Atentos

Por Carlos ARENAS POSADAS

La moción de censura que desplazó a Rajoy del poder, el consiguiente relevo en la Moncloa de Pedro Sánchez y la entronación del master Casado al frente del Partido Popular ha hecho reaparecer España preocupantes situaciones políticas ya vividas en el pasado; momentos en los que la derecha ha visto peligrar su hegemonía política sobre un país que, desde tiempos inmemoriales, ha considerado de su propiedad.  Desplazado el PP del poder, el aznarismo vuelve por sus fueros para  introducir una dinámica de confrontación política en la sociedad española, y lo hace a la vieja usanza: elevando a la categoría de insoportables, de desafíos a las esencias patrias, cualquier malestar o conflicto laboral o corporativo que surja; especialmente si afecta a sectores que son sus caladeros de votos. Me refiero en concreto a dos colectivos profesionales: el del taxi y el de los cuerpos y fuerzas de seguridad, hasta no hace mucho llamadas fuerzas del “orden”.

No deja de ser cínico que un partido ultraliberal, según confiesan que es el PP –la derecha española entiende que ser liberal es hacer en cada momento lo que al poderoso le venga en gana-, esté apoyando los planteamientos corporativos del colectivo del taxi frente a la competencia que le hacen las plataformas digitales de empresas dedicadas al transporte de viajeros. Razones tienen los taxistas para estar molestos, igual que lo tuvieron en su momento millones de trabajadores víctimas de la globalización y de la digitalización sin que los ahora agraviados mostraran solidaridad alguna o, simplemente, sin que hicieran una lectura inteligente de lo que se les venía encima –Uber o Cabify existen desde hace muchos años- y sirviera para haber prevenido esta situación –sospechosamente oportunista- antes de estallar con actitudes que solo interesan a las política de confrontación de la “renovada” derecha. No quiero decir con ello que el sector del taxi tenga que sucumbir ante la competencia y el libre mercado. Todo lo contrario, el supuesto “libre mercado”  también en este sector necesita una regulación efectiva que, sospecho, no es la de establecer cuotas de licencias para el reparto del mercado sino, más bien, por una regulación de las condiciones de trabajo en las “modernas” empresas digitales, de evitar la insufrible explotación que sufren sus trabajadores –lo mismo puede aplicarse a otros muchos sectores instalados en la flexplotación-, lo que conduciría a un aumento de costes y de precios –en sectores de demanda muy elástica por otra parte- que harían poco atractivas sus ofertas frente a las de los taxistas convencionales.

Otro apunte inquietante: la noticia de esta misma mañana por la que el “nuevo” PP llama la atención sobre la “insoportable” situación de las fuerzas de seguridad del Estado en la frontera de Ceuta y Melilla –como si fuera nueva-. Otro colectivo susceptible de ser manipulado y utilizado broncamente contra el gobierno. Se intenta con ello de subir un escalón más en la escalada de los últimos años -1 de octubre, loas abiertas loas de Cospedal a la función supervisora de las fuerzas armadas, gorgoritos de Zoido y otros ministros ante el paso de la legión, etc.- que reproducen la eterna vinculación entre la derecha española con la gente de armas.

Frente a estos desafíos que irán a más, el gobierno debería hacer algo más que vender buenismo y futuribles intenciones para el caso de que ganara las próximas elecciones. Desde ya es preciso contrarrestar políticamente el uso partidista que la derecha hace de los problemas de colectivos afines –la Iglesia espera atenta la reforma educativa y el futuro de la concertación- con políticas que favorezcan estructural y fehacientemente a los sectores realmente vulnerables de la sociedad: los parados, el precariado, los inquilinos, los jubilados, la preterición de las mujeres en el trabajo y en el código penal, etc., o al menos, establecer una hoja de ruta que, más allá de los parches, produzcan a medio plazo un cambio sustancial en el estéril mesetarismo que no nos abandona y que de nuevo se nos propone como regenerador”.

La izquierda tiene la obligación de prescindir de matices y de elaborar un programa mínimo unitario con propuestas realmente transformadoras y, de momento, hacer pedagogía de las mismas y  alertar a los colectivos implicados en un cambio del modelo social contra la avalancha política y mediática del aznarismo redivivo.

Atentos.

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