Historia antigua

Foto Flickr Antonio R. Torres

Por Javier ARISTU

En medio del agujero negro de su encarcelamiento durante los años treinta del pasado siglo, el histórico dirigente comunista Antonio Gramsci se planteó desarrollar un trabajo de investigación sobre la historia de su país, Italia. En la celda de Turi, con los pocos libros y revistas que le dejaba usar la administración carcelaria y que su amigo Piero Sraffa le enviaba, Gramsci se propuso estudiar la Italia mussoliniana a partir de la historia del Risorgimento (el periodo de la construcción nacional italiana) y de la República e Imperio de Roma, una época esta que se aleja hasta más de dos mil años antes. El encarcelado –tal y como escribe en su cuaderno carcelario nº 19– se planteaba analizar aquellos elementos históricos que habían podido dar sentido a la moderna nación itálica: 1)el propio sentido que ha tenido la palabra «Italia» a lo largo de la historia; 2) la importancia del cambio geopolítico de la República romana al Imperio a partir de César y la posterior división de este entre Oriente y Occidente; 3) el surgimiento de nuevos grupos sociales a lo largo de la Edad media, grupos nucleares de una nueva sociedad; y 4) las monarquías absolutas y el desarrollo del mercantilismo como factores de una rápida modernización de las estructuras de las naciones europeas.

Gramsci practica de este modo esa visión de longue durée de la vida de las naciones. Una visión que posiblemente es la que mejor puede captar el desarrollo social porque es capaz de prescindir de los detalles accesorios –aunque sean dramáticos en un segundo de vida– y se centra en los auténticos procesos que cambian la vida de la gente.

Viene todo esto a cuento de la actualidad española. La lectura compulsiva de los titulares de medios y de las voces de las redes sociales lleva, en muchas ocasiones, al vocerío y el bullicio ocultando de ese modo el verdadero sonido de lo que está pasando. Nuestro poeta lo dijo con un muletazo memorable: «A distinguir me paro las voces de los ecos». Tratemos de distinguir el verdadero río de la historia de las espumas, conectemos con la verdadera naturaleza de las cosas.

Los estudios de opinión que se vienen publicando en los últimos meses apuntan hacia un cambio importante en las estimaciones de voto. Se nos informa que un componente significativo de la opinión pública del conservadurismo está cambiando su posicionamiento hacia Ciudadanos, abandonando su tradicional apego al Partido Popular. Recientes encuestas de Metroscopia confirman esa tendencia de reajuste dentro de la derecha: Ciudadanos pasaría de la cuarta posición que tenía tras las últimas elecciones a la primera (con un 29% de votos), el PP perdería su posición hegemónica en el sistema de partidos al ser abandonado por un tercio de sus votantes (se quedaría en el 21,5). La izquierda continuaría con ese bajo tono que ya marcaron los comicios de 2016: el PSOE no llega al 20% y Podemos baja hasta el 17%.

Se produce, por tanto, un reajuste en el campo del voto de centro derecha, que no disminuye su proporción en el pastel electoral, y continúa el debilitamiento o estrechamiento del voto de la izquierda. En mi opinión, y creo que en la de otros muchos, el resultado de estas lecturas electorales no nos lleva al optimismo ni a la alegría. No tenemos casi nada que celebrar.

Uno de los errores que generalmente ha venido cometiendo la cultura de izquierda en los últimos tiempos –a lo mejor desde tiempo ya muy pretéritos– es quedarse precisamente en “lecturas electorales” de los propios resultados sin ir más al fondo de los procesos que se producen dentro de la sociedad y que provocan, más pronto o más tarde, esos cambios en los escaños. El ejemplo más claro lo tenemos en Cataluña, en las últimas elecciones del 21 de diciembre. El resultado de Ciudadanos, primera fuerza electoral de Cataluña, se sigue viendo por parte de un bloque consistente de la izquierda catalana con gafas interesadas, de corto alcance. Algunos repiten de forma machacona, como un estribillo, el carácter derechista (¡incluso facha!, dicen) del partido de Inés Arrimadas pero continúan sin plantearse la pregunta clave: ¿Por qué el Antonio, el Juan, la María, la Concha, que antes votaron al PSUC y luego al PSC o a ICV han votado ahora a Ciudadanos? ¿Por qué en toda el área metropolitana de Barcelona es Ciudadanos el primer partido cuando antes era territorio de la izquierda?

En España puede estar ocurriendo algo parecido, como si, paradojas de la historia, los españoles fuésemos tras los catalanes repitiendo sus comportamientos electorales. ¿Qué puede motivar que un elector medio español de estos tiempos esté pensando o haya decidido votar al partido de Albert Rivera? ¿Cuál puede ser la razón para que una parte considerable de la gente que trabaja cada día en España vaya a meter la papeleta de C’s en la urna? ¿Por qué el que debía ser votante natural de la izquierda vota a partidos considerados de derecha?

Sin duda las razones que expliquen lo anterior serán muchas y enredadas; no voy a tratar de simplificar lo que es complejo. Pero hay algo indudable: la izquierda política no está dando respuesta a las demandas básicas de la gente. No se está produciendo simplemente un corrimiento de votantes del PP a C’s, como si fuera un juego mecánico de fuerzas y potencias. El verdadero problema está dentro de la sociedad española: los cambios que se están produciendo dentro de ese universo que es nuestra sociedad (cambios moleculares llamaba Gramsci) son de enorme alcance.

Lo que está surgiendo tras el voto a Ciudadanos es la manifestación de las transformaciones que la sociedad española está experimentando a partir de los impactos económicos, tecnológicos, sociales y culturales en curso. Creo que las transformaciones en el mundo del trabajo, en las relaciones de este con las personas, están siendo las decisivas. El votante de Ciudadanos lo es porque previamente su conciencia se ha adaptado a la nueva forma de relación social, a la nueva economía social que se ha implantado en nuestra comunidad. Ciudadanos como tal partido es insignificante, no tiene fortaleza ideológica, cultural ni programática; es un partido líquido, débil en sus engarces con los dispositivos profundos de una sociedad histórica. Todo lo contrario que el Partido Popular que viene de lo más profundo del conservadurismo nacionalista español (Balmes, Vázquez de Mella, Cánovas, el franquismo, Fraga, etc.) y se ha encarnado durante los últimos cuarenta años con ese pueblo “español de pura cepa”. Pero precisamente por eso, porque la vieja sociedad del postfranquismo está ya muriendo el PP tiene poco futuro y Ciudadanos viene a representar mejor ese territorio social de personas, nacidas en los años 80 y 90 del pasado siglo donde lo que predominan son las ideologías débiles (aunque las demagogias discursivas sean muy fuertes) y los liderazgos juveniles.

Alguien me podrá decir que es precisamente Ciudadanos quien más está utilizando el discurso del nacionalismo español. Sí, es cierto, pero yo lo entiendo más en clave puramente electoral: tratar de seguir horadando en los votantes populares más recalcitrantes, más rojigualdas. Pero estos son minoritarios, en mi opinión, dentro de la sociedad española. Lo que predomina en esta es ese votante joven, amorfo, desdibujado en sus raíces históricas y en sus señas de identidad culturales. Y para ellos Ciudadanos es eso: modernidad, progreso, futuro…no se sabe a dónde, pero las palabras son talismanes. Y estamos inmersos en un juego de malabarismos y de espectáculos.

Y aquí es donde están fracasando la izquierda histórica y la nueva. Una porque agotado el discurso del «estado del bienestar» no sabe ya qué decir (y como no lo sabe se dedica a otros menesteres más sectoriales o grupales); y la otra porque seguramente fue catapultada por un vendaval del 15M de 2011, vendaval que ha sido absorbido, pero sin tener verdaderamente consigo ni un proyecto ni un programa de sociedad que coincida precisamente con dicha sociedad. A propósito de todo esto recomiendo la lectura de esta entrada de Paco Rodríguez de Lecea en su blog.

Por eso, como decía Gramsci, a lo mejor tenemos que ponernos a estudiar Historia Antigua…

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