Utopías y laberintos

Resto del Muro de Berlin, en Bernauer Strasse. Foto Flickr draculina_ak

Por Javier ARISTU

Un británico que se pasó la mayor parte de su vida viviendo por los montes alpujarreños llamado Gerald Brenan publicó en 1962 una historia interpretativa de España con el título de El laberinto español: antecedentes sociales y políticos de la Guerra Civil. El libro se convirtió en oscuro objeto del deseo lector de muchos antifranquistas que trataron de leerlo entonces en aquella mítica edición de Ruedo Ibérico. Con el concepto laberinto el británico a quien los lugareños llamaron don Geraldo trataba de identificar nuestra historia como algo de difícil circulación: la RAE contempla dos acepciones del término ‘laberinto’: 1. Lugar formado artificiosamente por calles y encrucijadas, para confundir a quien se adentre en él, de modo que no pueda acertar con la salida. 2.Cosa confusa y enredada. Y así parece que andamos desde hace años, en una encrucijada hecha para confusión general donde la salida se ve difícil si no imposible.

Hace menos de un año otro historiador, esta vez andaluz, Salvador Cruz Artacho ha publicado una historia del proceso autonómico andaluz con el título de Andalucía en el laberinto español, haciendo, me imagino, un homenaje a Gerald Brenan. Dos libros que nos definen a España como un laberinto, un enredo.

Efectivamente, estamos en un laberinto, en un proceso de confusión de caminos y senderos que no sabemos a dónde nos llevarán. Incluso el de dónde venimos está sometido a polémica y querella. Ya no se acepta como verdad incuestionable para algunos la existencia de un marco histórico unitario y unificador llamado España. Nunca desde las posiciones nacionalistas del País Vasco se ha aceptado el concepto de España; como mucho y como término genérico para referirse a la realidad que tienen más allá de sus provincias históricas la denominan Estado Español, o simplemente Estado. El estatuto vasco de 1978 no contempla el término España. Mucho menos el proyectado nuevo Estatuto que pretende sacar adelante el PNV aliado con Bildu. Sí lo hacía el Estatut catalán de 1979 (Catalunya, exercint el dret a l’autonomia que la Constitució (art.2 CE) reconeix i garanteix a les nacionalitats i regions que integren Espanya, manifesta la seva voluntat de constituir-se en comunitat autónoma) pero ya en 2006 desaparecía en el nuevo Estatut, que el TC censuró y que está en el origen formal del actual conflicto, cualquier referencia a ese concepto España (Catalunya, com a nacionalitat, exerceix el seu autogovern constituïda en comunitat autònoma d’acord amb la Constitució i amb aquest Estatut, que és la seva norma institucional bàsica).

Estamos por tanto ante un hecho que no se puede obviar: las dos comunidades (o al menos dos mayorías políticas de las mismas) que históricamente han desarrollado una confrontación decisiva con el poder del Estado español a lo largo de todo el siglo XX no reconocen ni el concepto ni la realidad ni la formalidad de una “nación española”, de una realidad histórica cohesionada denominada España que les incluya. Gran parte de nuestra historia política como Estado español a lo largo de ese pasado siglo se resume en dos conflictos decisivos: 1) la construcción de un Estado democrático frente a la Monarquía de castas de Alfonso XIII o la dictadura militar y fascistoide de Franco; y 2) la solución al problema de los dos territorios periféricos nacionales. Las diversas soluciones que se fueron dando a ambas cuestiones a lo largo de esas pasadas décadas  ya son conocidas y no vamos a tratarlas aquí.

Sí creo que deberíamos pensar con generosidad y larga mirada respecto al hoy y al mañana. Pienso que los conflictos que plantean actualmente la minoría social pero mayoría parlamentaria  independentista en Cataluña y el posible conflicto constitucional que pueda surgir si sale adelante en su Parlamento vasco el nuevo Estatuto de Euskadi tal y como está redactado actualmente solo se podrán resolver si no miramos al pasado histórico de España (ni de Cataluña ni de Euskadi). Toda mirada a ese pasado —pasado cargado de guerras civiles y violencias institucionales y sociales— solo puede llevarnos o a la melancolía o a la frustración. Posiblemente será la crisis de época que sacude al continente europeo la que, paradójicamente, pueda ayudar a desentrañar el laberinto y a recomponer una forma de vida en común entre los que pisamos este suelo ibérico. Estoy convencido de que las soluciones al laberinto español-catalán-vasco no están en el pasado: ni nacionalismos periféricos y victimistas ni nacionalismo centralizador dominante. Ni nacionalismo español ni nacionalismo catalán o vasco. La salida ya no podrá venir por esas plantillas nacionales —las nuevas religiones del siglo XX— sino por una nueva horma que asuma el mundo global, la realidad europea y los lenguajes del mestizaje. Todo lo que sea tratar de incrustar el conflicto social real en un discurso nacionalista (independentista o identitario, es igual) solo nos llevará a más violencia y a discursos de amigo-enemigo. La política como hostilidad al diferente debe dejar paso a la política como reconocimiento de la pluralidad.

Por eso no me preocupa nada que en esos documentos legales no aparezca el concepto España. Sé que puede ser doloroso para ciudadanos que se sienten reconocidos en el concepto e identidad española. Cada vez veo más claro que la época de las naciones está en un proceso de ocaso y que, al contrario, lo que empieza a verse con nitidez son las confluencias de personas que coinciden con otras por razones de amistad, de trabajo, de solidaridades diversas, de construcción de proyectos de familia y de comunidad más allá de fronteras, pasaportes y etnias. Algunos ya pensaron y formularon en los siglos pasados con esas claves transfronterizas; les llamaron utopistas o utópicos. A lo mejor se trata de reformular con nuevos lenguajes un proyecto utópico más allá de nacionalismos y banderas que nos ayude a salir de estos laberintos.

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