El Sur de Europa

Foto Flickr Daniel Lobo

Por Javier ARISTU

Como si fuera una maldición. Los acontecimientos que se vienen desarrollando en toda Europa desde hace varios años están modificando de forma completa la anatomía social y política de las sociedades de este continente. Los antiguos países del Este soviético, especialmente Polonia y Hungría, están pasando por modificaciones de sus estructuras democráticas que cada vez más son instrumentalizadas por gobiernos autoritarios y cuasi totalitarios. Los modelos hasta ahora hegemónicos en referencias democráticas –Alemania, Francia, Países Bajos– contienen en su interior serias amenazas de extrema derecha. Y en los dos países más poblados del Sur –Italia y España– el desarrollo se caracteriza por una potente desestabilización de su sistema político y de partidos. Da la impresión de que se hubiera producido una reunión de todos los males de la historia y que estos se hubieran lanzado sobre nosotros, los europeos. Sin duda estamos ante la mayor crisis política y de convivencia en Europa desde 1936. Cada país, cada Estado, cada sociedad trata de salir por sí misma de la encrucijada compleja en la que están situados cuando, por el contrario, de esta crisis solo se saldrá si se desarrolla una vez más una vigorosa estrategia europea basada en el reforzamiento de la democracia, de los derechos sociales  y se construye un enérgico eje de las fuerzas que siguen creyendo en el futuro de una unión europea más allá de las naciones.

Por razones históricas y de constitución propia los dos grandes países del Sur europeo están sufriendo una crisis de envergadura. Italia –aunque estaba acostumbrada a vivir en una crisis permanente de gobernabilidad– viene sufriendo desde hace más de una década una erosión de sus sistema de cohesión social y política desde dos polos distintos pero que comienzan a converger: por un lado, la Liga, la tradicional extrema derecha secesionista del norte italiano que viene acompañada de toques xenófobos y racistas nocivos y que ha logrado expandirse por toda Italia; por otro, el M5S, un movimiento impreciso, amorfo y con bastantes tintes demagógicos similares al conocido populismo antipolítico pero adaptado a la nueva civilización digital, que se ha colocado como nueva primera fuerza política nacional. La crisis del modelo italiano se amortiguaba, hasta ahora, por la presencia de un papel estabilizador y moderador de los excesos por parte del Partido Democrático. La derechización de este en economía y en política bajo la dirección de Renzi ha llevado al reforzamiento precisamente de los dos polos extremos. Hoy Italia está dependiente del acuerdo parlamentario de dos fuerzas extremistas, hasta ahora adversarias y contrarias, que plantean de forma clara el vuelco total al sistema político nacional y el rechazo a la incardinación de Italia en Europa. En cierto modo lo que plantea el eje Liga-M5S es la traducción italiana del First America de Trump y de su política antiinmigratoria. Es una nueva versión de modelos disruptivos conocidos ya en el pasado: derechización política y cultural, ruptura de los modelos históricos de cohesión política bajo la acusación de ser “casta”, xenofobia contra el trabajador inmigrante, nacionalismo extremo…Solo que con nuevo lenguaje y nuevos trajes.

En España la situación y la historia del proceso es diferente y, del mismo modo, son los sujetos políticos diversos y particulares. No son situaciones parejas pero sí son fenómenos que se producen a partir de las mismas causas: ruptura de los mecanismos de cohesión, agotamiento de viejas lealtades institucionales, incapacidad de acoplarse a un proceso brutal de superación de las fronteras, de los límites y corsés institucionales. En España el disparadero ha sido Cataluña. A partir de un histórico contencioso –el encaje territorial– y de una en gran parte errónea política desde el Estado lo que se está produciendo en aquella comunidad tiene más que ver con la revuelta social que con la demanda política. Si fuera solo esta las elites políticas, aunque inmaduras y oportunistas, estarían en condiciones de gestionarla. Sin embargo, todo apunta a que cada vez más se parece a la manifestación de una impetuosa reacción transversal a la crisis social y de valores que ha cuajado en torno a la reivindicación independentista pero que podrá ir adaptándose progresivamente a nuevas demandas (xenofobia, supremacía cultural, insolidaridad, etc.) según y como vayan sucediéndose los acontecimientos. Eso es lo que, en mi opinión, tiene de nuevo la propuesta independentista respecto al catalanismo histórico: crece más sobre la disrupción social que sobre proyectos cohesionadores de país.

El sistema político español, por otro lado, está sometido a cambios sustanciales desde hace pocos años. Los datos electorales –dependientes muchas veces del interés de grupos influyentes que usan las encuestas como instrumentos para movilizar a la ciudadanía hacia nuevos posicionamientos–  demuestran que se están moviendo capas tectónicas de la sociedad española. Y, desgraciadamente, las tendencias van hacia una derechización de valores y de expresiones políticas. Ciudadanos ha pasado de ser un partido esponja de demandas líquidas de cambio y regeneración a constituirse como una nueva derecha muy conservadora, con tintes nacionalistas y de identidad patriótica. Más que parecerse al universo Macron comienza a identificarse con el cosmos de la derecha identitaria que funciona ya en otros países europeos. Mientras, el PSOE, fuerza tradicionalmente instalada en la sociedad española, no se recupera (esperemos a ver la moción de censura) y la nueva cara de una izquierda joven, Podemos, se debate en un permanente y desgastador ejercicio de moralidades privadas y públicas. Todo ello puede mantener a flote, de mala manera, a un PP que de ninguna manera va a ser ya la fuerza cohesionadora de un futuro país. Quién lo sea en los próximos años se está todavía debatiendo entre nuestros conciudadanos. La función comenzó hace pocos años y tiene todavía por delante un trayecto.

Una conclusión: los procesos políticos actuales en Italia y en España, las dos sociedades más pobladas del Sur europeo, no auguran nada bueno. Más que protagonistas políticos cohesionadores y constructivos lo que se puede imponer, al menos de momento, son fuerzas disruptivas, disgregadoras. Necesitaremos tener en un futuro próximo ideas clave sobre cohesión social en los nuevos tiempos y fuerzas políticas que sean capaces de convencer de ello al conjunto de la ciudadanía.

 

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