Libros

Foto Daniel Lobo

Por Juan JORGANES

La caída del Gobierno de Rajoy cerró temporalmente una controversia política en la que el arma arrojadiza fueron los libros. Íñigo de la Serna, último ministro de Fomento de Rajoy y exalcalde de Santander, presentaba en la región proyectos de obras para Cantabria, casi todos de “carácter extrapresupuestario”. Por eso, el presidente de la comunidad Miguel Ángel Revilla dudaba de que se fueran a ejecutar y relacionaba las visitas del ministro con la preparación de su candidatura a la presidencia de Cantabria. A De la Serna le pareció “enormemente preocupante” que Revilla no acudiera a una de esas presentaciones, porque “está aprovechando su cargo no para ejercer la responsabilidad que le han dado los cántabros, sino para dedicarlo a la promoción de un libro que seguro que le está reportando enormes beneficios”.

-¿Escribe libros y se los compran?

-¡Qué escándalo…!

Ante la mirada sospechosa de la policía por la cantidad de libros que encuentra al registrar su casa, uno de los personajes de Danilo Kis en Una tumba para Boris Davidovich piensa que el peligro no proviene de muchos libros sino de que exista un único libro, esté escrito –añado- en hebreo, árabe o cristiano. Posiblemente extrañe en otros pueblos de España que la polémica política cántabra gire alrededor de unos libros, pero no olviden que Santander lleva el título –presuntuoso quizá- de la Atenas del Norte desde comienzos del siglo XX. El platónico De la Serna considera incompatible la política con la literatura y quiere expulsar a Revilla de la polis. El aristotélico Revilla compatibiliza la política con cualquier otra actividad (o viceversa). Durante el tiempo que le toque clamar en el desierto de la oposición, De la Serna debería recordar al clásico cuando dice que no hay libro por malo que sea que no tenga alguna cosa buena.

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