¡Es Europa, estúpido!

Alexis Tsipras

Por Javier ARISTU

Entre tanto berenjenal mediático-parlamentario pocos medios españoles están prestando atención a un señor llamado Steve Bannon. Este norteamericano fue asesor especial de Donald Trump hasta que, en uno de esos escándalos mediáticos y palaciegos a los que nos tiene acostumbrado este último, fue despedido de la Casa Blanca. Pero no lo fue de la política de Trump. Hoy, Steve Bannon tiene un encargo y una directriz clara: ayudar a cohesionar y ahormar un polo populista, xenófobo y de extrema derecha en toda Europa. Desde la Hungría de Orban hasta la Italia de Salvini pasando por la Francia de Le Pen. Para ese proyecto ha establecido su cuartel general en Bruselas bajo el nombre de Movement (Movimiento). Bannon está recorriendo Europa a fin de conseguir el consenso de diversas fuerzas populistas y xenófobas hacia ese proyecto que quiere presentarse para las elecciones europeas de 2019 con un programa homogéneo. Dicho proyecto incluye la política antiinmigración, el rechazo de la política de unidad europea y una panoplia de valores conservadores y de extrema derecha.

Bannon, sin duda, representa hoy el proyecto más perfilado y con más posibilidades de éxito de una anti-Europa. Bajo la excusa de frenar la inmigración de lo que se trata es de construir un frente de rechazo a la propia idea de una Europa unida en un contexto global. Se trata de desmontar el proyecto europeo y desmembrar la presencia de un factor de estabilidad y de civilización en ese mundo global con mucho de desorden. La contraparte del discurso de Bannon en Europa es la de Donald Trum en la propia sede de la ONU: nada de leyes internacionales, nada de organizaciones internacionales, nada de acuerdos internacionales. Es el regreso a la selva donde solo la potencia económico-militar, y no la ley, puede imponer su norma. Por ello, a los Trump y a los Bannon ­–lo mismo son­– la presencia de un ente jurídico, económico y político llamado Unión Europea les molesta y harán todo lo posible para que pierda el decisivo papel que ha venido teniendo en los últimos veinte años. Prefieren tratar con China directamente y repartirse en cierta manera el mundo global y comercial.

Europa corre un riesgo cierto de perder esta batalla: es atacada por la actual presidencia estadounidense y es dinamitada desde dentro por parte de sus propios socios, las reconstrucciones de una vieja extrema derecha que también está mutando. No es el viejo fascismo de los años 20. Se trata de una recomposición del viejo código genético que siempre ha anidado en Europa y que desde el siglo XIX ha venido transformándose en diferentes propuestas políticas y culturales. Unas veces fue colonialista y desde ese paradigma trató de dividir el mundo en dos partes, la civilizada y la que había que conquistar. Otras veces usó el artificio del antisemitismo para levantar una sistemática política de persecución del diferentes y de adhesión del descontento por la crisis económica. Ahora, en un mundo global y sin fronteras, trata de reconstruir de forma histérica una fortaleza imposible agitando el fantasma de la invasión de los inmigrantes. Es un proyecto claramente antieuropeo y de él hay que huir como de la peste.

No deja de provocar estupefacción, por tanto, que a las alturas de este periodo histórico, contemplemos cómo una parte de la izquierda política y cultural europea trate de reconstruir precisamente un proyecto de corte nacionalista y que tiene como objetivo el desmantelamiento de la UE. Bajo la crítica abstracta de una política económica neoliberal lo que de verdad hay es la incapacidad de distinguir las cosas, la inconsciencia de no darse cuenta de que tras un proyecto que reivindica la soberanía nacional, así tal cual, solo puede haber enfrentamiento y conflictividad violenta entre las naciones. Lo que precisamente ha logrado salvar Europa durante estos cincuenta años dentro de sus fronteras –la paz y el acuerdo por encima de la guerra y el conflicto entre naciones-estado–, puede llevar camino de dinamitarse y de volver a plantearnos el espacio europeo como un territorio de conflictividad entre naciones fortalezas. Eso es lo que está detrás de los Salvini, Orban, Kaczyński y otros políticos de extrema derecha que están gobernando sus estados. Por todo ello, hay que saludar políticas y acciones nada relumbrantes pero enormemente eficaces que tratan de navegar y mantener el barco a flote en medio de esta tormenta. Tsipras, el presidente del gobierno griego –otrora saludado en la plaza Syntagma por una izquierda alternativa europea como el gran referente de esa izquierda salvadora, y hoy dilapidado por los mismos que le acusan de arrodillarse ante la UE–, es un personaje al que hay que seguir. El periodista Enric Juliana así lo hace y elogia en una interesante entrevista en Cuartopoder. Tsipras no es hoy santo de devoción de los Mélenchon, los dirigentes de Aufstehen, una parte de Podemos e IU, por citar solo algunos, porque “no fue capaz de enfrentarse a la UE” que, para estos dirigentes, es la pieza a batir. No captan la importancia, heroica dice Juliana, de este dirigente griego que, aun con costes sociales y de prestigio muy importantes, fue capaz de mantener a Grecia dentro de Europa y a la vez mantener una política resistente a toda tentación nacionalista. Tsipras no es el superhéroe que andan buscando nuestras izquierdas minoritarias pero alternativas; es simplemente un dirigente político que ha logrado sacar del abismo a Grecia. Ojalá tuviéramos en la izquierda alternativa de nuestro país algo del estilo Tsipras y menos de papagayos.

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