Provisionalidad

Por Javier ARISTU

Xavier Domènech abandona la política en primer plano y el protagonismo consecuente de estar al frente de una organización como los Comuns. Lo ha hecho en un plis plas, de forma repentina aunque al parecer lo ha debido de estar meditando en las últimas semanas. Estas cosas, seguramente, solo salen bien si las haces así, a las bravas, de repente, sin someter la cuestión a la opinión de tus cofrades del partido según el consabido latiguillo de “Presento mi dimisión…”. O dimites, en Facebook, en twiter, de improviso, o se te hace una eternidad porque los tuyos, los que piensan como tú, los que están en tu propio barco y de ti dependen, no te van a dejar marchar. Como se dice en estos casos, confiemos en que si la política pierde una persona capaz y reflexiva (que reflexiona, que piensa) la historiografía gana un buen profesional de la historia del trabajo y de la historia en general.

Sigo leyendo la prensa de este fin de semana y me encuentro que Irene Montero avisa de algo parecido…en el futuro. Dice literalmente en La Vanguardia: «sabemos que estamos en política de paso y decimos con claridad que esto no puede ser una ocupación para toda la vida, porque eso dificulta la acción política». Expresa la dirigente de Podemos cierta envidia de los alumnos de Domènech al comentar que «ellos ganan y pierde la política». La maternidad ha hecho, al parecer, a Irene Montero más dúctil y flexible al entender las relaciones humanas en la política. Hasta se sorprende de que rivales políticos la hayan llamado en este periodo de maternidad difícil y compleja para desearle lo mejor.

Otra persona, futura madre también ya que así nos lo ha anunciado en redes sociales, la dirigente de Podemos en Andalucia Teresa Rodríguez se sorprende también de que ahora, al final de la legislatura pueda hablar con normalidad y de forma afable con diputados de la derecha, sin verlos ya como enemigos: «Antes ni saludaba a los diputados del PP. Hoy me relaciono bien». Algo hace la política, no solo amigos en la cama política sino buenas relaciones entre personas al margen de las ideas. Algo es algo. Nos dice también Teresa Rodríguez que «dentro de cuatro años me tengo que ir y que venga alguien con la misma rabia y las mismas ganas de cambiar las cosas. Porque si no el pasteleo es fácil que ocurra». Anuncio adelantado. No me imagino que sea una buena declaración ésta a dos meses de unas elecciones autonómicas donde Adelante Andalucía, la formación que ella va a liderar, pretende constituirse en alternativa al PSOE andaluz. Yo no me animaría, dicho sea imaginativamente, a votar a una líder que ya me anuncia que se va. Es como si un vendedor me ofreciera una lavadora y me dijera que después él cierra la tienda porque no se puede estar mucho tiempo vendiendo lavadoras ya que es oficio indigno porque estás continuamente regateando con el comprador. ¿Quién se hará cargo de la garantía?

Vienen estos ejemplos de políticos jóvenes, salidos los tres a los titulares de medios y al primer plano de la política en los últimos cuatro años, para marcar una cierta alarma sobre la contingencia de la política nueva o de la nueva política, como gusten. Da la impresión como si se hubieran aburrido de esa actividad o como si ese quehacer público estuviera contaminado. La misma Rodríguez señala a la política como pasteleo; pero eso no es así, aunque haya pasteleo político no toda la política que se hace en un país es pasteleo.

Siempre he señalado un defecto en esta nueva política: su afán moralizante, su exceso de dar lecciones éticas a los demás políticos e incluso al votante. Lo he achacado más que a un predominio de los valores éticos en su formación a una carencia de talante político, de ese toque político que hace auténticos líderes nacionales.

Yo, escéptico con estos jóvenes aterrizados en la arena pública, quiero reconocerles también el valor de la decisión y el coraje para traducir en propuestas políticas y en acción organizada su rebeldía social contra una clase política que llevaba al país al desastre. Pero la política, guste o no guste, es una actividad “full time”, te absorbe hasta la última célula de tu cerebro, te ocupa todo tu tiempo, te hace, en cierto modo, una persona neurótica de la política. Los Obama, Mitterand, Kohl, Churchill (cojo cuatro ejemplos históricos fuera de nuestro país) han sido figuras dedicadas a la política casi toda su vida, hasta que ésta las aparcó de la escena pública. Tuvieron su vida privada, desde luego, pero podemos afirmar que lo público cubrió el 90 por ciento de su vida personal. Es difícil encontrarse con un líder de una sociedad o de un país (veamos otros de izquierda y derecha: Lula, De Gaulle, Carrillo, Mandela, etc.) que solo dedica cuatro u ocho años de su vida a la tarea política pública. Ni será político influyente ni será líder.

Sé que es muy difícil en este siglo cargado de instantaneidad, volubilidad y rapidez en los logos, mensajes, discursos, libros e ideas, conseguir una actividad política estable y con visos de duración sin caer en los vicios del continuismo. Estamos seguramente ante un tiempo cargado de provisionalidad, como nuestros líderes de la nueva política. No sabemos quiénes ni cuándo ni cómo lograrán eso que se llama estabilidad y permanencia en las ideas, en la política y en las personas que nos gobiernan.

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