ha sido capaz de establecer un sistema de poder y de control social indudable en esa sociedad rural andaluza, que todavía recuerda los años terribles del cacique, de la pobreza absoluta, de las infraviviendas, de la inexistencia de trabajo ni de ningún tipo de subsidio. Hace solo dos generaciones. Hoy ese sistema de poder que está instalado en la Junta de Andalucía y en bastantes provincias no ha sido capaz de configurar una sociedad económica medianamente distributiva, capaz de dar trabajo estable al 90 por ciento de los andaluces, pero es capaz de aportar un mínimo de seguridad, un subsidio de supervivencia y un soporte vital a la parte más dañada de esa sociedad.

En cada sociedad funcionan mecanismos de clientelismo. No se salva ninguna porque «clientelismo» es esa especial relación de interdependencia  que se produce entre «poder» y «elector» y eso se da en el estado de Massachussets o en la comarca de La Janda. Como dice el historiador Carlos Arenas(1), «en todo sistema, por muy democrático que sea, el clientelismo funciona. Con mecanismos más sutiles o por la cara». Es de risa, por tanto, escuchar a algún político catalán o vasco –suelen ser siempre políticos de derecha– hablar del clientelismo andaluz como si en sus demarcaciones no existiera ese fenómeno que es consustancial a toda sociedad, clásica o moderna, y basada en relaciones sociales diversas y heterogéneas. El concepto es el mismo, lo que varían son las formas o métodos sobre los que se ejercita ese clientelismo. Por eso, en Euskadi gobierna desde tiempos inmemoriales el PNV, en Cataluña ha sido el pujolismo durante dos décadas el factor clientelar de cohesión catalanista y en Andalucía es el partido histórico del socialismo el que lo ha implementado. La historia y los modelos sociales distintos son los que dan la variedad de esos tres clientelismos.

(1) Vale la pena leer este artículo de Isabel Morillo:

http://www.elconfidencial.com/espana/andalucia/2018-10-14/andalucia-baviera-votar-elecciones-psoe-36-anos_1629962/

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